Las celdas acolchadas también son una puerta. Lo que encierran no siempre quiere salir por donde entró.


El manicomio de Barracas

El gran manicomio de hombres de Barracas, en Buenos Aires, es donde Antonio queda internado tras el brote que lo derriba en el sur. En estos días —entre octubre y noviembre de 1966— todavía no lleva el nombre con que la ciudad lo conocerá después: recién en 1967 pasará a llamarse Borda, por el alienista José Tiburcio Borda. Por ahora es, sin más, el Hospital Nacional Neuropsiquiátrico de Hombres.

Es una institución marcada por los recortes presupuestarios que arrastra el país desde 1955: pabellones venidos a menos, olor a desinfectante rancio, celdas acolchadas. Bajo el mismo techo conviven tres maneras de tratar la locura que apenas se hablan entre sí —el psicoanálisis ortodoxo que baja de la cátedra de la UBA, la insulinoterapia (con insulina de páncreas porcino, según se comenta entre el personal) y el electroshock—, como si el establecimiento no terminara de decidir si la mente se cura conversando o sacudiéndola.


El ala naval

Una sección del hospital funciona como ala psiquiátrica militar, reservada a excombatientes y a personal de la Armada. Es por esa puerta que ingresa Antonio: marino quebrado, dado de baja, devuelto del Atlántico Sur con la cabeza rota por lo que rozó bajo las islas. El encierro médico viene a duplicar un encierro anterior —el “vacío” naval del que nunca terminó de salir, el hundimiento que se tragó a su tripulación—; el manicomio no hace más que ponerle paredes acolchadas a una deriva que ya traía de antes.


El charco que no es agua

Bajo el barniz clínico, el Borda se comporta como lo que en verdad es en esta gesta: un umbral del Mythos disfrazado de institución médica. Antonio cubre las paredes de la celda 3 con símbolos espiralados, la misma escritura que lo otro deja en quienes lo han mirado de cerca. En un rincón aparece un charco de agua que no es agua, una mancha que insiste donde no debería haberla. Y corre, de boca en boca por los pabellones, el rumor de un interno desaparecido el 9 de noviembre, sin que nadie sepa decir por dónde se fue.

El hospital se revela así como un eslabón más de una misma serie de encierros que son puertas: homólogo de la casa de la viuda Brockford —donde el hijo híbrido forcejea entre la tierra de su madre y el mar de su padre— y del faro donde la Orden abre su boca de piedra. En todos, el muro que debería contener es en realidad el quicio por donde se cuela lo profundo. Lo que la psiquiatría de los sesenta diagnostica como brote, la cofradía batracia del Atlántico Sur lo conoce por otro nombre.


Notas

El nombre «Borda» se conserva por anticipación: en el tiempo de la diégesis (1966) la institución aún se llama Hospital Nacional Neuropsiquiátrico de Hombres, y solo en 1967 adoptará el del alienista José Tiburcio Borda. Ambas designaciones nombran el mismo manicomio de Barracas. Es un hecho de la historia argentina real conservado tal cual, fiel a la regla de la gesta malvinense: usar el realismo verificable de la época como vestíbulo de lo cósmico.


Vínculos

  • Antonio_Portet — el marino internado tras su brote; quien marca la celda 3 con símbolos espiralados
  • Orden_Esoterica_de_Dagon — la cofradía cuyo culto late detrás de lo que la psiquiatría llama locura
  • El_hijo_hibrido — la casa Brockford, otro encierro-que-es-puerta del mismo motivo
  • Operativo_Condor — el vestíbulo histórico del descenso que lleva a Antonio hasta acá