
Gran Khan
Este nombre vive en 2 mundos del archivo. Las versiones no se funden: sus diferencias son canon, y leerlas enfrentadas es la mitad de lo que el nombre significa.
En ANTITERRA
Antes que el hombre, el color. Quien viaja hacia el corazón del mundo conocido no ve primero un rostro ni un trono: ve el negro —en banderas, pendones y estandartes— y aprende que ese negro es el imperio. Después, si alza la vista, ve una nave que navega sobre las nubes: mascarón de proa que es una cabeza de dragón, castillo de popa que es una pagoda, velas, cañones —«sobre todo, un enorme cañón de dragón»— y «un pendón negro del gran reino del imperio mongol». La nave puede oscurecerse «con algún tipo de conjuro», como si el negro del emblema pudiera derramarse sobre el casco entero. Recién entonces, mucho después de los signos, viene la pregunta por el cuerpo. Y ahí este cronista debe confesar que el archivo guarda tres respuestas, y que ninguna se deja descartar.
Los tres cuerpos del Khan
La primera versión dice que el Gran Khan es Kublai Khan, «uno ya más gordo, chino», heredero del abuelo Genghis. La segunda es rumor y como rumor se anota: «algunos dicen que es un inmortal que va reviviendo en su sucesor». La tercera es la más inquietante, porque las voces la afirman sin el escudo del «dicen»: que el Khan es «en realidad un Brokk de dos cabezas, un Brokk Dual» — una entidad dracónica, y entonces la cabeza de dragón del mascarón no sería ornamento sino retrato. Tres cuerpos, un solo trono. El que escribe deja las tres versiones en pie, como tres estatuas en la misma sala, y advierte que el propio registro trata la inmortalidad como creencia y a las otras dos como cosa dicha en indicativo.
El mundo conocido
Hay un solo Gran Khan, y su dominio no necesita mapa porque el mapa es él: «a un Gran Khan que ya domina el mundo. El mundo conocido, ¿no?». Le tributan los reinos de Seif, Erdbar, Tuchmit, Khet, Beluna y los tigres nómadas — «reinos comunes», dice el Narrador, como quien enumera provincias. Con Occidente no hay guerra sino pacto: «no es que los tártaros los conquistaron en Europa, se ha llegado a un acuerdo». Su presencia sobre el terreno es discreta y constante — «empezaron a poner gente que patrullaba acá» — y su corte recibe tributarios y rehenes de los reinos sujetos. Su era queda asociada a Urga (Urga Bator, que cambiará de nombre a Ulam Bator recién hacia el año 1600, «todavía lejos» desde el presente — frase que el propio archivo marca como dudosa). Y por la vía del Han —«el Han es el antiguo Khan, el rey de Teotihuacán»— su nombre se extiende hasta un trono al otro lado del mundo, vinculado al «reino triple de los dos reyes magos».
La ley que no devuelve
El imperio «es también burocrático», pero es una burocracia sin archivo: en vez de pasaporte, cada persona lleva una carta astrológica — «entonces saben cosas de uno, no tienen que tener un registro». El cielo hace de padrón. Sobre ese saber se monta la convocatoria, que no admite negativa: «ustedes son convocados, y uno no puede no atender a la convocatoria». Sus leyes regulan «los juegos, los tributos, las bebidas», y todas fueron modificadas después de la guerra — qué guerra, se verá en las advertencias.
Una sola norma se enuncia expresa y sin excepción, y conviene copiarla entera porque es la piedra del edificio: «La ley del Khan es muy estricta. Los regalos, los tributos y los rehenes no se devuelven.» El tributo incluye personas: niñas entregadas que pasan a vivir en la corte del Khan y son educadas allí en artes nobles, esgrima y hechicería. Los tributarios quedan atados porque lo entregado ya no vuelve. Y la autoridad imperial pasa por encima de los gobiernos locales incluso en materia de vida y muerte: basta invocar «estos son asuntos de Khan… son cuestiones de Estado» para interrumpir una ejecución.
El imperio en movimiento
Lo que el Khan no puede administrar, lo alcanza. Su forma de alcanzarlo es la caravana: plataformas gigantes tiradas por bestias de carga —«huelles», dice el archivo, sin describirlas—, con tiendas de campaña arriba, soldados, mandarines-consejeros, traillas de sirvientes, camellos y el tributo mismo a bordo. Cien bestias, cien soldados, tres consejeros. La caravana copia deliberadamente «el modelo de la primera caravana… que fue el Gengis», pero recortado: tienda central, asesores, porteadores, «algunos guardias, no tienen las hordas detrás que lo siguen. Pero camellos sí». Es la forma de la conquista sin la conquista, ahora que hay acuerdo con Occidente. Se dice de Isidora que una caravana de idéntica composición lleva su nombre.
El destacamento mínimo de esa misma lógica es el emisario: el imperio reducido a un símbolo portátil. Los heraldos esperan con estandartes que llevan las insignias de los «fieles del Gran Khan»; los emisarios llevan símbolos e insignias encima, «no son cualquier cosa, vienen como agentes del Khan», y esa delegación es poder real — «somos los emisarios del Khan y eso nos da poder suficiente». Pero el símbolo tiene el límite del símbolo: puede ser rechazado o vituperado por quien desprecia «los símbolos que te marcan».
La comisión
De la boca del Khan sale el encargo que pone en marcha el mundo. Teniendo ya dominado el imperio, comisiona a Marco Polo hallar y reportar ciudades que él mismo nombra: «yo ya tengo dominado mi imperio, quiero ver qué otros lugares… yo te voy a decir ciudades que vos tenés que encontrar». Las Ciudades invisibles fueron corrompidas por la sombra, y los emisarios del Khan «estaban interesados en redimir» esas ciudades: esa redención es el eje de la gesta. Si el Khan cambia de política, cambia el destino de las ciudades invisibles — de ahí que todo cuelgue de él.
Porque el mismo trono que fija la ley de no devolución «fue el que agarró y sostuvo el combate contra la sombra». El juicio sobre él queda escindido en las propias voces, y este cronista no lo va a coser: «para nosotros es un tirano… pero también es verdad que ha caudillado la resistencia, la defensa contra las sombras».
Linaje y otros nombres
La genealogía visible arranca en Genghis Khan, que sacudió las tierras de los quitones negros del este y selló alianza cediendo la mano de su hija; su caravana es el modelo de las actuales. De él desciende Kublai — si es que el Khan es Kublai. Por otro costado, el Han, «el antiguo Khan, el rey de Teotihuacán», rey despertado o revelado. Y en registro cosmológico, el nombre del Gran Can se pronuncia en el mismo aliento que el de Cakravartin, el soberano de la rueda. Si estas tres potencias —el Khan del imperio, el Han de Teotihuacán, el Cakravartin— son una sola en distintos aspectos o entidades separadas, el archivo no lo establece.
Advertencias del cronista
Este cronista, que ha aprendido a desconfiar de los nombres tanto como de los rumores, deja asentado lo que no sabe. No sabe dónde está la corte del Khan: se la nombra como destino de tributarios y sede de la carta astrológica, pero nadie la ubica ni la describe. No sabe quién emite la carta astrológica ni cómo se lee. No sabe cuántas naves-dragón surcan las nubes ni quién las manda: solo consta una. No sabe qué es un huelle, salvo que tira. No sabe qué guerra es «la guerra» tras la cual cambiaron las leyes de juegos, tributos y bebidas — ¿la guerra contra la sombra? — y no lo va a decidir por su cuenta.
Dos discrepancias mayores quedan abiertas como disputa de escuelas. La primera es de número: una versión da a la caravana «casi un centenar de personas»; otra afirma que «en total deben ser unas 100.000 personas». ¿Escolta y total, o dos caravanas distintas? Los aritméticos no se han puesto de acuerdo. La segunda es de bando: en un tramo del registro el Gran Khan aparece mencionado entre facciones enemigas — enemigo de quién, no se dice, y la mención contradice su condición de comitente de la compañía. Hay además un Khan de otra hora del archivo —que se dice «Estado tapón», protege al hijo del Buda, está secuestrado en un bosque, es jefe de una iglesia y ha matado negros, árabes y paganos— del que no puede decidirse si es el soberano, un usurpador o una figura regional de Urga. Que el lector tenga presente, en fin, que el título «Gran» ha contagiado en los registros a cosas que no son el Khan: un canal, un hotel, un salón, un Reich, una explosión, un maestre, un elfo. Ninguna se afirma aquí como parte del imperio.
En VALA
Exégesis del rey partido, según los cronistas de los planos
Que el que lea no busque acá un monstruo: busque un soberano. «Se ha liberado una fuerza jodida que es el gran Khan de las pesadillas», dicen las voces del archivo, y desde esa liberación los mundos perdieron el fiel de la balanza. Pero el Khan no es cataclismo. «Prefiere que la gente esté viva, aunque, vamos, uno dice, podría ser un maldito tirano.» Un tirano gobierna; una plaga solo arrasa. El Gran Khan gobierna.
Del linaje y la anatomía
Es un Vasus, de la estirpe de seres de la vieja sabiduría del oriente. Se lo ve «como un soberano oriental», con atuendo reconocible que quedó dibujado —«Le ves incluso el dibujo de Gran Khan. El atuendo que llevaba»— cargado de símbolos de autoridad imperial y poder dragónico. Y es doble: «Totalmente dos cabezas. Tenía dos cabezas de buitre», cabezas que pueden actuar por separado.
Esa anatomía no es adorno: es teología. Una de las cabezas fue cortada en una ejecución, y el Khan sobrevivió con la otra. La doble cabeza es literalmente su «condición de que podía ser ejecutado y sobrevivir». Quién levantó el hacha, y en qué hora del mundo anterior, el archivo no lo dice.
El título, además, se hereda por muerte: hay uno solo, y es a la vez cargo y persona. «Se volvió el verdadero Gran Khan» tras matar a Ov Kalimni — el trono del este se ocupa matando a su ocupante.
El rey partido
Acá está el corazón de la exégesis, y conviene leerlo dos veces. En el mundo anterior, la plataforma de Piscis tenía dos guardianes, opuestos y enemigos desde siempre: el Gran Khan en el este —«la Atlántida era el oeste mientras que el gran Khan pertenecía al este»— y el Cakravartin en el oeste, con Atlántida. Y sin embargo «era la conjunción de el Khan de las Pesadillas y el viejo Cakravartin que es el rey de Atlántico» lo que constituía al rey.
El rey era la conjunción de los enemigos. Por eso la enemistad y la fusión no se contradicen: son la misma pieza vista de los dos lados, como las dos cabezas del buitre son un solo cuello. Toda la entidad repite esa forma — dos cabezas en un cuerpo, una cortada y otra viva, la ejecución que no mata.
Del aparato imperial
Su marca en el mundo material es un pendón negro, una «marca negra en las carpas», que señala protección del imperio Gran Cali: la carpa marcada queda bajo su amparo. En el campo de batalla dispone de una esfera negra invencible, «una esfera a su comando», que actúa como un agujero negro según su voluntad.
Pero su instrumento propio de gobierno no es la conquista: es el juego. «Tenía reglas en la mesa, pero a veces hacía coliseos.» Los coliseos son competencias mortales regidas por reglas específicas, y con ellos somete a vasallos y enemigos: se somete por regla y por certamen. Domó las ballenas voladoras —«ha hecho volar las ballenas»— y con eso «va a ganar otro poder». El régimen que trae es de sujeción, «donde el conocimiento va a estar guardado solamente por» unos pocos. En el presente sus hordas avanzan.
Del sueño y la perla
Su dominio propio es el mundo de los sueños, y ese es su canal, no el territorio: «ese mensaje te lo vuelvo a enviar solamente desde el plano del sueño», y solo lo recibe quien tenga la capacidad de recibirlo. La perla entregada al Cakravartin es uno de esos mensajes, dirigido «a esta nueva encarnación». Y lo que pide no es rendición sino reencuentro: «sólo hay que nos volvamos a encontrar tanto como fue necesario para que este mundo tenga una esperanza» — volver a fusionarse, «volver a construir el rey igual». De ese reencuentro depende, según las voces del archivo, la esperanza misma del mundo: el mundo cambia según se fusionen o no.
El Khan del sur — glosa disputada
Hay otro cuerpo en los registros, bajo el nombre Lesh Khan, y este cronista lo consigna sin fundirlo con el anterior, porque las escuelas no se ponen de acuerdo. Este Khan viene del sur, «peligro primigenio que viene del sur», rey orco del sur: un gigante entre los orcos, de espalda que «caería hasta sentir envidia a los mejores de los gigantes», siempre visto con su armadura de metal opaco muy oscuro, casi negro, que le cubre el cuerpo en su totalidad. Del cinturón le cuelgan cuatro cadenas de unos tres metros, con collares y grilletes en los extremos.
Opera de otro modo que el soberano de los coliseos: es un sometedor, y «siempre toma algo de sus víctimas como souvenir. Algo del equipo, parte del cuerpo. El cuerpo en su totalidad». Venera a Gruumsh, el dios orco de un solo ojo, «aquel que nunca duerme». Se lo dice «forma eterna» y descendiente de Tiamat, y se murmura un nombre anterior, peor que el suyo: «cuál es el primero que antecede a Lesh Khan».
Si Lesh Khan es el Gran Khan, otro Khan, o una encarnación suya, el archivo no lo establece. Un ojo que nunca duerme al sur; dos cabezas que sueñan al este. La simetría tienta, pero la tentación no es prueba.
Advertencias del cronista
Quede dicho lo que no se sabe, para que nadie lo dé por sabido. No consta quién ejecutó al Gran Khan ni cuándo perdió la cabeza que perdió. No consta si Gran Cali es su imperio, su nombre imperial o una potencia distinta que presta su pendón. No constan las reglas de los coliseos —quién compite, qué se gana, qué se pierde—, ni la materia, el tamaño o los límites de la esfera negra. No consta qué sería, en efecto, el rey reconstruido si el Khan y el Cakravartin volvieran a fundirse: qué gobierna un rey hecho de dos enemigos. No consta dónde tiene hoy corte, capital o trono, si es que tiene otro asiento que el sueño. Y quedan abiertas las dos preguntas del sur: si «Lesh Khan» y «Lesh-Kamp» son uno o dos, y cuál es ese nombre primero, «mucho peor», que lo antecede. De Bertrand solo se registra su interés por «antiguos reinos y hordas», y su vínculo con la marca de Gran Cali; más que eso sería inventar.
Véase además: Marco Polo · Ciudades invisibles · Cakravartin · Isidora · Tiamat
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.