Pablo
Advertencia del cronista, antes de empezar: quien escribe estas líneas firma con un nombre que también aparece dentro de ellas, y el archivo no establece si se trata del mismo hombre, de un antepasado, o de una coincidencia que el tiempo se divierte en multiplicar. Que el lector juzgue con esa sospecha puesta sobre la mesa. Porque Pablo no es solo un hombre: es un linaje, un corazón encadenado, un libro que viajó por el infierno, un santo de universidad, un ermitaño, un pintor de a bordo y hasta un reloj. Esta entrada intenta ordenar la genealogía sin fingir que la cierra.
El linaje
Arriba de todo está el padre de Pablo, «el creador de la crononcia» —así lo dice la voz, y así lo dejamos—, «el padre que tanto quería mandar el mensaje del libro al hijo». En el medio, Pablo: cronomante de Alejandría, «un hombre adulto arrepentido», alguien «que ha dejado los trazos del hechicero básico». Abajo, Kronamon, el hijo decapitado, cuya muerte es el sacrificio mayor que se cobró sobre esta casa y cuya fecha sirve al mundo entero de mojón.
La transmisión en este linaje no corre por la sangre sino por el libro y por el tiempo, y a veces contra el orden de ambos: el hijo «recibió mis conocimientos… con un libro, en el año 300»; Pablo mandó «un libro desde el futuro o desde esa otra versión de Antiterra» hacia Alejandría «para evitar que cometa errores»; y hay tramos donde el linaje conversa consigo mismo a través de los siglos: «Pablo del futuro nos manda a hablar con Pablo del pasado».
Los tres cuerpos
Pablo muerto no está en un solo lugar, y ahí reside todo su peso. El archivo lo reparte en tres:
El corazón. «Están en el borde de un lugar con unas cadenas que apresan un corazón, el corazón de Pablo». Ahí queda el poder y lo prohibido: «los secretos del corazón de Pablo obviamente son la cronomancia… se puede viajar a los tiempos que quieran», y además «secretos que los dioses y otras potencias no quieren que los mortales sepan: los fallos divinos, las especificidades, las rebeliones en los cielos y los infiernos, las guerras contra los titanes y el destino de deidades muertas». El acceso no es libre: hay que «llegar al corazón», y quien lo custodia lo tiene también dictando: «está encadenado por una figura de potencia… pesada criatura».
El libro. «Un libro de conjuros hermoso que además lo había memorizado también»; el «libro de Pablo que tenía todos los secretos de la media campaña, que fue ese libro que también pasó por el infierno y demás». Es el cuerpo que viaja: al hijo, al infierno, desde el futuro hacia Alejandría. De su pluma quedan además la Esagógica, obra del año 378, y «escritos de Pablo de Alejandría» que aún circulan.
El espíritu. «Un espíritu que no está del todo manifestado, bajado», que desde esa condición «agarra y toma más control» de su hijo, y por eso hay quien lo describe «medio malévolo». Su alineación quedó fijada con matiz: «Pablo siempre fue neutral auténtico, pero tuvo momentos malvados».
Que las tres partes estén en tres lugares distintos es lo que hace de este difunto un motor de expediciones y no una lápida.
Las dos deudas
Sobre el mismo hombre cobraron dos acreedores enfrentados.
Con los diablos hubo contrato, y no de buena gana: «lo torturaron, y terminó aceptando»; «sabemos que firmaste un contrato con él»; «para salvar a su hijo, tal vez». Sus conocimientos duales quedaron depositados en la Biblioteca Infernal, donde «son estudiados con mucho cuidado, durante unos mil años» —del 378 hasta cerca del 1378.
Con el Dios cristiano el precio fue otro: Pablo se convierte «para darle una chance tanto a su hijo como a su propia [alma]», y a cambio «le pidió el sacrificio del hijo». Quede dicho sin atenuantes: «la muerte de Crónamón sí fue, en cierta forma, designada por el Dios cristiano». En sus últimos años Pablo frecuentó una iglesia —«yo vengo hace 3 años», declaró— y una universidad lo tiene hoy por patrono bajo la advocación de San Pablo, «protector de la universidad».
Rige toda esta historia una norma moral que el propio archivo enuncia: «al final querer jugar a ser Dios solo termina siendo una condena». Por eso dejó de viajar por el tiempo; por eso, «si odió a alguien… lo odió al tiempo», o a «la alteración al tiempo».
La muerte, profetizada y disputada
La profecía fue literal: «te van a clavar una espada en el corazón, ni más ni menos que el negro». Y se cumplió con la misma letra: «le tiró una su espada y atravesó el corazón de Pablo, que salía después de misa» —una Navidad de 1889, según esa versión. Pero las escuelas no acuerdan la fecha: su hijo sostiene que «murió hace poco»; quienes lo interrogan, que «murió hace 700 años, 800». Fue, dice el archivo, «el primero en aceptar una especie de suicidio». Este cronista registra las tres cuentas y no elige: cuando el difunto es un cronomante, quizá las tres sean exactas y el error sea del calendario.
La ligazón con el yunque
El archivo pregunta más de lo que responde: «¿por qué Pablo, que podía viajar por el tiempo, tenía alguna ligazón con el yunque?». El vínculo con el yunque del tiempo está afirmado; su naturaleza, jamás explicada. Contra el propio viaje temporal hay además disputa de escuelas: un tramo sostiene que «Pablo no usaba el tiempo, no se manejaba… ni con las dimensiones de espacio-tiempo»; otro lo llama viajero y hasta lo reprende —«este pendejo que además no lo usaba bien». Si nunca lo manejó, si lo manejó mal o si renunció, es cuestión abierta.
Los otros Pablos
El nombre está diseminado por el mundo como semilla al viento, y el archivo no alcanza para decir si son ramas del mismo árbol u homónimos sueltos:
- Pablo Pikachu, tripulante de La Londra: «tiene un pincel, siempre tiene un pincel y un lienzo».
- Pablo el ermitaño, en Atlántida: «un hombre más, medio extraño y perdido, medio malo», de fuerza notable.
- El reloj Pablo: un reloj «que se llamó luego Pablo», inventado por un padre relojero para venganza.
- Pablo de Tarso, versado según la tradición en los secretos del retroceso temporal: «lo sabía Pablo de Tarso».
- El sabio de Antioquía: un itinerario ubica a Pablo no en Alejandría sino como «sabio de Antioquía central», único capaz de comprender un conocimiento de astronomía «que la necesitan para destruir Alejandría» —motivo por el que llegó a discutirse secuestrarlo. Nótese la ironía: el mismo hombre fue «maestro alterado» de Alejandría y la «hizo proteger», y su saber era la llave para destruirla.
- Se conjetura incluso un Titán del Tiempo detrás del nombre: «el latín es una P, no sé cuál de las dos es Pablo».
Advertencias del cronista
Los huecos de esta genealogía son tantos como sus ramas, y conviene enumerarlos antes que taparlos. No está establecido si el sabio de Antioquía, el maestro de Alejandría, el de Tarso y el santo de la universidad son un solo hombre superpuesto o varios hombres con un solo nombre. No se sabe dónde queda exactamente «el borde de un lugar» donde el corazón cuelga de sus cadenas, ni quién es la «figura de potencia» que lo encadena y lo obliga a dictar. No se sabe qué son con precisión los conocimientos duales entregados a los diablos, ni en qué se distinguen de lo que guarda el corazón. No se sabe quién es «el negro» ni por qué le correspondió a él ejecutar la profecía; ni quién es el «estudiante de Pablo» que «sabe lo mismo que Pablo»; ni qué es esa vista aérea —«el camino que ve Pablo desde arriba como si fuera un ave»— ni a cuál de todos los Pablos pertenece. Ni siquiera se sabe si Pablo es hoy un muerto, un espíritu o un avatar del tiempo: el archivo lo dice de las tres maneras, según por dónde se lo abra. Este cronista, que carga el mismo nombre, prefiere dejar la duda en pie: en materia de Pablos, cerrar una identidad es siempre apresurarse.
Véase además: Kronamon · Dios cristiano · Alejandría · La Londra · Atlántida
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.