Compiten entre ellas como planetas que se cruzan. Pero giran alrededor del mismo sol.


El culto planetario corporativo

Los Errantes son la conjunción de las corporaciones que rigen, por debajo de la ley, la New York platónica. En la superficie compiten entre sí, cada una en su órbita, disputándose el mercado y el poder como cuerpos celestes que se cruzan sin tocarse —los errantes del cielo antiguo, los que vagan contra el fondo fijo de las estrellas—. Pero esa rivalidad es aparente: por debajo, todas caen bajo un mismo ideal.

Un solo ideal: normar lo que se hace

El ideal que las une es la norma: regular, pautar, normar lo que se hace en la ciudad. Donde la prevención del delito vigila lo que podría pasar, los Errantes fijan lo que debe hacerse y cómo —el reverso corporativo de la misma pulsión de orden que salvó las torres y levantó los guetos—. No gobiernan con leyes sino con normas; no mandan de frente sino desde el ideal compartido que hace converger a rivales. Su culto no tiene templo: tiene mercado, y una fe común en el mundo regulado.

Marte, una de sus manos

Entre las corporaciones que integran el culto está Marte, la sociedad anónima cuyo CEO sueña con enraizar la divinidad en la Tierra. Marte es una de las órbitas de los Errantes —y prueba de que, tras la fachada de la norma compartida, cada corporación errante persigue también su propio dios.


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