Todo lo resuelve con el hacha. Lo demás —el encanto, la coartada, la mentira bien dicha— es apenas el filo de antes.


La rubia de Fort Apache

A Dulce Holler la nombran por lo que se le ve antes de tratarla: la alemana, la rubia, la kraut. Trae encima un pasado bodevilesco y sórdido —Hamburgo de la posguerra, el mundo del espectáculo y el cabaret, las tablas de la varieté— y un presente de crédito bajo, de vida en los bajofondos de Fort Apache, entre la gente del hampa. De aquel oficio de las luces le quedan dos cosas que sabe usar mejor que nadie: el encanto —la actuación, la seducción, la mentira dicha con aplomo— y la pelea. Lleva siempre un destral, un hacha pequeña, y un .38; cuando algo se tuerce, no negocia: lo resuelve con el hacha.

Su trato con el delito viene de antiguo. Tiene contactos criminales en el bajo, y los pone a trabajar cuando hace falta: roba un Citroën, consigue las patentes por mano de un tal Piluso y seduce a Falkowski para procurarse coartadas. Antes de bajar a lo profundo, fue además mensajera del libro —la correa de transmisión por la que circula, de mano en mano, el texto que no debería leerse.


El faro y la primera sangre

En el faro, la violencia de Dulce deja de ser un recurso de matona y se vuelve, sin que ella lo sepa, un acto de liturgia. Pelea ahí con el hacha y con el .38, como siempre; pero esta vez su hacha es la que derrama la primera sangre, y esa sangre es la que despierta a la piedra. El circonio que la Orden Esotérica de Dagón había llevado hasta la linterna esperaba justamente eso —la sangre llama a la sangre—, y fue el filo de la alemana el que abrió la boca del mineral. Lo que para ella era un tajo más en una riña fue, en el fondo, el gesto que encendió el rito.


El contrato del Rey Amarillo

Lo que se despierta en el faro no se queda en el faro. En el sueño, Dulce se ve arrastrada al escenario del Rey Amarillo: el sitio de las máscaras y del contrato que hay que firmar. Despierta de ahí ya partida, en plena psicosis del Rey Amarillo —esa misma corte que late en la tierra de los dos soles—: empieza a ver las caras de la gente como máscaras, exige a gritos que se las quiten —“quítate la máscara”— y arremete con el hacha contra quien tenga delante. En el descenso bajo las islas, en la mazmorra, es ella la que lleva el peso del combate: el hacha, el .38, la intimidación —es Dulce la que doblega a Mordecai a pura amenaza.


Lo que el viento le dejó

Del roce con lo que duerme bajo las Malvinas, Dulce no sale entera. Le quedan dos secuelas que la siguen como sombras: una paranoia que ya no la suelta y un miedo al viento que la sobresalta con cada ráfaga —como si el aire en movimiento le recordara el aleteo de aquellas máscaras. Y, debajo de todo, intacta, la única respuesta que conoce para el espanto: seguir resolviéndolo todo con el hacha.

La crónica de aquellos días la registra con su nombre alemán, Dulce Holler, aunque más de una vez la nombra apenas por el color del pelo o por el país de origen.


Vínculos