París

Este nombre vive en 3 mundos del archivo. Las versiones no se funden: sus diferencias son canon, y leerlas enfrentadas es la mitad de lo que el nombre significa.

En ANTITERRA

«París es ahora la nueva Roma porque Roma está privada.» — sentencia recogida entre las voces del archivo

Escribe este cronista con la mano cansada, porque la ciudad que intenta fijar no se queda quieta ni en el espacio ni en el tiempo. París, tendida donde «el Sena tiene unas curvas y hace la Île-du-France», es «el centro y el nexo del mundo universo», «la cabeza del universo», y «ha constituido la primera ciudad crónica»: un lugar que existe en varias épocas a la vez y «que no debe ser invadido». Todo el que quiera entender Antiterra tendrá que pasar por acá; que este pliego le sirva al menos de brújula.

La ciudad de arriba

Una ciudad «maravillosa, gigantesca», con Notre-Dame en la isla que fue primero un fuerte de «los que eran los París». Está rodeada «tanto por muros como por molinos»: murallas con puertas que de noche permanecen cerradas, zanjas, la zona del río, palacios e iglesias — «no es un lugar fácil de irse». Las cercanías «tienen algo de volcánico». La ciudad come de afuera y se cierra contra afuera: los molinos son «parte de lo que alimenta a la ciudad», y en el borde viven granjeros que «no se quieren afectar con la corrupción de la ciudad, son ratones de campo, pero tienen los muros a la vista y trafican hierro frío».

Adentro, la superficie se organiza por oficios y espectáculos: una zona de zapatos, un lugar de cuadros, los mercados de Les Halles —de carne, frutas y vegetales, del siglo XII, luego demolidos—, barrios orientales que son «uno de los finales de la ruta de la seda», barrios bajos «y cuando le decimos bajos, es literal». Hay una plaza cuadrada medio central «pero blanquita», de donde parten cinco o seis calles; cinco puentes en la zona central, alguno en reconstrucción; un basurero junto al teatro; gárgolas hasta la última cornisa. Los tachos y «cantones grandes» de los callejones reciben el agua y «toda la mierda de las cosas». En la periferia se enciende de noche «una torre lejana gigante», la Torre del perímetro, y hay una pirámide puesta «en la actualidad».

El parisino se camina con paraguas y con «unos guantes medio como de cuero, medio finos, de puntas de dedos largas». En invierno hay «brumas matinales»; en mayo, «primavera fría… época de deshielos». A medianoche suenan las últimas campanas y «París todavía no duerme».

Las pieles del tiempo

Como en las ciudades que se cuentan y no se pisan, hay una sola París pero muchas a la vez, y según la capa el viajero encontrará una piel distinta. La del siglo XI está reducida «a los lugares que podían ser protegidos de incursiones vikingas». La de 1717 no tiene todavía iluminación a gas: «no están los bulevares gigantes de París, es más bien una serie de callejuelas». Después de la «reestructuración urbana del Segundo Imperio» y de los Boulevares de Haussmann —«un varón maldito»—, es ciudad de «avenidas amplias de piedra», reductos donde se pierde la vista, arquitectura ministerial custodiada por «hombres bien dedicados con armas, por supuesto con rifles». Están además la París del tratado, la de la Comuna de 1870 y la Ópera, la de 1889 con su Exposición y su cuarentena, la de 1901, y la París Ucrónica —también dicha «París Su Crónica»— frente a la «París Sigil». El acceso a la París Su Crónica «es solamente para los ricos» y tiene «muy muchas dificultades». Y hay una rama, dicen los registros sin ablandarlo, donde «París no existe».

Los sitios marcan sus eras —César, los vikingos, Enrique IV, y «la cuarta es la vencida»—. Como ciudad crónica aloja autoridades «que tienen que ver con todo lo crononal»: Guardianes Crónicos apostados en la Torre —«el lugar más vigilado»—, perreras que capturan desde otras épocas, y pasajes que son «portales cerrados por ahora». Porque «la ciudad de París es una ciudad medio de cruce de tiempos… y también planos y espacios», y por eso las excavaciones bajo el Panteón, los pasajes-portales y la Torre vigilada pertenecen al mismo sistema que las alcantarillas: son accesos.

La ciudad de abajo

Debajo hay otra ciudad. «Las alcantarillas de París son grandes, porque está debajo de una ciudad que era la vieja»: el antiguo conducto romano bajo el coliseo de Lutetia sostiene alcantarillas, acueductos y reservas de agua. Se entra por puertas trampa circulares, se baja por escalinatas «llenas de moho», entre ratas, ruido de agua, ecos que enmascaran las voces y carros pasando por el nivel de arriba, hasta arcos «donde entra el sol del próximo día, el amanecer».

«París es un laberinto de pasadizos»: catacumbas con sus puertas de descenso, zonas de pantanos, «la infinidad de redes subterráneas con sus miles de galerías que corren debajo de cada esquina de la capital», coliseos clandestinos, reservas de agua potable —«en Francia cuidan mucho el agua»— donde se inyecta ozono que no se dispersa y queda como «una neura azul real levitando sobre el agua», y una gruta perfecta de arquitectura geométrica «como una catedral subterránea, con agua, olor», iluminada por la luz que baja por las grates de metal. Esas galerías «hubieran provisto una útil fortaleza para la concentración de fuerzas»: sirven de ruta clandestina, de punto de encuentro y de defensa.

Bajo todo eso hay un dragón que guarda almas y dice defender «la París desde 1901 en adelante». Hace trescientos años se dio «la última defensa contra un dragón que quiso atacar París». Aquí el cronista debe registrar sin resolver: hay quien afirma que la ciudad «existe fuera del tiempo, en 1901», y quien sostiene la vigilia del dragón desde ese mismo año en adelante — dos exégesis del mismo umbral.

El orden y el espectáculo

Ciudad cosmopolita, «un lugar que le gusta el teatro y cierta liberalidad», con «algo de control estatal» —soldados, alabarderos con picas, guardias con rifles— y aun así plena licencia de armas: «la gente va con espadas, no hay drama, podés estar armado», y se hace «un duelo en medio de la calle». El orden se renueva en la ejecución pública: los condenados son «el punto de escarnio para indicar que hay alguien que es el verdugo, que es el poder», con «cordón de guardias, si no la multitud se les tira encima», y todo montado «como un show». La plaza, el cordón de alabarderos y los canillitas forman un mismo aparato: el poder se muestra ejecutando y el diario lo revende al día siguiente — los canillitas «celebran» asesinatos y ejecuciones, y el diario se compra con una monedita.

Se paga en francos, «las monedas de oro»; hay centésimos de cobre, monedas de plata, y «un luis igual es igual una moneda de platino». Existe un mercado de objetos mágicos «que no existe en los mundos de juegos normales», y ahí todo se paga al doble. El teatro funciona en sistema dual: en «el lugar de joda del Bulevar del Crimen» —que «tiene un solo acceso, como una especie de granero»— van Matías le invalide y París sin el sol; en el gran teatro oficial, «una obra más egipcianizante, más de moda», porque «hay algo muy egipcianizante en París últimamente». Hay teatro Malamar y hotel con casino; Grand Hotel de Paris con teléfono. En los recintos de trabajo y las excavaciones «no hay ningún tipo de antorcha, ni siquiera luz a gas»: se trabaja de día con luz natural, y lo último que se instala es la luz eléctrica «porque temen este tipo de accidentes». Los pompiers, los bomberos, son institución «relativamente nueva».

Gobierna un cuerpo de doce: doce casas, «los doce clubes de París», «los doce dioses que tienen gobierno en París» — si son tres nombres de un mismo cuerpo o tres instancias distintas, el archivo calla. Bandos republicanos y realistas se gritan por las calles —«¡Viva los republicanos! ¡Viva el rey!»—; hay clubes, senado popular, huelgas reprimidas por la policía, trabajadores organizados, irlandeses en los bares turbios del Turbigo, y hasta unos Peaky Blinders mentados en la taberna «con joda verde». La universidad guarda archivos antiguos y bibliotecas que «fueron vaciadas». Hay una embajada de diablos, «una embajada muy antigua, más antigua que la ciudad, por lo menos en esta edición». En la escala de corrupción, dictaminó una voz: «en París, podredumbre máxima».

Los sitios sagrados y los sellos

Notre-Dame, en la isla de los París, arrancó como fuerte; tiene altar, nave y «un tesoro que se va para abajo»; su Rosetón «tiene 24 signos» y doce opuestos; fue sitio de un acto de violencia pasado, y en la escena de 1889 está vacía: «no hay ningún sacristán, no hay nadie». Ahí estuvo Lirio con la compañía. El Panteón es el monumento más antiguo, de época romana, hoy excavación arqueológica con obreros y gremio de mineros; de sus ruinas parte la fundación ucrónica de la ciudad. Como fundador se señala al Etrusco, «aprobado por Napoleón», asociado especulativamente con Alejandro y con París de Troya; y se cuenta del héroe París, que llegó «después de irse de Troya» con el gorro frigio.

La ciudad es además el tablero donde se decide lo que viene: hay «siete lugares, siete puntos neurálgicos en la ciudad» donde deben colocarse sellos, y «si están todos, la ciudad se va a agitar de una manera que no se hubiera agitado bajo el poder»; la Sucubina encargó plantar seis o siete cosas «a lo largo de todo París». Convoca el Gran Torneo —Estados Unidos, Notre-Dame, Los Diablos, «las sombras de anfibios», Seth, el Tarrasque, el Gran Can, Los Invisibles—. Los tratados se firman en París: los ingleses fueron obligados a firmar ahí, y la zona de efecto del arma alcanza «zona de París, toda Francia». Dos años después del evento es «una capital crónica», con más habitantes y más riqueza que antes: hacia 1889 se cuentan «un millón ochocientos veinticinco mil personas»; durante el asedio, «dos millones», sufriendo hambre y enfermedades por «un par de meses». Los Reguladores la liberaron en 1889, y hubo compañeros entre «los primeros liberados de París».

Rutas y distancias

Para el viajero: rodear la ciudad entera a pie lleva tres horas y media «caminando al tranco». Los palacios reales de Versalles quedan «a 20, 30 kilómetros». El tren sale a las 18:06 —la taberna de Cartouche queda cerca de la estación—; a la frontera germana, tres o cuatro horas; Metz está «a medio camino entre París» y Nancy. A Bucarest, por Stuttgart, Praga, Viena, Suiza, el Tirol y Rumania: «72 horas» en tren, cinco días vía Budapest, «una semana o dos semanas» por tierra. Hay teleportes encadenados a Polonia y Praga. Lafayette partió hacia París con los barcos.

Advertencias del cronista

Confieso lo que no pude conciliar. Del héroe fundador se dice que llegó de Troya con el gorro frigio, y en otra parte que «fue vencido» y es «un eunuco» deprimido en la biblioteca: si son el mismo hombre en dos momentos o dos figuras que comparten nombre, los registros no lo dicen. Sobre el diciembre de 1889 corren dos versiones: «una París que para entonces, una semana antes, ya está vacía… arrasada, soplan los vientos», habitada solo por «sombras» con paraguas; y otra bajo cuarentena vigente, con carteles «que ya no son renovadas» y gente que se anima a abrir — quizás sean dos versiones de la ciudad, quizás la misma vista por dos ojos. Qué distingue a la París Sigil de la París Ucrónica, y qué significa que en una rama «París no existe», nadie lo ha escrito. Los siete puntos neurálgicos no están enumerados. El «Pacto de París» se menciona sin contenido, y el tratado firmado en la ciudad carece de partes, cláusulas y fecha segura. Del Callejón Oscuro solo consta su mala fama, no su ubicación. Quién es «el tuerto» al que le tendieron la trampa, y quiénes son Gras, Tel y Henry en la Catedral, son preguntas que dejo abiertas. Y falta lo que más duele a un cronista: el plano — ni lista de barrios, ni relación entre muralla, acueducto y circunvalación, ni qué galería sale a qué punto de superficie. El que baje, que lleve tiza.

En TERRA

«Parece un hermoso círculo… pero no lo es. Esa es la verdad. No es precisamente un círculo perfecto.» — advertencia de quien la miró desde afuera, año 1648

Capital de Francia, «la ciudad de las luces», la más poblada de Europa durante muchos siglos. Una sola es, y no hay otra que le compita: en ella ocurre todo lo que este archivo registra de aquel año de 1648, entre enero y junio. Cuando París cambia, el mundo cambia — el hambre, la revuelta y el incendio no son fondo sino motor. Lo lejano se mide en kilómetros desde su muro; lo rural se define por contraste con su ropa y sus modos.

El cerco y las puertas

La ciudad está murallada: un muro fortificado corre por todo el perímetro, cercada por molinos de viento, con «huáscares» —bastiones o torreones, según entiende este cronista— en las puertas. Algunas de esas puertas son de importancia estratégica y en ellas revisan como aduana. Al norte se abre la Puerta de Saint-Denis, cerca de Montmartre.

Se entra por tres vías, y no son equivalentes: por las puertas de día, con revisión; por el río, con los gondoleros del Sena; o de contrabando de noche — «una cosa es ir de día, otra cosa es de noche». Una ciudad que cobra por entrar genera su propio reverso ilegal: el muro, la aduana, los gondoleros y el contrabando nocturno no son cuatro datos sueltos sino un solo sistema.

Por dentro

Una red de callejuelas o alcantarillas que lleva ahí «hacía tantos años». Barrios bajos «que se apretujan» con sus pestilencias, pescaderas de mercado, y un puente de Enrique IV con una estatua puesta ahí, en la «Plaza de Orquín» — nombre que este cronista consigna tal como lo oyó, sin garantía de grafía. El Barrio Latino reúne a copistas, escribientes y estudiantes. El vidrio existe pero no es cosa corriente: «algunos ya existen paneles de vidrios, incluso el vidrio existe en algunos carromatos». De noche no hay iluminación pública: «a la suma hay un par de antorchas».

El clima manda. Enero es frío, lluvia; en invierno «llueve, hay un barro, un légamo pegajoso, una babasa». Y faltan alimentos.

El orden de los nacidos

«Básicamente, este es un mundo jerárquico»: el nacimiento determina las oportunidades y la condición de vida, y la ropa lo declara. La moda de París es tela «de otro tipo», buenos zapatos, prolijo, comparado con los rurales; «zapatos son los nobles, no es porque sí». Capa y sombrero son la prenda corriente del varón. Hay un orden de precedencia para hablar: una niña de dieciséis años no tiene que hablar, y los soldados, considerados licenciosos, van últimos. Se bebe vino, no cerveza.

La fiscalidad se administra desde arriba. El superintendente, cuando está en París, lo es de todos los barrios, no de uno. Las intendencias se venden: se abrieron veinticinco en vez de veinticuatro, al cincuenta por ciento de descuento, porque un intendente «apareció muerto». Sobre las almas vela un Arzobispo de París. En el trono, la Reina Ana de Austria; antes de ella, María de Medici. Entre los eruditos de la ciudad se cuentan Corneille, Molière, Richelieu.

Donde la autoridad no llega al suelo

Contra el poder central, la ciudad se administra por bandas de vecindad. Cada distrito arma su milicia burguesa. Hay barrios con «muy buena resistencia… como una especie de protección, como eran los barrios italianos o la mafia». Y hay doce cortes donde la policía no puede entrar. La falta de alimentos, las pestilencias de los barrios apretujados, las milicias y las cortes vedadas componen una sola verdad: la autoridad no baja hasta el empedrado.

Sobre esa base se apoyó la revuelta. En el momento de la Fronda «ha habido alianzas… incluso con algunos estratos superiores con el llamemos populacho»: los de abajo aprovechan el conflicto de la cúpula. Desde Cataluña fueron llamados a la capital los regimientos del Príncipe de Condé. El Parlamento siguió resistiendo durante la paz frágil de junio. Y en la tarde del once —o del diez, las actas discrepan— de junio, las calles «todavía están un poco aguerridas de todo lo que pasó», y hacia el final «toda París se está ardiendo también en parte»: la ciudad prendida fuego, literal y figuradamente.

Las afueras

Fuera del muro, sobre la ribera del Sena, terreno barroso y húmedo, algunos árboles, y el río fluyendo — «el río cuenta los muertos». Lo que no puede quedar adentro de la ciudad cerrada se tira ahí. Hay al menos una posada y una taberna con ida y vuelta practicable en una jornada: salida a la mañana, regreso a la tarde. Vincennes queda «más lejos», pero no demasiado. París no tiene montañas al lado, a diferencia del Languedoc. Javier está a quinientos sesenta kilómetros de la capital; de algún punto de interés se dijo «son diez kilómetros, no es imposible» — entre qué dos extremos, el archivo no lo fija.

Advertencias del cronista

Este cronista consigna lo que las voces dijeron y no más. Quedan sin resolver: entre qué dos puntos exactos corren esos diez kilómetros; cuáles son las doce cortes, dónde están y quién las controla; qué plaza es la «de Orquín» y qué puente de Enrique IV la preside; qué se quiso decir con «morinos arrejos», con «cuadrantes de líneas», y si «jacarandú» nombra callejuelas o alcantarillas. Nadie ha contado los distritos ni los hombres que arma cada milicia burguesa, ni ha fijado la cifra de población que sostiene el título de ciudad más habitada de Europa. La distancia exacta a Vincennes no está medida, ni el tiempo del trayecto a la taberna. Y la cuestión más honda queda abierta: entre la revuelta, los incendios y el hambre, cuál dispara a cuál — el archivo los muestra trenzados, no ordenados. De las puertas, solo Saint-Denis está fijada; el arancel de la revisión aduanal no consta.

En VALA

Itinerario mínimo, confirmado por más de una voz: se entra por el Campo de Marte, se toma el río —no la calle— y se desemboca en Notre Dame. Todo lo demás de esta ciudad depende de en qué época del mundo la encuentre el viajero.

Una ciudad, varios estados

El archivo no registra una París sino varias condiciones de la misma plaza, y ningún itinerario las ordena. Está la ciudad «en parte, petrificada» —piedra sobre una porción del tejido urbano que nadie ha medido—. Está la que se aparece en visión, «mucho más devastada. Medio apocalíptica». Está la de la época templaria, siglos XIV y XV, donde «existían templos y estructuras medievales». Está París-Sucronia, fechada en 1900. Y está la París Ucrónica, «una referencia del mundo donde posiblemente no existe el tiempo». Los cronistas discuten si son la misma ciudad en momentos distintos, versiones que coexisten, o accesos diferentes a una sola plaza; las escuelas no se han puesto de acuerdo y este glosario no va a fallar por ellas.

Lo que ninguna degradación borra son los tres puntos duros del plano: el Campo de Marte, Notre Dame y el río que los une. La ciudad conserva sus hitos aun caída. En la variante infernal, el registro nombra a esa vía de agua, escuetamente, «Río en París infernal».

La regla del agua

Dentro de la ciudad, el camino corto no es la calle: «la vía más directa es seguir a través del río para poder llegar a Notre Dame» desde el Campo de Marte. El material lo enuncia como regla de navegación, no como paisaje: quien quiera moverse por París hace bien en pensar primero en el agua y después en el empedrado.

La plaza que puede subir de categoría

París no es una localidad entre otras: es una plaza capaz de cambiar de rango cosmológico. En la Antiterra previa al colapso hubo un momento «en donde París se había elevado a ser sigil, o podía serlo». Nótese la disyuntiva, que es del mundo y no de este cronista: la ciudad no es Sigil por naturaleza sino por elevación, y el archivo deja abiertas las dos versiones —que la elevación se consumó, o que solo era posible—. Ninguna otra localidad del ciclo aparece fechada en tantas épocas ni admitida como candidata a semejante ascenso; cuando París cambia, la época cambia con ella.

Los que la mantienen limpia

La custodia de la plaza recae en los Reguladores de París, cuerpo cuyo único acto registrado es un exorcismo territorial: «habían liberado de Lord Gauss y otros, justamente la presencia diabólica». Que exista un cargo definido por la ciudad indica que sostenerla limpia es función permanente del mundo, no episodio: París es un lugar del que hay que expulsar cosas. Quién es Lord Gauss, qué rango tiene, y quiénes eran «los otros», el archivo no lo dice.

El pastor del mismo nombre

Bajo el mismo nombre, y sin puente con la ciudad, el archivo guarda otra historia: la del hijo de Príamo, rey de Troya, echado siendo pastor «porque justamente pensaba que era un destino hacia algo», y llamado a los dieciséis años a juzgar el concurso de las diosas, con Hermes advirtiéndole que «no te podés excusar de esto». Acá conviene pisar el freno: nada en los registros establece si la ciudad y el pastor comparten nombre por una razón del mundo o si son dos entidades homónimas que el archivo juntó por la palabra. Se consignan ambos. No se los unifica.

Advertencias del cronista

El viajero debe saber lo que este glosario no puede decirle. Qué parte de la ciudad está petrificada, por qué causa y desde cuándo: solo consta que la piedra es parcial. Si la París devastada de la visión pertenece al mundo o a otro plano de lectura: la duda quedó marcada y no saldada. Si la elevación a sigil se consumó. Cómo se pasa de la París de 1900 a la templaria, de la templaria a la ucrónica, de la ucrónica a la de Antiterra —sucesión, superposición o puertas distintas—: hueco declarado. Y todo el cuerpo físico de la ciudad fuera del eje Campo de Marte–río–Notre Dame —materiales, escala, población, ruido, olor— es silencio del archivo. La única cualidad de superficie establecida es la piedra de la parte petrificada. El que entre, que entre sabiendo que camina sobre un plano del que solo tres puntos están firmes, y que el camino entre ellos es el agua.

Véase además: Lirio · Francia · Javier · Príncipe de Condé · Sigil


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.