Perdí mi norte.


El hombre que subió al avión

Antonio Portet sube al avión apenas como un hombre quebrado. Ex-marino dado de baja de la Armada —baja deshonrosa—, arrastra de civil una depresión y una bronca que los que lo rodean advierten antes que él mismo. Lleva encima la brújula de su padre como única reliquia de un rumbo que ya no encuentra. Su baja se enreda con la interna de la Armada entre azules y colorados, y con un vacío anterior: el hundimiento de su barco y la pérdida de su tripulación, “el vacío” del que no termina de salir.

Cuando aborda el vuelo que el Operativo Cóndor desvía hacia las islas el 28 de septiembre de 1966, no va limpio: viaja de mula, llevando un paquete por encargo de Piluso. En el mismo avión viaja el teniente coronel Guzmán, gobernador designado de Tierra del Fuego e Islas del Atlántico Sur, con quien Antonio queda ligado desde el aterrizaje en la turba.


El brote y el Borda

Lo que duerme bajo las islas no perdona. Tras el episodio de Top_Malo, Antonio sufre un brote y termina internado en el Hospital_Borda, en una locura declarada sin término. Sale de ese encierro por la puerta de una terapia de grupo: la consigna del licenciado Falkowski —“sacar la emoción”— y la brújula del padre, cuyo significado pone en palabras al fin (“perdí mi norte”), le permiten descargar la violencia acumulada blandiendo un hacha y recobrar parte de la razón. Queda, según el propio diagnóstico, superable pero disfuncional: dependiente de una terapia semanal que lo sostiene apenas por encima del abismo.

Recupera entonces su FN FAL, el fusil que llama Natalya, a través de un contacto en la Armada. La cabeza, sin embargo, no vuelve entera: en el faro dispara y hiere a su compañero Max.


La marca y la bala

Del paso por el faro Antonio sale señalado en el cuerpo. Conserva una bala en la mano y el brazo izquierdo arruinado por tejido necrótico, surcado por lo que parecen marcas de un tentáculo o arañazos de uñas: el miembro queda inmóvil, peligroso a la vista. Con el pelo crecido y el aspecto de un hombre al que conviene no cruzar, carga esas secuelas como prueba de aquello con lo que se rozó.

En sueños revive una y otra vez el hundimiento de su barco. En vez de huir, elige enfrentarlo, y en ese gesto recupera un pliegue de cordura. Más tarde, ya despierto, vuelve a darle pelea a su miedo: se arroja al mar en plena tormenta nocturna y sale del agua menos roto que antes.


Algo en la sangre

El mar, que debería haberlo matado, lo respeta. Termina por revelarse por qué Antonio sobrevivió al hundimiento que se tragó a su tripulación: tiene algo en la sangre, algo en el corazón —la insinuación, nunca del todo dicha, de que por sus venas corre sangre de los Profundos, esos hombres-pez de la Orden de Dagon que medran en el fondo y rinden culto a Cthulhu y a las potencias que sueñan bajo las islas. Esa herencia lo convierte en el nexo del grupo con la esfera onírica: es Antonio quien sintoniza el “huevo” que cristaliza los sueños, quien oye lo que el resto no alcanza a oír.


El castillo galés y el nombre de Alex

Hay una segunda raíz en Antonio, tierra adentro de su propia sangre: una ascendencia galesa que lo reclama. Un castillo —Caerleon, el viejo Kalion on Usk— lo reconoce a él y a nadie más del grupo. Bajo esa luz galesa Antonio responde a otro nombre, o a otro apodo: “Alex”. La crónica de aquellos días lo registra a veces como Antonio Portet, a veces como Antonio R. Santamaría, y a veces sencillamente como Alex; las tres grafías nombran al mismo marino partido entre el Atlántico Sur y un linaje galés que insiste en llamarlo a casa.


Vínculos

  • Orden de Dagon / Los_Profundos — el linaje oculto en su sangre, hombres-pez del fondo del mar
  • Nyarlathotep — Cthulhu y las potencias que sueñan bajo las Malvinas
  • Operativo Cóndor (1966) — el vuelo desviado a las islas en el que viaja de mula
  • Hospital Borda — donde es internado tras el brote de Top Malo
  • Teniente coronel Guzmán — gobernador designado, compañero de avión
  • Caerleon (Kalion on Usk) — el castillo galés que lo reconoce como “Alex”