George Washington
«Y sin embargo la electricidad es mi esencia.» — palabras del general, recogidas en conferencia
Quien escribe esta relación lo ha visto sentado, y aun así levanta acta de asombro: «Está Washington, sentado junto con ustedes, conferenciando, pese a que él es más grande… Así de grande, ¿entienden?». Tamaño de avatar, dicen los que saben medir esas cosas. Gigante de antigua estirpe, general retirado, líder de hecho de las trece colonias: las voces del archivo lo llaman «gigante de las tormentas», y el rayo no es cosa que tome prestada — está en él.
Linaje y figura
De su estirpe hay uno solo a la vista, pero no uno solo en el mundo: «los descendientes suyos viven, en la mayoría de América, ocultos». Qué casa es esa, de dónde viene y cuántos son, la sangre no lo declara y este cronista no lo va a suplir.
Viste una túnica. Creció en estatura durante las primeras batallas de la revuelta colonial, hasta volverse «realmente un monstruo de la Revolución». Antes tuvo otra forma, la del «viejo Isuto», que caminaba por el pantano acechado por criaturas de Farium, burones terribles y la bestia del lago de tres ojos que hipnotizan hacia los abismos de la locura; después se afeitó, y ahora sigue afeitado. En los años de su guerrilla estuvo «enfermo de alguna cosa Saturnaria, de no querer ver a nadie, ni siquiera a su madre». Bajo el nombre Washington Storm los registros anotan una limitación dura: no ve invisibilidad.
El general que trajo el rayo
Fue el general que alejó la mayor parte de las tropas y el que finalmente logró sacar a los diablos rojos de América; se dice que «arrancó y que trajo otra vez el rayo, la justicia como el rayo». Hecho esto, renunció y se retiró — «su vida privada es muy importante y no quiere ser perturbado» — pero sigue siendo «el líder de alguna manera de facto, porque fue el que tiene más banques», y el Congreso lo está llamando.
Su norma es explícita y repetida: «yo no quiero ser un tirano». Acepta el cargo solo si es elegido democráticamente y bajo una constitución, por un mandato de cuatro años, y jura que «jamás permitiré que vaya hacia el camino de una ciudad solamente pensada para los beneficios de los más ricos. De tiranías». El gobierno que concibe es un muro: mantener afuera «las fuerzas realmente peligrosas, no solo las de los diablos, sino las que pueden venir desde el Far East». Se registra además un Consejo Washington como órgano de gobierno que lleva su nombre.
Las tres renuncias
Todo su poder se sostiene por una misma regla: lo que lo hace necesario es lo que debe abstenerse de usar.
No llama al rayo. «Siempre he intentado mantenerme como un líder en la batalla y no llamar al rayo», porque la electricidad perturba las barreras, «ya bastante perturbadas». Por eso se comunica con Petra Barton por vía teleacústica, a través del agua, «porque tememos la electricidad».
No sueña más. Es uno de los pocos exiliados a quienes se les ha prohibido el acceso al mundo de los sueños, por el grave riesgo «para el mundo de los sueños o para la realidad entera, para el equilibrio de las cosas». Sabe el nombre de la aberración y no quiere abrirle paso: «sabe que a través de él tal vez pueda entrar. Por eso no va a soñar más».
No toma la corona. El rayo rompería las barreras, el sueño abriría la puerta, la corona lo haría tirano. De ahí que su forma canónica sea el retiro.
Mount Vernon y el camino
Su asiento es Mount Vernon, adonde se retiró y donde trabaja en los campos; allí se levanta, mientras él vive, un mausoleo de Washington. Alrededor se extiende una región de plantaciones, «donde los negros y otros hombres buena onda» habitan «una tierra que acaba de clamar por la libertad» — y que lo tiene a él como uno de los principales dueños de esclavos. Los registros dejan ese dato al lado del juramento contra la tiranía, sin decir si el mundo lo lee como hipocresía, como herencia o como pleito abierto; esta relación tampoco lo decide.
Llegar al lugar de Washington toma una semana de camino, con distintas paradas. En el trayecto se pasa por un monte donde están tallando la cara de Washington en tamaño natural, con gente trabajando dentro de una tienda gigante: en Antiterra el monumento no agranda al hombre, lo copia. Opera además sobre Nueva York — «Washington y la gente que yo represento intentamos no solo mantenerla, sino restablecer el orden en Nueva York» — y hay una taberna que visita. Se le han levantado nuevos templos a Zeus Washington, sincretismo con Zeus. Y consígnese, para que ningún viajero se confunda: la ciudad de Washington todavía no existe; en 1784 no está fundada.
La mano que paga
Como poder político, paga y contrata. Entregó 40.000 monedas de oro; emite cartas con el signo de un rayo; identificó dos centros de corrupción donde se retiene a hechizados y encargó a los compañeros el auxilio de liberarlos — los mismos compañeros que antes lo libraron de una influencia maligna. Contempla «poner a los congresistas en cajas si están demasiado influenciados». Lleva cuenta exacta de sus gastos; es un verdadero revolucionario, hombre de logias, con gente cercana como Lafayette. La gente confía en él como en un guardián, y puede ser invocado — «invocámoslo entonces» — aunque el rito de esa invocación, su costo y su consentimiento, nadie los ha puesto por escrito.
Parte hacia Nueva York a principios de julio, para la conmemoración del primer 4 de julio sin guerra. Hoy está asediado y aislándose, «porque las fuerzas, las aberraciones y otras figuras ya lo están acechando».
Su peso en el continente
Es el eje: quien sacó a los diablos rojos, quien decide si hay o no tiranía, y la única puerta cerrada por la que el antagonista cósmico podría entrar al mundo de los sueños. La compañía lo tiene por último recurso de escala cósmica — «Tenemos que cambiar la manera de pensar del mundo… Por lo menos George Washington nos puede ayudar en eso» — y por agente capaz de alterar cosmovisiones ajenas: «Él me hizo cambiar la forma que yo tenía de ver las cosas». Su retiro no lo margina: lo vuelve un vacío que el Congreso, las aberraciones y los compañeros se disputan. Y sobre los indios pesa una promesa rota: el Congreso les anuló la nación que se les había anunciado.
Advertencias del cronista
Este relator deja constancia de lo que las versiones no cierran. Se afirma que se retiró de la vida política y a la vez que es el líder de facto y el primer presidente: si son estados sucesivos o simultáneos, las escuelas discrepan. Nadie explica quién yace en el mausoleo de Mount Vernon mientras su dueño labra los campos, ni por qué se construyó en vida. De la enfermedad «Saturnaria» no hay definición: si contagia, si vuelve, si se cura. No consta quién dicta los exilios del mundo de los sueños ni qué autoridad los ejecuta, y el nombre que Washington sabe permanece — prudentemente — sin decir. Los dos centros de corrupción, el monte del monumento y la taberna carecen de coordenada precisa; el llamado «frente local Washington» figura como lugar sin más determinación; y si Washington Storm es nombre completo, título o segunda designación, que lo resuelva quien lo oiga de su boca.
Véase además: Mount Vernon · Zeus · Nueva York
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.