Olimpo

«Claramente es un inmortal, que no es fácil de morir.» — voces del archivo, sobre el vecino más antiguo de Nueva York

En un edificio viejo de Nueva York, sobre «la costa» —los registros no precisan cuál—, vive un chabón de dos metros de altura con «un cuerpo de un dios» y cuatro milenios en la cabeza. El Sr. Olimpo, semidiós inmortal de unos 4200 años —otras voces dicen 4000, y la disputa sigue abierta—, sobreviviente de la edad heroica griega, entidad prominente de esta Tierra que los cronistas numeran 212. No hay otro. Uno solo.

El edificio que nadie mira

El edificio es particular: uno «que por alguna razón ha pasado desapercibido». Olimpo lo habita desde los 80 —«la época de los discos», dicen otros, y las dos dataciones no terminan de coincidir—. El lugar «estuvo cerrado durante años». Adentro hay una pared, y la pared es la clave de todo: al romperse, deja caer del otro lado las riquezas emparedadas, antigüedades acumuladas a lo largo de los años —o del siglo— que coinciden con un catálogo. Un cache único, catalogado, en una sola habitación. De eso se sostiene.

Pero el departamento no es solo vivienda ni solo galería: los Guardianes del Tiempo registran ahí un crimen no resuelto. Qué crimen, de qué año, no consta.

Cuatro milenios adentro

El rastro anterior de Olimpo está repartido por el mundo: navegó con Jasón y los Argonautas desde la isla de Lemnos, donde empezó su historia. Se cruzó con Alejandro Magno, o con su equivalente en esta Tierra. Estuvo con Buda o con Zoroastro en su etapa asiática. Caminó las calles de Londres cuando «era celebrado que me vieran pelotas». Pasó por Seattle. Su cabeza es el único testimonio directo de cuatro milenios de este mundo.

De su origen se sabe poco: su criador lo llamó «Olimpo» porque no entendía el idioma, y después lo abandonó «porque era un problema». Fue criado entre ninfas y mortales, entrenado con héroes. Después del diluvio, una figura llamada Bedorro lo revivió — qué diluvio, y cómo se produjo esa resurrección, el archivo no lo dice.

El sello de la mente

Y sin embargo ese archivo viviente no está disponible. Olimpo tiene «inteligencia cero, sabiduría cero»: hay «algo que le está dampening en su inteligencia, en su mente», un velo cuya naturaleza —sobrenatural, mágica, química o mecánica— nadie ha establecido. Entre los compañeros de la crónica corre una sospecha: que Medea hechizó su mente —«le claudeó la mente», quedó dicho, con grafía que este cronista no se atreve a fijar—. Es una teoría, no un veredicto.

La regla de su destino, en cambio, está fijada: su apoteosis llega cuando su inteligencia y su sabiduría alcancen cierta medida — recién ahí «se manifiesta». La promesa es la misma que la de la pared: el sello se rompe, y lo que estaba adentro cae del otro lado.

El estado presente

Hoy Olimpo viste dos cosas que lo describen mejor que cualquier himno. Su traje de combate propio «está roto»: «el lobo lo explotó, lo reventó» — quién o qué es ese lobo, no consta; y hay indicios de que los trajes no eran exclusivos suyos, porque en algún lugar «ahí hay otro traje, de Olimpo», lo que sugiere un lote. Y durante su detención —cuyo motivo y autoridad quedan sin registrar— lo vistieron con «una ropa de hospital de deportados» que le llega hasta las piernas: prenda corta, de institución, no de héroe. Despojado de su equipo y vestido por otros: ese es su presente.

Políticamente, fue nombrado jefe de seguridad por negociación de sus compañeros de la crónica.

La figura y su ciudad

Olimpo funciona por pares de cosas selladas: un departamento cerrado durante años, una pared que esconde el catálogo, una mente con cuatro mil años adentro y cero afuera. El edificio que la ciudad no registra y el inmortal que no recuerda son la misma figura: algo enorme que el mundo mantiene tapiado. Un ser que sobrevive escondiéndose y guardando, y que por eso acumula tanto riquezas como causas pendientes. Si algún día recupera la memoria, el mundo cambia — porque nadie más vio lo que él vio.

Advertencias del cronista

Este cronista deja constancia de lo que la ciudad no le contó: no se sabe qué es el velo que le apaga la mente, ni si Medea es causa o solo rumor. No se identifica al lobo que reventó el traje, ni al criador que lo nombró por un malentendido de idioma, ni de qué lengua venía el error. La dirección del edificio queda sin barrio y «la costa» sin nombre. El crimen que guardan los Guardianes del Tiempo no tiene fecha ni víctima registrada. El contenido del catálogo y el valor de lo emparedado no se detallan. Del traje no se sabe de qué está hecho ni qué hacía antes de romperse, ni de quién es el otro. Y las cuentas no cierran del todo: 4200 años contra 4000, «desde los 80» contra «la época de los discos». El que quiera precisión, que le pregunte a Olimpo — cuando se manifieste.

Véase además: Medea


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.