Posada en el Quartier de Saint-Germain-des-Prés, cuyo nombre invoca al apóstol que guarda las llaves y, con ellas, el secreto de quién entra y quién sale. En el París de 1648 abundan los establecimientos que sirven vino aguado y paja fresca a los viajeros llegados del Midi; el de Saint-Pierre tiene la ventaja de no preguntar demasiado y la desventaja de ser conocido por quienes llevan tiempo en el barrio.

Sus habitaciones bajas, con las vigas negras de hollín y el patio donde los caballos aguardan atados a una argolla, funcionaron en los primeros meses de la Fronda como escala involuntaria de varios desplazados: gente que vino a París por un asunto y no pudo irse porque las barricadas o el frío cerraron los caminos. Ahí, entre el ruido de la cocina y las voces de los otros huéspedes, comenzaron conversaciones que no estaban previstas.

Madeline_Boulet conoce el establecimiento, o conoce a alguien que lo conoce. Eso es suficiente en un barrio donde la reputación se mide en información.

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