Quinientos treinta kilómetros de ripio en un cascarón de chapa prestada y patente ajena. El auto no es de nadie y por eso sirve: lo que va adentro tampoco quiere que lo encuentren.
Un auto que no es de nadie
El grupo que bajó del avión a las islas no tiene coche propio ni licencia en la que se pueda confiar, y de todos modos necesita moverse. La solución es la que dicta el mundo del que vienen: roban un Citroën 2CV —el modesto “Citroneta” de la época— en Nueva Pompeya, junto al puente del Riachuelo, en ese borde sur de Buenos Aires donde la ciudad se deshilacha en galpones y agua quieta. El auto pasa a ser de ellos por el simple hecho de que ya no es de su dueño.
Para que el cascarón robado deje de gritar lo que es, hay que borrarle la cara. De eso se ocupa Piluso —el mismo nombre que circula en la trastienda de estos años, el que despacha encargos y mete paquetes donde no se ven—: por su mano se le cambian las patentes y la pintura, de modo que el coche que arranca no es, a los ojos de la calle, el coche que se robó. Es la misma economía de favores turbios que puso a más de uno en aquel vuelo desviado al sur: en el mundo de superficie, antes del descenso, todo se consigue con el contacto justo.
Los Tucu y el motor de chapa
El 2CV, de fábrica, es un auto pobre: liviano, lento, pensado para caminos buenos. Lo que el grupo tiene por delante no son caminos buenos, sino más de quinientos treinta kilómetros de ripio hasta Claromecó, sobre la costa bonaerense. Para que la chapa aguante esa tirada, el coche pasa por las manos de “los Tucu”, una cuadrilla de mecánicos tucumanos que entre arreglo y arreglo hacen pollo al disco —el fierro de campo que cocina lo mismo el almuerzo que el chasis de un auto ajeno—. El tuneo de los Tucu es la última diferencia entre llegar y quedarse tirado en mitad de la nada.
Aun así el vehículo es precario, y esa precariedad es parte del tono: no hay aquí ningún coche heroico, ningún transporte a la altura del horror que espera al final del camino. Hay un cacharro robado, repintado y remendado, que tose por el ripio cargando a un puñado de gente hacia algo que ninguno de ellos termina de entender. El Citroën 2CV es, en su pequeñez, el vehículo justo del descenso: un objeto de la vida real argentina —pobre, prestado, al margen de la ley común— que sirve de puente entre la trama de superficie y lo que aguarda, mucho más viejo, al otro lado del viaje.
Vínculos
- Operativo_Condor — la gesta de las islas, raíz del grupo que viaja sin coche propio
- Antonio_Portet — camarada del mismo descenso; comparte con esta historia la figura de Piluso, el contacto que mueve paquetes y borra rastros
Apariciones
- El robo — un Citroën 2CV sustraído en Nueva Pompeya, junto al puente del Riachuelo
- El lavado — patentes y pintura cambiadas por mano de Piluso
- El tuneo — reforzado por “los Tucu”, mecánicos tucumanos del pollo al disco, para los más de quinientos treinta kilómetros de ripio rumbo a Claromecó