Baton Rouge

Itinerario para el viajero: desde Port Arthur, cuatrocientos kilómetros de vía férrea —un día entero de marcha «minimum», y hasta dos si el tren se toma su tiempo—; desde el sur, remontando el Mississippi a unos cincuenta kilómetros del Golfo de México, por encima de los treinta grados de latitud. Se llega de noche y la ciudad «muestra como una especie de hilera de luces» sobre el agua. Es la capital de Luisiana, y no una ciudad grande sino un pueblo: algo más de once mil almas, un risco, un puerto y un río.

El poste de las cosas colgadas

El nombre es francés y quiere decir «vara roja», «palo enrojecido»: el poste con que los indios marcaban el territorio, «que estaba lleno siempre de cosas colgadas». La explicación circula asociada a la figura de Jean Tourbouche, y el viajero hará bien en recordarla, porque la ciudad entera conserva esa costumbre de señalar la frontera entre lo propio y lo ajeno.

Las dos ciudades

Baton Rouge son dos secciones netamente distintas, y el plano en uso —un plan de 1860— las ordena sin disimulo. La original está encaramada en el risco: Intramuros, la zona vieja, con «las propiedades más ricas» y bien mantenidas, que se extiende hacia el norte. La otra es tierra «que se le ganó al río»: la zona nueva, de bajíos empantanados, sin mantenimiento debido, donde «tal como Venecia están hundidos algunos». La lógica es la del risco frente al agua: el asentamiento nació donde el terreno lo permitió y creció hacia abajo robándole suelo al río; por eso la riqueza está arriba y al norte, y la pobreza en el barro.

En el centro, la catedral: «una especie de mini Notre Dame», gótico francés con distintos estilos combinados, misa los domingos. Sobre el río se percha un edificio de tres pisos altos —galpones de techos abiertos, de modo que los tres pisos nominales son «más o menos ocho pisos»— que domina algunos sectores de la ciudad desde la bisagra entre el risco y el agua.

El puerto y la estación

La zona portuaria es «una región hostera y oscura», comparable a las cercanías del puerto de Buenos Aires: galpones, fango y madera podrida donde «las heridas y los gritos son opacos, se los traga». La estación de tren y el puerto se mezclan —desde la estación el puerto se ve «a la distancia»—, y no por accidente: tren y río son los dos únicos accesos, y la ciudad vive de esa juntura. Aquí no hay automóviles; se viaja a caballo, en carruaje o en barco, incluidos «barcos de mala muerte». Desde Baton Rouge se baja por el Mississippi hasta Nueva Orleans, que fue capital antes y «sirvió para la reconstrucción»; después «esto volvió a ser la capital».

Alcalde, concilio y la mercancía que no paga

Gobiernan un alcalde principal y un concilio de varios miembros. Uno de esos miembros maneja la zona de galpones del puerto, por donde pasa «la mercancía más sucia, o por lo menos la que no cobra impuestos»: quien controla el concilio decide qué carga tributa y cuál se pierde en el fango. Otro de sus miembros murió a manos de una compañía de paso, episodio que el archivo registra sin adorno. La ciudad fue antes «un nido de piratas» —de aquella época se quedó Henry el Cobarde, con un cargo político—, y conserva de aquello la doblez entre el risco rico y el barro del puerto.

Los barrios del oficio

Baton Rouge se recorre sabiendo el rubro, no la dirección: «no es lo mismo si vas buscando drogas, veneno o algodón de última calidad que artesanías específicas o coleccionistas de arañas». Hay una zona residencial de taxidermistas —uno de los más conocidos vive «a dos casas nada más» de otro—. Hay un linaje-profesión de titiriteros que se hacen llamar «los profesores», aunque «no son profesores de ningún arte que no sea la de ser titiriteros», y tienen sus cabinas. Funciona un hospicio, asilo para enfermos de la mente con violencia incluida. Una madama maneja una casa. Hay tabernas y hotelitos —en una taberna quedó asentada la media hora después de las siete de la tarde como hora vespertina corriente—, y «lugares de mala muerte» en los bajíos. Es además punto de encuentro de sabios, y reside allí uno de los druidas. Una figura conocida como el señor de los bichos posee una casa donde una compañía pasó la noche; la estadía completa de esa banda fue de dos noches, una en taberna y una bajo ese techo.

El clima

Húmedo y caluroso. De día hay pocos insectos, pero en la tarde la ciudad «se llena de como insectos», y el vapor los mantiene alejados. Si ese vapor es industria deliberada del pueblo o mero accidente del clima, nadie lo ha puesto por escrito.

Advertencias del cronista

El que quiera saber más que esto, pregunte en el lugar, porque el archivo calla en varios puntos. No consta qué es exactamente el concilio —consejo de autoridades civiles, hermandad, u otra cosa—, cuántos miembros lo componen, cómo se los designa ni qué jerarquía guarda con el alcalde principal. No consta el nombre de la madama ni dónde cae su casa en el plano; ni la advocación de la catedral ni quién la administra; ni el nombre del edificio de ocho pisos efectivos ni su dueño; ni la identidad del druida ni el sitio donde se juntan los sabios; ni el nombre y ubicación del hospicio. De una tal Mary Ann se dijo que podía estar en Baton Rouge, y la pregunta quedó sin respuesta. Qué son los insectos de la tarde —especie, peligro— tampoco se estableció. Y queda la duda de fondo: si «Intramuros» nombra una muralla real o solo la costumbre de llamar así a la zona vieja del risco. Este cronista anota lo que hay, y lo que no hay lo deja colgado del poste, a la vista.

Véase además: Mississippi · Nueva Orleans · Golfo de México


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.