Nueva Ámsterdam
«Te tenemos ya en Ámsterdam, donde te colgarán.» — amenaza de justicia, tal como se profiere en las plazas menores de la costa
Sepa el viajero que arriba a esta bahía que entra en la cabeza de Nueva Holanda: ciudad-puerto amurallada, plantada donde el Río Hudson rinde sus aguas al mar, primer asentamiento de la bahía y nudo del que cuelgan —a veces literalmente— todas las plazas de esta costa. Este cronista la describe como la halló: por fuera, por dentro, y por debajo de lo que el ojo consiente ver.
La isla que fue verde
La ciudad se asienta sobre Manhattan, isla de muchas colinas boscosas, al sur de la isla dorada. Los que la conocieron antes dicen que «antes era verde»: estanques, arroyos, pajarillos, bosques y árboles frutales; hoy se camina sobre una «flora que fue devastada». Solo la zona Sur está edificada; del resto de la isla «hay ríos y la mayor parte es granja», y hacia el norte se dispersan granjas y población indígena. Más al norte todavía se abre una comarca de arroyos y cascadas que los que saben nombran, sin explicarse, «zonas del infierno». Corre época de precipitaciones, y se han visto brumas: «una bruma horrible» con enredaderas, de la que cuesta salir. Este cronista no sabe decir si esa bruma es costumbre del lugar o accidente de una sola vez; consigne el viajero ambas posibilidades y no se meta en ella.
El muro
La cierra una empalizada doble de «buenos troncos altos, pinos sobre todo», de cuatro a cinco metros de alto, con los troncos «embebidos con algún tipo de resina, fortificados contra un tipo de incendio», y troneras de piedra «muy bien y sólidamente construidas, apuntaladas con troncos de doble carácter». De día las puertas están abiertas, sobre todo las que vienen del Norte; de noche se cierran, igual que las tabernas, que no pueden abrir después de las veintiún horas. Que nadie entienda mal contra quién se alza el muro: «marcó la diferencia no solo contra los indios sino también contra otras potencias europeas: suecos, franceses». Y Nueva Holanda está en guerra con los ingleses.
El puerto que mira al este
La ciudad «mira todo hacia el este, no hacia el oeste»: al océano y al comercio. No es plaza «de ingleses puritanos, sino de gente que se acomoda mucho al comercio, a la salida del mundo, y le interesa que lleguen cosas bien». Es «un centro comercial» sin cultivos propios: come de las granjas del norte de la isla y de lo que entra por el puerto. Hay canales al modo holandés, y en el puerto atracan embarcaciones extrañas; las casas mismas son «esos barcos que descendieron y construyeron algo que no era de estas tierras». En las cocinas y los inventarios el viajero hallará Europa entera en miniatura: molde para waffles, mote para queso, tenedor para comer fruta de conserva.
Se paga con moneda de plata que lleva el sello de Nueva Holanda, con piel de castor y con wampum; del nombre de la pieza solo puede decirse que suena a «sigillum», y este cronista no jura por esa grafía ni conoce su valor de cambio contra nada.
Gobierno, cetro y horca
Gobierna un gobernador que es a la vez director general de la Compañía —«Peter», hacia 1664— y porta cetro como símbolo de autoridad. Por debajo, los condestables de Nueva Ámsterdam mandan en nombre de la ciudad sobre plazas como Abeto Rojo, y los Caballeros de la Espina de Nueva Holanda —que otras lenguas llaman Espira de los Caballeros; las dos formas circulan y este cronista no zanja el pleito— actúan en su nombre e invitan a forasteros a conocer sus tradiciones. De la ciudad salen la moneda, la justicia capital y las contratas: aquí se cuelga a los condenados, y aquí se recluta «aventureros para una gran empresa» — arrojarse a la montaña, matar dragones, buscar las cadenas. Dónde queda esa montaña, el pregón no lo dice, y nadie que haya vuelto lo ha contado a este cronista.
Las gentes
La población es cosmopolita: hay negros libres, hay mercado de esclavos, hay esclavos negros fugitivos y noticias de ellos, y hay comunidad judía metida en la economía comercial — de cuyo lugar preciso, como del de los negros libres frente al mercado, las voces llegan tan maltratadas que no conviene edificar sobre ellas. Una figura llamada Block propone que «los negros podrían tener un barrio», señalando al norte del muro: «nuevos guetos, lugares de segregación». Adviértase la lógica: el norte, afuera del muro, es a la vez la despensa de la ciudad y el sitio donde se piensa arrojar lo que la ciudad quiere segregar.
Vecinas de esta posesión: al norte del valle del Hudson, Nueva Francia —la Acadia—; al noreste, tierra de Nueva Inglaterra, «de escotos y de Irlanda», con presencia holandesa también. Los europeos entienden que al oeste «no establecieron colonias estables». De Nueva Orleans, Nueva España y Nueva Albión llegan noticias a este puerto, pero son otras tierras y merecen otras cartas.
Lo que la amenaza
La ciudad es blanco además de nudo. El «león oso» va a atacar la ciudad europea. Una víbora gigante la habita, y al morir «sale una especie de protuberancia venenosa». La pareja del Dragón Verde fue llevada a Nueva Ámsterdam. Se ha dicho que «el centro ha sido tomado por un elegido» —quién sea, y qué gobierno quede tras la caída del gobernador cuyo cetro fue tomado, nadie lo ha puesto por escrito— y se llegó a plantear el remedio más desesperado: que «esta ciudad hay que sacarla de la isla». En la guerra contra los ingleses navega, del lado de Nueva Holanda, El Holandés Errante.
La ciudad debajo de la ciudad
Y sobre todo lo anterior pesa lo que los que saben llaman superposiciones: la ciudad es el lugar del mundo donde el tiempo no cierra. «Atrás quedaron las casas del gobernador, pero a veces, en donde hay barcos, también hay extrañas casas que se pierden de los canales, con pedazos de Nueva York.» Esa Nueva York que se asoma es otra y es la misma: último bastión inglés, poblada de trincheras, arrasada por incendios, bajo corte marcial, con bandera de trece estrellas y franjas rojas y blancas por las trece colonias, y un siglo de disturbios documentados de 1770 a 1870. La ciudad holandesa y la posterior ocupan el mismo suelo y se asoman una en otra. Cuándo aparecen esos pedazos, si se puede entrar en ellos, si alguien los provoca: son preguntas que este cronista deja abiertas, porque nadie le ha dado respuesta que merezca tinta.
Advertencias del cronista
Quede constancia de lo que las cartas no fijan. Los copistas discrepan en el siglo: la mayor parte de los registros pone el dominio holandés entre 1663 y 1666 —con «Peter» gobernador en 1664 y la ciudad todavía holandesa en 1666—, pero alguna voz dice «1763 aproximadamente», y otra 1766; sospecha este cronista un dedo corrido de copista, pero no lo afirma, y deja las dos cuentas a la vista. Tampoco está claro si Manhattan y Nueva Ámsterdam nombran lo mismo en boca de todos, o si Manhattan es la isla y Nueva Ámsterdam solo la ciudad amurallada: los itinerarios usan los dos nombres indistintamente. Nadie ha medido dónde corre exactamente el muro respecto de la zona edificada del Sur, ni contado cuántas puertas tiene además de las del Norte. El que viaje, pregunte dos veces, pague en plata sellada, y esté dentro del muro antes de que cierren las tabernas.
Véase además: Río Hudson · Manhattan · Abeto Rojo · El Holandés Errante
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