Javier

Quien viaje hacia el Château de Chambois hará bien en detenerse antes del río: la última población de este lado se llama Javier, y no hay otra parada que valga. Trescientas almas en tiempo ordinario; en días de feria, «puede que haya el doble de gente» — unas seiscientas personas apretadas entre los puestos, cifra que basta para entender que toda la comarca converge acá y no en otro sitio.

El sitio

Pueblo del Languedoc, asentado donde el agua lo fija: un molino de agua junto al curso, y alrededor el paisaje productivo de siempre — campos sembrados, «campos en barbecho», cabras y ovejas. El barbecho junto a la siembra no es abandono sino rotación en curso: tierra que descansa para volver a dar. La cosecha anterior «no fue tan mala», dicen, y en primavera el pueblo entero se vuelca a sembrar.

En el centro, «una pequeña iglesia de piedra en el centro del pueblo», restaurada — «medio restaurada» — tras las guerras religiosas y unos conflictos que hubo. Se la ve de fondo desde cualquier punto del pueblo. Esa piedra rehecha es la marca del lugar: Javier no es aldea intacta sino pueblo que ya fue golpeado y volvió a levantarse.

La feria y el mercado

Todo lo que la comarca necesita, Javier lo concentra en un solo punto: el culto en la iglesia, con sus procesiones religiosas de primavera; el intercambio en el mercado, donde «están todos los campesinos» con productos de la zona; la molienda en el molino. La mesa es la de la tierra: «un poco de queso, salchicha, algo del lugar».

La feria de primavera es, además, lo que vuelve al pueblo habitable para el forastero: mientras dura hay puestos y «algunos lugares para quedarse». Fuera de ella, nadie garantiza cama. Y conviene saber que en Javier no solo se compra: se pregunta. Es el punto donde se averigua lo que pasa en la región — quedó dicho así: «ustedes habían averiguado en Javier».

El calendario apilado

Feria, procesión y siembra caen en el mismo momento del año. El pueblo tiene una sola estación fuerte y todo se apila ahí: el calendario que organiza la iglesia coincide con el del campo y con el del comercio. Una llegada quedó registrada con fecha precisa: el primero de abril, en plena primavera, cuando el pueblo está en su hora más alta.

Del otro lado del río

El Château de Chambois queda del otro lado de un río que hay que cruzar. Javier es la antesala obligada de ese cruce: la última provisión, la última noticia, la última cama posible antes de la otra orilla.

Advertencias del cronista

Las versiones no se ponen de acuerdo en qué es Javier: unas lo llaman «aldea», otras «pueblo grande» — y es grande, en efecto, para el estándar de la comarca —, y alguna llega a decirle ciudad. Este cronista consigna la disputa y no la zanja. Del río que lo separa de Chambois no hay nombre, ni se sabe si se cruza por vado, puente o barca, ni cuánto se tarda. De la feria se ignora su duración y su periodicidad, y qué se comercia además de lo rural; alguien anotó coles entre los productos, pero ninguna voz las nombra, así que quedan en suspenso. Nadie ha dicho quién gobierna el pueblo, quién cobra en la feria, ni qué señor o parroquia tiene jurisdicción. Y de esas «guerras religiosas y unos conflictos que hubo» falta todo: qué destruyó la iglesia, cuándo, y cuándo se la rehizo a medias. Tampoco se precisa dónde se para exactamente cuando «hay algunos lugares para quedarse»: el viajero pregunte al llegar, que para eso Javier sirve.

Véase además: Château de Chambois — del otro lado del río, destino habitual de quien pasa por Javier.


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