Quería ver lo que hay adentro de la montaña. No sabía que la montaña también mira.


La conciencia científica del grupo

Malena llega a las islas como licenciada en ciencias biológicas, ayudante de cátedra de zoología, con una ambición que el laboratorio le queda chico para contener. Viene de leer Las montañas de la locura y de quererla creer: no busca refutar lo que el libro insinúa, sino ir a buscar lo que hay adentro de la montaña. En el grupo de recién llegados del Operativo Cóndor cumple un papel preciso —es la conciencia científica, la que mide, cataloga y pide pruebas— sin sospechar todavía que el método con que se arma para entender el mundo va a ser, también, lo primero que el mundo le rompa.

Quiso ser médica, como el padre, y no pudo: “no era carrera para mujeres”, le dijeron, y la biología fue el desvío por donde su vocación se coló igual. Carga además los frenos de la casa —la madre que no la deja conducir— y un hermano de diecinueve años a quien proteger. La crónica de aquellos días la nombra al principio sólo por su oficio, la bióloga; el nombre propio, Malena, se afirma a medida que la gesta avanza.


La química contra lo profundo

Donde otros del grupo ponen el arma o la fe, Malena pone el análisis. Soborno mediante, visita a Antonio internado en el Hospital_Borda y lo acompaña en su deriva. Cuando aparece el légamo negro de la logia —un alquitrán orgánico que se evapora apenas se lo aísla— es ella quien lo somete a examen y arranca lo que un examen arranca: materia que se comporta como sangre, del grupo B positivo, allí donde no debería haber sangre alguna. Es la primera vez que su ciencia toca el sustrato de la Orden de Dagón y vuelve con una respuesta que no tranquiliza.

Para la incursión, su saber se vuelve arsenal de otra clase: prepara molotovs y gases lacrimógenos, química de barricada al servicio de un horror que ningún manual contempla. Más adelante, en la mazmorra bajo las islas, vuelve a hacer de su oficio una herramienta —lee las estatuas piroclásticas como quien lee un estrato, reconoce un osario, presta primeros auxilios a los heridos. La razón, en sus manos, deja de ser sólo entendimiento y pasa a ser supervivencia.


El padre que se mandó a guardar

Bajo el descenso cósmico late, en Malena, una herida doméstica. Su padre —médico, el hombre cuya carrera ella no pudo seguir— desapareció: “se tuvo que mandar a guardar”, se dice en la familia, sin que nadie precise de qué. Sobrevuelan las hipótesis de la tierra —deudas, una segunda familia— y, debajo, la sospecha de algo que no es de la tierra. Malena recibe llamados que cortan, voces que se descuelgan antes de decir nada, y no sabe si la buscan a ella o a la sombra de él.

El sueño termina de hundir esa raíz. En él, Malena baja a un laboratorio submarino donde su padre, al que el archivo nombra Walter, trabaja rodeado de parásitos —esos hongos del espacio, los Mi-Go— que ella reconoce al microscopio. El sueño le impone una elección imposible, de esas que la vigilia no perdona: inyectarse a sí misma o salvar al padre. De ese descenso onírico no se vuelve indemne; algo de la razón se queda allá abajo, en el agua, junto al hombre que se mandó a guardar. Su drama rima con el de otros hijos de la gesta partidos por un padre que pertenece al fondo —como el hijo de la viuda Brockford—, aunque la sangre que reclama a Malena no sea la batracia de los Profundos sino otra cosa, más fría y más lejana.


La marca y el tercer ojo

Lo que se rozó bajo las islas le deja secuela en el cuerpo y en la mente. A Malena se le manifiesta un tercer ojo, abierto donde ningún ojo debería abrirse; el brazo se le surca de necrosis, de una marca que tiene forma de tentáculo. Y en el espejo, donde debería estar su cara, ve asomar a “Yoigor” —el nombre con que la corrupción isleña pronuncia a la potencia que la mira de vuelta desde el otro lado del vidrio.

No es la única que sale así señalada de aquel descenso: Antonio, el camarada que tiene contacto con el otro lado, carga el mismo brazo arruinado por el tejido necrótico y las mismas marcas de tentáculo. Dos cuerpos distintos llevan la misma firma, como si lo que duerme bajo las Malvinas escribiera siempre con la misma mano. La conciencia científica del grupo termina convertida, ella también, en evidencia: un cuerpo que prueba aquello que su método nunca podría haber medido.


Vínculos

Casas del ciclo · ☷ La bióloga del Operativo Cóndor baja por estratos cada vez más hondos: del Hospital_Borda al fondo de la Orden de Dagón, y de ahí al laboratorio submarino del sueño donde su padre Walter trabaja entre Mi-Go. Cada nivel le arranca un pliegue de razón —el légamo negro, las estatuas piroclásticas, el tercer ojo— hasta que el cuerpo señalado de Antonio y el suyo prueban que abajo se escribe siempre con la misma mano. — glosa de Sucesos.