Príncipe de Condé

Quien pregunte, en este año de 1648, dónde se decide la guerra de Francia, recibirá siempre la misma respuesta: no en una ciudad, no en un consejo, sino en un hombre. El Príncipe de Condé —«el grosso entre los nobles», como lo llaman sin ceremonia los que negocian a su sombra— es el principal general del reino y el noble más influyente de Francia, y esta crónica lo registra como probable árbitro del conflicto: el desenlace se decide en función de hacia dónde caiga él.

Un Alejandro con líneas de abastecimiento

Es un militar joven, extremadamente joven para el mando que ejerce. Los registros lo comparan sin pudor: «una especie de Alejandro» que «tiene 23, 25 años» — aunque otro testimonio le da 27, y este cronista no está en condiciones de zanjar la cuenta. Esa juventud sumada al mando supremo es lo que convierte cada victoria suya en mito de inmediato.

Pero el mito tiene intendencia. Lo único que los registros le adjudican de cuerpo presente es su figura en campaña: frente a plazas fuertes, dependiendo de líneas de comunicación y de la llegada de pólvora. Un general que necesita pólvora de terceros es un general que puede ser derrotado por omisión — y esa vulnerabilidad técnica, se verá, es exactamente la que el reino ha aprendido a leer como traición.

Los dos teatros

Condé no está en un lugar fijo del mapa: está donde está la guerra. En la frontera norte le viene ganando al archiduque Leopoldo, y fue él quien impidió que las tropas enemigas llegaran a París — la ciudad le debe su preservación. En el sur catalán, en la zona de Barcelona, intentó tomar una plaza muy fortificada, y ahí la fortuna se le torció por primera vez.

El linaje político: la facción de los Príncipes

Alrededor del general hay una capa más amplia de «príncipes y nobles» con quienes se puede negociar; Condé es el más alto de esa capa, no el único. Su facción —los Príncipes, una de las tres principales del reino, en rivalidad con Realistas y Frondistas— no es una institución con sede: es el prestigio militar de un hombre convertido en poder de negociación. Mientras acumula «una cantidad de victorias», su nombre solo mueve campañas; y su lealtad es moneda de cambio, al punto de que cualquier alianza en la región pasa por saber «si hayan sido amigos o no de Condé». Con ese peso, los Príncipes hacen «aberturas» a los personajes intermedios del tablero.

La derrota catalana y el rumor

Ante la plaza fuerte catalana «intentó y intentó y no pudo». Es su primera derrota, y los registros la califican de no grave — pero abrió de inmediato una disputa de versiones que nadie ha cerrado. Se dice que no le llegó la pólvora. Se dice que fallaron las líneas de comunicación. Se dice que no hubo apoyo de los señores del lado oeste de la frontera. Se habló, en fin, de traición: el reino procesó un problema de abastecimiento convirtiéndolo en una historia de felonía con roles asignados.

El nuevo Rolando

De ahí el apodo que le ponen algunos: «el nuevo Rolando», traicionado por los señores del oeste como Rolando lo fue por Canelón. Con dos diferencias que los registros subrayan y que conviene no olvidar: este Rolando todavía está vivo — y hay quienes todavía quieren matarlo. Mientras ganaba, su facción ganaba; le bastó perder una vez para que aparecieran, a la par, la acusación de traición y la posibilidad del asesinato. Tal es la aritmética de su posición: máxima altura, ningún margen.

Advertencias del cronista

Sobre este hombre, el archivo calla más de lo que dice. No hay una sola descripción de su aspecto: ni cara, ni voz, ni armas, ni estandarte, ni escolta — todo lo visual de esta entrada falta, y quien lo imagine lo imagina por su cuenta. La edad está contradicha —23 a 25 años en un pasaje, 27 en otro— y no hay modo de elegir. No se nombra la plaza catalana que no pudo tomar, ni cuánto duró el asedio. Circula un nombre, «Gondé», atribuido a un noble conocido y negociable: si es el propio Condé, si es Conti, o si son dos nobles distintos, queda sin fijar. Se dice de él que «lo pintan con D», sin que nadie explique si remite a una inicial, a un emblema o a otra cosa. Tampoco consta cuál es su relación formal con la corona, ni si es un hombre con el que se pueda tratar cara a cara. Y la pregunta que más pesa queda abierta: quiénes son, exactamente, los que todavía quieren matarlo.

Véase además: París


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.