Cakravartin

Rey de la Atlántida. No emperador, sino bodhi. El monarca universal que conoce los sellos y revela el juego de las plataformas.

Presentación

El Cakravartin no es un rey al modo común de los reyes. No gobierna por imposición ni por conquista. Es un bodhi —un iluminado—, y su poder es el de quien ha cerrado los ciclos personales y puede dedicarse a sostener el ciclo cósmico. Su título, cakravartin, viene del sánscrito y significa Señor de la Rueda Cósmica: el monarca universal que gira la rueda sin que la rueda gire sin él. En las profundidades de la Atlántida lo llaman también Aqua Lord —el Señor del Agua—.

Su aspecto: un Aquiles que eligió envejecer. Eligió el cuerpo y la sabiduría sobre la juventud eterna. Belleza majestuosa, cabellos rubios que caen como cortinas sobre los omóplatos, aire angelical sin alas. Primeros treinta y pico de edad en la senda del bien. La mirada penetrante y al mismo tiempo lánguida, como de quien ya ha visto todas las versiones de cada escena. Flota sobre su trono —no se sienta: levita sobre el agua del salón de audiencias—.

Su reino es un estado de armonía y pureza donde estado y sociedad son la misma cosa. No hay separación entre gobierno y vida cotidiana, entre orden y costumbre. Sabe que todo sucede por razón. Sabe, incluso, que la disrupción de los aventureros que entran a su corte sucede por razón. Conoce el secreto operativo del mundo: cómo levantar y volver a colocar los sellos que mantienen el orden cosmológico. Es, en un registro discreto, un Salomón submarino.

Cuando Los Profundos llegan a su audiencia, después del exilio de Ariel y de la dura travesía oceánica, el Cakravartin los recibe sin reproche. Cura a los heridos. Les explica la misión de los huevos de dragón —los de plata y oro, los de rojo y verde— y los manda al norte de México, a los montículos antiguos donde los dragones oscuros se ocultan. Nombra embajador a Ariel, el atlante exiliado por no terminar el relato, y le dice las palabras que aquella audiencia preservó como sentencia fundacional: “Serás el embajador. Por eso tuyas son las responsabilidades de este grupo, para los que se queden aquí puedan contar las historias que debías”. Manda a Bronzo, el dragón de bronce, a transportar al grupo. Hace emerger la audiencia, al cierre, sobre una plataforma de columna transparente, una pirámide cristalina sobre las aguas, donde la lección final se entrega en silencio.

Esa lección es la revelación de las plataformas y los guardianes: el juego cosmológico secreto sobre el que descansa el ciclo entero del mundo. Las plataformas zodiacales activas en los planos exteriores. Los Guardianes que las cuidan. La verdad de que el universo no se sostiene por sí mismo sino por sellos que alguien tiene que mantener. El Cakravartin lo sabe. Y sabe quién no debe saberlo todavía. Y sabe quién debe.

Tiene una Sombra que no revela. La sombra del Cakravartin es lo que el archivo no termina de explicar: la parte oscura del monarca de la bondad, la cara que no aparece en la audiencia.

Cuando habla de sí mismo es preciso, sin altanería: “Soy de la bondad, es verdad. La dirección se la podemos dar nosotros, pero ustedes pueden ser la flecha”.

Vínculos

Apariciones

  • Atlántida — su corte, audiencia de Los Profundos
  • Pirámide cristalina sobre las aguas — punto de revelación
  • Norte de México, montículos antiguos — destino al que envía al grupo