Mount Vernon

Itinerario del viajero: se llega por viaje largo, con paradas intermedias en Florida, hasta la orilla del río Potomac, muy cerca de la ciudad de Alexandria, en Virginia. El que consulte los mapas del lugar, sepa leerlos en yardas —no en millas ni en metros—, y sepa también que hay itinerarios que lo ponen en otra parte, como se dirá más abajo.

La finca que finge ser solo finca

«Un lugar también bastante verde»: territorio de ríos, vegetación y granjas, con el Potomac a la vista desde la casa. Alrededor se levantan «casas de estilo más colonial», de arquitectura paladiana, y —cosa que el cronista anota con extrañeza compartida— «un templo grande al estilo griego, que es extraño pero deberá ser así». En las afueras, «una serie de bosques inmediatos»; a unas cinco mil yardas largas —cinco kilómetros—, sobre una orilla norteña que forma una especie de lago, se abre una zona pantanosa. Bosques y pantano componen el cinturón que aísla y protege.

Aquí reside, retirado tras la victoria en la guerra y la liberación de América, el gigante legendario George Washington. Hasta aquí lo llevaron los atlantes, estando en buenas con el Cakravartin. Su mausoleo está en el predio, y está custodiado: «hay guardias de distintos tipos: soldados, pero verdaderos caballeros» — formales, disciplinados. En las inmediaciones monta guardia solitaria un gigante de piedra azul, de ocho metros de altura, «un edificio de 3 pisos». Un mundo que pone caballeros y un gigante a cuidar una finca agrícola está diciendo, sin decirlo, que la trata como blanco.

El nodo escondido

Porque Mount Vernon es tres cosas a la vez: residencia privada, tumba custodiada y base operativa clandestina. En Mount Vernon «los Atlántides Faroes son recibidos y de hecho han coordinado muchas actividades de ahí»: sigue siendo el lugar de encuentro de los Esparros, los Gorriones Atlantes, cuya coordinación no puede tener sede oficial y por eso la tiene aquí, detrás de la fachada señorial republicana.

Al visitante se lo recibe con hospitalidad material —«recibieron fruta, comida, té, buena onda»—, pero uno de los patios de la casa no es patio de recepción: es patio de entrenamiento, de acceso restringido, adonde «vienen a entrenar». Una compañía de viajeros estuvo allí y dejó constancia de ambas caras. Y quedó fijada una regla social que vale por declaración política: los que viven ahí son todos libres.

El monumento en vida

En algún punto del predio se está labrando una escultura del tamaño de un Mount Rushmore real, con parte del propio Mount Rushmore trasladada hasta allí. Junto con el templo griego, esto revela lo más singular del lugar: Mount Vernon se está monumentalizando mientras su dueño todavía lo habita. Se fabrica el sitio de memoria de Washington en torno de Washington vivo. La lógica del conjunto es una sola necesidad: guardar a un hombre que ya es monumento, y esconder alrededor suyo la coordinación de una red entera. Si Mount Vernon cae o se descubre, cae la red que se reúne en él.

Disputa de itinerarios

Los registros no coinciden en dónde está esta finca única —porque uno solo hay, y con nombre propio: no hay otro Mount Vernon—. La versión mayor lo pone junto al Potomac, en Virginia. Pero hay quien asienta que «están al lado del río Cuauhtémoc, en Mount Vernon»; y hay una tercera noticia según la cual las insignias que ondean en el Upper Manhattan son iguales a las de Mount Vernon, en una mansión llamada Morris Jumel donde también se queda George Washington. ¿Segunda residencia? ¿La misma casa bajo otro nombre? ¿Error de copista? Las escuelas no lo han zanjado, y este cronista deja las dos versiones asentadas, una junto a la otra, como es su deber.

Que el viajero no confunda, además, Mount Vernon con Mount Nevermind, que es otro monte, en los Montes Sudetes, zona de Bohemia.

Advertencias del cronista

Muchas cosas de esta finca se ven y no se explican, y el cronista prefiere confesarlo a rellenarlas. Nadie sabe qué es exactamente el gigante de piedra azul: si es guardián puesto por Washington, por los atlantes, o algo ajeno; solo se ha aventurado que «podría existir un encantamiento en su mente», sin que conste quién lo lanzó ni contra qué espera el ataque. No se sabe cuánta gente vive en el predio, quiénes son, ni respecto de qué régimen se define esa libertad que se proclama de todos. No consta quién manda a los guardias-caballeros ni cuántos son. No consta quién encarga ni quién talla la escultura colosal, ni a quién representa. Falta el tamaño del predio y la distancia exacta a Alexandria. No se dice por qué el templo griego «deberá ser así», ni a qué culto sirve. Y si los «Atlántides Faroes» y los «Esparros» son un solo grupo bajo dos nombres, los registros lo sugieren pero no lo confirman. El que sepa más, que escriba.

Véase además: George Washington · Cakravartin


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.