A cada uno le ofrecen, en el sueño, exactamente aquello que de despierto jamás se atrevería a pedir.
El trato cosido a medida
Cuando la piedra azul que la Orden Esotérica de Dagón despierta al pie del faro austral arroja a los camaradas del descenso a un mismo sueño, lo que se abre del otro lado no es solo el paisaje doblado de la tierra de los dos soles: es una mesa de negociaciones. La ciudad amarilla no conquista por la fuerza. Sale al paso de cada durmiente con una escena distinta, cortada con precisión de sastre a la forma de su deseo o de su miedo, y al cabo de esa escena le tiende siempre lo mismo: un contrato que firmar. Lo que para uno es el regreso de un muerto querido, para otro es un laboratorio, para otro un escenario, para otro una oficina de policía —cada cual frente al anzuelo hecho a su medida, y cada cual a solas, sin que los demás vean lo que a él le ofrecen.
Es la mecánica más fría del descenso. El sueño no exige; seduce uno por uno, ofreciendo a cada cual aquello que más le costaría rechazar, y deja que sea la propia mano del durmiente la que se incline sobre el papel. Quien firma se compromete; quien se niega paga el costo de negarse. Y, como en todos los tratos de estas islas, lo que se gana del otro lado se cobra en la propia razón: cada escena cruzada se lleva consigo un pliegue de cordura, de modo que aun el que vuelve victorioso vuelve con algo menos de sí.
Las cuatro firmas
A Antonio —el marino quebrado, nexo del grupo con la esfera onírica— el sueño le devuelve el hundimiento de su barco: la sirena de ojos verdes que es uno de los Profundos del fondo, sus viejos compañeros de tripulación mirándolo con los ojos vacíos, y en la mano una pistola de bengalas. Antonio no huye. Elige enfrentarlo, plantarse ante el espanto que arrastra desde antes de las islas, y en ese gesto recobra parte de la razón que el descenso le había arrancado —el capitán, al fin, consiente en hundirse con su barco.
A Malena —la bióloga, la conciencia científica de la partida— el sueño le abre un laboratorio submarino donde su padre, al que el archivo nombra Walter, trabaja vivo entre microscopios. Bajo el lente se multiplican unos parásitos de cola doble que ella reconoce de inmediato como los hongos del espacio, los Mi-Go, mezclados con la simiente de los híbridos. Sobre la mesa hay una jeringa cargada con un líquido espeso como aceite y una elección de las que la vigilia no perdona: inyectarse a sí misma y salvarse, o gastar la dosis en salvar al padre que se mandó a guardar. De ese descenso onírico Malena no vuelve indemne; algo de su razón se le queda allá abajo, en el agua, junto al hombre del laboratorio.
A Dulce —la alemana del hacha, mensajera del libro que no debe leerse— el sueño la arrastra al escenario del Rey Amarillo, el sitio de las máscaras. Allí le ponen delante el contrato para actuar en la compañía, y la escena la quiere también pintora: pinta un lienzo con sus propios camaradas embutidos en los trajes bioluminiscentes de la corte amarilla. Despierta ya partida, en plena psicosis del Rey: empieza a ver las caras de la gente como máscaras y exige a gritos que se las quiten.
A Irene —la investigadora polaca que volvió del norte— el sueño no le ofrece muertos ni escenarios, sino el porvenir: una oficina policial fechada en 1975, casi una década por delante de la gesta. Tras el escritorio, un comisario-brujo de la Triple A —reconocible porque su sombra no coincide con su cuerpo— le tiende una lista de nombres, le muestra el logo de las tres aes y la invita a sumarse. Del trato Irene sale sabiendo un conjuro nuevo, “Cenizas y diamantes”, fórmula de resonancia polaca que no por azar le habla a ella, nieta de la guerra del este.
Las consecuencias diferidas
Lo que el sueño cobra no se paga en el acto. Cada firma define con quién quedó comprometido cada durmiente —con la cofradía del secreto del norte que la crónica llama Majestic, con la corte del Rey Amarillo, con la Triple_A, o con lo que duerme en el fondo del mar—, y ese compromiso queda latente, como una deuda que el otro lado se reserva el derecho de cobrar cuando le convenga. Ninguno de los cuatro sabe, al despertar, el alcance exacto de lo que aceptó; los pactos oníricos son, en el fondo de esta gesta, semillas plantadas en la razón de cada uno, esperando la estación en que florezcan.
Vínculos
- Carcosa — la tierra de los dos soles cuyo sueño compartido es la mesa donde se ofrecen los pactos
- Rey_Amarillo_King_in_Yellow — el entronizado de las máscaras, dueño del escenario que firma Dulce
- Circonio_Piedra_Azul — la piedra azul que proyecta el sueño en el que se tienden los contratos
- Faro_de_Claromeco — el faro austral donde el rito abre la puerta onírica
- Orden_Esoterica_de_Dagon — la cofradía batracia que despierta la piedra y guarda el fondo de las islas
- Antonio_Portet — el marino que enfrenta su naufragio y recobra razón
- Malena — la bióloga ante la jeringa y el padre del laboratorio submarino
- Dulce_Holler — la alemana que firma el contrato del Rey Amarillo
- Irene_Kowalski — la polaca que pacta con la Triple A en la oficina de 1975
- Triple_A — el comisario-brujo que recluta en el sueño con el adelanto del horror
- Cthulhu — la potencia que sueña bajo las islas y por cuyo envés se abren los pactos
Notas
El registro físico de este pasaje se guarda en el cuaderno 99. Cada uno de los cuatro tratos pertenece a una potencia distinta —Majestic, el Rey Amarillo, la Triple A y los Profundos del fondo—, y la crónica de aquellos días subraya que las consecuencias de cada firma quedaron deliberadamente diferidas: lo que se aceptó en el sueño se cobra después, en la vigilia. El padre de Malena, que el archivo nombra Walter, y los Mi-Go que ella reconoce al microscopio no tienen entrada propia en el archivo; se nombran aquí solo en cuanto pertenecen a la escena onírica que se le ofrece.
Casas del ciclo · ⛧ ⛓ El sueño de la tierra de los dos soles no conquista: tiende a cada durmiente un contrato cortado a su medida, y la propia mano firma. Es el pacto que condena multiplicado por cuatro: Antonio con su naufragio, Malena con la jeringa y el padre, Dulce con el escenario del Rey Amarillo, Irene con la Triple_A. Cada firma se paga en cordura y compromete a su firmante con una potencia distinta —Majestic, la corte amarilla, las tres aes, lo que duerme en el fondo—, de modo que los cuatro tratos cosen a la partida como una sola banda endeudada con el otro lado. — glosa de Paulus.