
Sacá tu emoción. No la guardes: descargala.
El licenciado de la sala
En el Hospital_Borda, en Buenos Aires, el licenciado Néstor Falkowski es el asistente joven del doctor Buscaglia —veinticinco o treinta años a lo sumo, recién salido de la facultad—. Trabaja a la sombra del psiquiatra del miedo, en la misma sala donde se trata a Antonio, el ex-marino internado tras lo que le ocurrió bajo las islas. Lleva un apellido polaco que, en una gesta sembrada de azares con peso, resuena con el de otra polaca de la partida, Irene Kowalski, aunque nada en la crónica los hermana más allá del sonido.
Es un hombre difícil de leer. Tiene los párpados pesados y una mirada que cuesta descifrar: quien intenta adivinarle la intención se queda con las manos vacías, como ante una cara que guarda su fondo. Esa opacidad lo acompaña en todo lo que hace, y es la que más tarde dejará un cabo suelto sobre quién es de verdad el licenciado Falkowski.
”Sacar la emoción”
El aporte de Falkowski a la cura no es la palabra paciente del psiquiatra sino una consigna seca, casi física. En la terapia de grupo le da a Antonio la instrucción de “sacar la emoción” —no nombrar el miedo ni rodearlo, sino descargarlo de cuerpo entero—, y es esa técnica la que destraba al marino donde la conversación se había estancado. Bajo el régimen doble de la sala —el psiquiatra que no le teme al miedo y el terapeuta que pide vaciarlo afuera— Antonio consigue al fin blandir el hacha, poner en palabras su brújula perdida y recobrar un pliegue de la razón que el fondo del mar le había arrancado.
Los favores discretos
Falkowski no se queda dentro de los muros del hospital. Tiene un amigo en aeronáutica, en Córdoba, y no esconde su incomodidad con la represión que en esos años cae sobre los jóvenes; algo en él se mueve por afuera del oficio clínico, en una zona de simpatías que la sala no le pide.
De esa disposición salen dos gestos pequeños y cargados. A Antonio le firma la libreta sanitaria —una coartada de vacaciones que cubre lo que el marino no puede declarar—, prestándole su mano de profesional a una mentira piadosa. Y a una de las investigadoras de la partida, que lo seduce para conseguirlo, le entrega su libreta de biblioteca de la facultad, la llave de papel que abre los anaqueles donde quizá esté lo que el grupo necesita leer. La crónica no fija cuál de las mujeres lo enredó; solo que el licenciado, ablandado, cedió el carnet.
El cabo suelto
Nada de lo que hace Falkowski es del todo transparente, y esa es justamente su sombra. La mirada que no se deja leer, los párpados que velan la intención, los favores que tiende con tanta soltura a gente que apenas conoce: todo deja flotando la pregunta de si el joven licenciado es solo un terapeuta de buen corazón y mejores contactos, o si bajo esa cara opaca duerme otra cosa —un agente, un durmiente, alguien que sirve a un amo que la sala no ve—. La crónica de aquellos días lo deja ahí, sin resolver: un hombre servicial cuyo fondo nadie alcanzó a tocar.
Vínculos
- Alberto_Buscaglia — el psiquiatra del miedo, de quien Falkowski es el asistente joven en el Borda
- Antonio_Portet — el marino a quien destraba con la consigna de “sacar la emoción” y a quien le firma la libreta sanitaria
- Irene_Kowalski — la otra polaca de la partida, con quien lo hermana apenas el apellido
- Orden_Esoterica_de_Dagon — la cofradía batracia cuyos agentes saben operar tierra adentro, sombra posible detrás de cualquier cara que no se deja leer