Nueva York

Este nombre vive en 2 mundos del archivo. Las versiones no se funden: sus diferencias son canon, y leerlas enfrentadas es la mitad de lo que el nombre significa.

En ANTITERRA

Itinerario: desde Mount Vernon, trescientos ochenta kilómetros en línea de tierra, quince días de viaje terrestre hacia el norte. Otros baqueanos juran cincuenta o sesenta kilómetros, un día de camino con una noche de sueño; los itinerarios discrepan y este cronista los anota a ambos. Se llega, en cualquier caso, a una ciudad «mucho más pequeña que lo que uno esperaría»: veinte mil almas como mucho, distinta de la que el viajero cree conocer, y de esas veinte mil, solo una parte de la ciudad «está habitada en este momento».

La ciudad quemada

Hace ocho años un gran incendio se llevó aproximadamente la mitad del casco — se dice que fueron los prisioneros de los diablos quienes «prendieron fuego todo» —, y desde entonces Nueva York sigue «acosada por tropas británicas y arrasada por continuos incendios». Está «poblada de trincheras para defenderse duramente», con niebla encima y noches en que «parece que hay tormenta a lo lejos». Fue el último bastión inglés del continente: siete u ocho años de ocupación tras haber estado antes en manos republicanas, y las tropas norteamericanas no volvieron a Manhattan, su corazón, hasta firmado el Tratado de Paz. «Al ser liberados, marcó la verdadera victoria.»

Sobre los muros ya no flamean «no más que los colores británicos»: la bandera nueva lleva bandas rojas y blancas, trece por las trece colonias, y trece estrellas.

Las calles, según el mapa de 1766

La traza se lee sobre un plano de época: Beaver Street, «la calle de los actores», el boulevard de los actores; Duke Street; Smith Street; Broad Street — que no es lo mismo que Broadway —; New Street, «que muere temprano»; Wall Street, que ocupa su lugar de un modo particular; King Street; Queen Street; Broadway. Por esas calles, «lo que merodea libremente en la calle Nueva York colonial son carromatos, cerdos y jovencitas». Hay sótanos habitados; hay al menos una taberna, la de Frank Stoddard, «con escena de Little Wench’s y de mujeres», donde corren los tragos y paran viejos truhanes de los mares.

Al norte de la zona central quedan «los aborrotados vecindarios de Five Points», de donde saldrán después las situaciones de pandillas; más al norte, Harlem, que «hace mucho tiempo» se llamaba Nueva Ántara.

El anillo de guerra

A veinte o treinta kilómetros de la ciudad se extiende el campo de trincheras: suelo arcilloso, árboles «todos reventados», una región de pura devastación donde «nadie juntó los cuerpos». Ahí se emplaza el Warmonger, y ahí tiene su pabellón un coronel gesiano que nunca pudo rendirse. Todo lo que rodea a Nueva York es el negativo de su asedio: la ciudad fue lo último que se entregó, y el campo guarda la cuenta.

La sede del nuevo orden

Nueva York es capital provisoria — dos años de presidencia, antes de que exista Washington como ciudad — y sede del Congreso, que puede convocarse de urgencia: «yo le puedo decir al Congreso de juntarse esta noche». Cada región manda representante — «yo soy el representante de Nueva York» — y ante ese cuerpo debe comparecer el propio Washington. Rige corte marcial, pero con «una gran banda ancha» para toda demostración de victoria republicana. La esclavitud no se ha acabado; hubo sí «una especie de verdadera liberación» para los negros que participaron en la revolución.

Boston es la contraparte — «la área más política, donde están fundadas unas logias» — y sufre los mismos problemas. Pero es en Nueva York, centro de la plataforma de Leo, «que se extensa, por supuesto», donde se decide el mundo: las diplomacias «de cómo se va a armar este estado democrático».

El Banco y la logia

La sesión próxima del Congreso decide «si se funda o no se funda el Banco Nueva York», con Trinity Church como primera adquisición, y en el mismo momento se funda la Fundación Nueva York, ligada al pago de las deudas de guerra. Hay quien va a Nueva York «a tratar con los judíos azules». Detrás de la decisión opera «una organización nefasta», con militares masónicos y gente importante hasta el secretario del Tesoro, Alexander Hamilton: la sede económica detrás de la fundación del Banco de Nueva York. Donde se paga la deuda de guerra es donde se disputa el poder — la logia y el Congreso están en la misma ciudad por la misma razón.

La ciudad es «la gran manzana abierta» para quien llegue, sin que se sepa aún «si son el gusano o la que va contante y sonante».

La vida que empieza

Los ciudadanos, «a pesar de las dificultades», siguen con el cricket, las carreras de caballos, los juegos de pelota y el boxeo. La ciudad se informa por la New York Gazette, que publica artículos sobre los libertadores de las Américas; el pueblo de Alejandría, vecino a Mount Vernon, ofrece prensa más local. Faltan unos quince días para el 4 de julio. Y Nueva York es, se sabe, «lugar de disturbios»: existe un libro que registra todos los disturbios de la ciudad entre 1770 y 1870 — un siglo entero de tumulto, contado por adelantado. Circula además un diario llamado «Mi Nueva Vida», cuaderno con letras de molde que se anota solo; el cronista lo consigna sin explicarlo, porque nadie se lo explicó a él.

Advertencias del cronista

Los calendarios de este territorio no se ponen de acuerdo, y quien copie estas líneas debe saberlo. El presente se declara 1784; pero hay registros que fechan la fundación del Banco en 1884, el Tratado de Paz en 1883, y el gran incendio en 1976 — lo que daría otro presente, un siglo o dos más tarde. ¿Escuelas de cómputo distintas, copistas descuidados, o un calendario propio de estas tierras? Este cronista transcribe ambas versiones y no falla el pleito.

Otras cosas que el archivo calla: qué son los «judíos azules» — gremio, familia, orden —; quiénes son los gesianos y por qué sus ejércitos acampan en las trincheras; qué liga exactamente a la organización nefasta con las logias de Boston y con la nueva fe que anuncia San Marcos; el nombre mismo de esa organización. Del puerto, del río, del límite entre la parte habitada y la quemada, no hay noticia. No se sabe dónde sesiona el Congreso ni cómo es su edificio, ni dónde queda el sótano del que hablan las voces. Se dice que Nueva York está dentro de la plataforma de Leo y que es su centro — pero qué es una plataforma, y qué implica ocupar su centro, nadie lo ha escrito. Y queda abierta la cuestión de la bandera de trece estrellas: si es de la ciudad, de las colonias, o del estado que todavía se está armando. Como coexisten la Gazette y un tal New York Times, sin que se sepa si ambos imprimen en la misma época.

En TORRELUCES

«New York is the New Rome.» — fórmula dicha por Adrian Eldritch a Lennon en el Dakota Building, antes de que lo mataran

Hay una sola Nueva York, pero ocupa más lugar que una ciudad. En el presente de 2035 la Megápolis alcanzó «su paroxismo», y «la idea de mundo de Nueva York llegó a todo el planeta… La idea de futuro, de arquitectura, de paisaje, de tecnología». El patrón administrativo «cubre todo el planeta. No es que todo Nueva York, sino que está todo a partir de las Naciones Unidas». Un testigo la vio fractálica: «como la ciudad de golpe pasó a ocupar todo el mundo». Esta crónica registra lo que puede registrarse de una ciudad que es, a la vez, la norma de todas las demás. Y registra también esto: justo ahora, en 2035, sobre esa utopía «está abierta como unas grietas».

En superficie: la ciudad platónica

Es «una New York idealizada, que hay montañas que hasta reproducen la estatua de libertad», y hay «estatuas con formas de indio, tipo Mount Rushmore de indio». La Gran Nueva York «se ha construido como una manzana radiante»: un paisaje que es propaganda de su propio ideal, la ciudad convertida en su monumento.

En el sitio donde en otras líneas cayeron las Torres Gemelas, acá no cayó nada. Las torres «se convirtieron en unas torres tripletas y hay una pirámide» —una pirámide al estilo del Louvre, plantada entre las tres torres— y el conjunto se nombra Pyramid Plaza. Lo que define a esta Nueva York es exactamente lo que no pasó. Y ese punto, donde nada cayó, es donde en 2035 se abren las grietas.

Bajo tierra: el archivo de sus experimentos

Debajo hay una ciudad de túneles. El primer subte que se probó en Nueva York es un túnel cerrado de 5 metros; otro túnel bajo la ciudad «tiene exactamente 312 pies de longitud. No es muy alto, llegás a ver el fondo al final». La lógica del conjunto está declarada: «la infraestructura subterránea de todo Nueva York está pensada en el modelo de un parque de diversiones. Coney Island es el parque de diversiones. Las líneas elevadas son los primeros experimentos». La ciudad se transporta con las máquinas con las que aprendió a divertirse.

Arriba corren los monorraíles reactivados, «hay como una parte de los que van por arriba», de norte a sur, y llegan hasta Broadway.

El clima administrado

El cielo no es del todo natural: la ciudad «está un poquito como en domo y más o menos se mantiene, cuando quieran es una bola de cristal donde nieva». El registro la conoce en tres estados: día de calor un 13 de agosto, visto desde un departamento de Queens; una semana después del 15 de agosto, «Otoño. Está fresquito… Central Park son dedos proyectados. No tienen hojas»; y en invierno, «está nevando. El piso está mezclado de nieve e inmundicia». Hace frío y hay edificios que no calefaccionan bien — la utopía no llega pareja a todos los radiadores.

Que en nueve días se pase del calor al otoño pelado queda anotado como disputa: hay quien lo lee como capricho del domo, hay quien sospecha que el calendario de esta Tierra no marcha al paso del nuestro. La crónica no lo dirime.

La zona norte

La utopía no absorbió todo. La zona norte se asimila a Harlem: fue lugar de segregación y sus habitantes «siguen teniendo como una actitud de pandilla y demás»; ahí hay «hasta bandas de Los Ángeles mezcladas acá en Nueva York». También la comunidad árabe tiene su historia en la ciudad: el padre de Shawarma fue su referente hasta las persecuciones posteriores a lo que se llama «el noveno umbral» — y acá el cronista frena, porque en un mundo donde las torres «nunca se destruyeron hasta ahora», nadie ha explicado qué fue el noveno umbral ni por qué se persiguió a nadie por su causa. Las versiones no cierran entre sí, y se dejan abiertas.

Coordenadas fijadas

Manhattan, Queens, Central Park, Broadway, Coney Island, Houston, el Dakota Building, la zona norte tipo Harlem. Sobre la Primera Avenida está la Cámara Letal. Hay una dirección de local rentado en la esquina de Redcat Avenue y Perizo Street —también anotada como «62341 Pelizo Street», misma esquina; la grafía no está firme y el viajero hará bien en preguntar en el barrio—.

Como nodo de tránsito, la ciudad es extraordinaria: «desde Nueva York podés ir a cualquier lado más o menos de 10.000 millas, de Nueva York a China en una hora». Alaska queda lejos — a 2.000 kilómetros según un itinerario, a 3.400 millas según otro, y las dos cifras no son la misma medida. Los itinerarios discrepan; esta crónica los registra a ambos.

Protocolo de emergencia

Cuando la ciudad entra en emergencia, lo hace de manera propia y visible: se cortan las luces a propósito y se anuncia —«apagaron, ahora no es que no hay luz sino que se prendieron a propósito, vuelvan a sus casas, temen bombardeos»—; rige una no-fly zone total, «no puede haber helicóptero ni siquiera de los medios»; y se despliega «un cordón, bomberos, ambulancia, policía, forenses». La Megápolis apaga su propia luz como quien baja la voz.

La pila de Nuevas Yorks

La ciudad se presenta en el tiempo como capas superpuestas de sí misma: 1870 con la guerra civil terminada e invierno; 1906 con los regalos de Navidad —recuerdo en el que aparece Olimpo—; 1974 con su boliche, donde Olimpo también estuvo; los 70 «muy jodidos» y los 80 en que «empieza a estar más o menos todo bien»; una Nueva York de otra dimensión, la de los años 80, de lluvia y neón; y el 2035 utópico. Que estas capas convivan es lo que hace de la ciudad un escenario y no un decorado. Qué mecanismo las conecta, y cómo se cruza a la dimensión-80, el archivo no lo establece.

Lo que estaba antes

Una frase, dicha a un ser que ya existía en la isla antes de la colonización, excede a toda la cartografía anterior: «la ciudad se edificó alrededor tuyo». La ciudad es también la envoltura de algo anterior a ella. Si ese ser sigue estando ahí, bajo la Nueva York de 2035, es una de las preguntas que este cronista deja abiertas.

Advertencias del cronista

Quedan sin responder, y se declaran como tales: qué son físicamente las grietas de 2035 y dónde se abren; quién decide cuándo nieva bajo el domo, con qué autoridad y a qué costo; si Nueva Roma es nombre alterno de la ciudad —por la fórmula de Eldritch— o cosa distinta, porque el nombre aparece también por otra vía, ligado a Centurión («para la nueva Roma, la caída del Tiratus»), y el vínculo entre ambos usos no está establecido; qué evento ocurre el 15 de agosto de 2035, fechado pero no descripto; y el detalle físico de los monorraíles y de la arquitectura de la manzana radiante, que el registro nombra pero no muestra. El que escriba después que complete; el que viaje ahora, que mire las grietas con desconfianza.

Véase además: Mount Vernon · Boston · Manhattan · Washington · Alaska · Olimpo · Shawarma — y las entradas de Pyramid Plaza, la Cámara Letal y Coney Island, si el Glosario las levanta.


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.