Viaje temporal
«Para que se viaje en el tiempo por lo menos que se mande un mensaje en el tiempo.» — umbral mínimo del fenómeno, tal como quedó dicho
De los viajes ucrónicos de los viajes temporales he oído hablar — así lo confiesa el propio mundo, y así conviene abrir este tratado: como cosa sabida y sin embargo rara, nombrada de muchas maneras («viaje crónico», «viaje ucrónico», «la doble locación») y practicada por pocos. Es el fenómeno por el cual una persona es depositada en otro tiempo, con retroceso o avance efectivo de años; existen de él varias técnicas distintas, todas caras y todas técnicamente delicadas.
De la ley
El tiempo, enseñan los que lo han cruzado, no se concibe «de una manera lineal» sino «como parte de una maquinaria de siempre ajustes»: es maquinal, y por maquinal admite desajustes. De esa mecánica se siguen tres corolarios.
El primero: el umbral del fenómeno no es mover un cuerpo sino mover información — «para que se viaje en el tiempo por lo menos que se mande un mensaje en el tiempo». Antes que el viajero, viaja la palabra.
El segundo: no hay paradoja de encuentro. Quien retrocede un par de horas al lugar de donde se fue no se cruza consigo mismo; los que se fueron y los que vuelven quedan separados en líneas distintas. Si esa separación es destierro perpetuo o si las líneas vuelven a juntarse, nadie lo ha establecido.
El tercero, que es regla de conservación y casi de consuelo: «la luz de cada una de las vidas va y encuentra su estrella y vuelve en el momento indicado». Nada se pierde en la maquinaria; todo, tarde o temprano, es devuelto.
Y quede constancia de esto, que no es poco: la existencia del viaje fue demostrada, no supuesta. Pero la ejecución exige precisión técnica y falla si no la hay — de qué modo falla, los registros callan, y ese silencio es de los que un hombre prudente escucha.
De los medios
Los medios son múltiples: «hay otras formas de viajar aparte de con la bengala en el tiempo». De los aparatos, sólo uno tiene nombre en estos registros: la Bengala. De su tamaño, su materia y su fábrica, nada consta; sólo su nombre y su uso.
Existen además, como accidente del mundo y no como obra de artífice, zonas donde se puede ejercer control del tiempo — «una cosa de zonas de niñas temporales», ligadas a «el visete de los dioses». Consigno los términos tal como se dijeron, advirtiendo que su forma quedó sin fijar; el que los repita, repítalos con esa cautela. Si estas zonas y los aparatos operan por el mismo principio, los registros no alcanzan para decirlo.
Junto a los saltos temporales se registra también un viaje mágico de otra especie: el paso por el interior del Gusano lunar, que se atraviesa en catorce horas.
Del precio
El viaje se paga dos veces.
Primero en dinero: descubrir la manera de viajar al pasado es «muy cara», y eso lo deja en manos de quien puede pagarlo. No hay cifra en moneda; hay, en cambio, una consecuencia política que ninguna cifra mejoraría: quien financia el viaje decide a qué siglo se va. El viaje temporal es, antes que un hecho físico, un hecho económico.
Segundo en cuerpo: el viajero envejece lo que viaja. Tres años de viaje, tres años encima. Si esta proporción de uno a uno es ley general o particularidad de aquel caso, no está dicho; pero el límite que impone es duro de todos modos — viajar mucho es envejecer mucho.
De la sensación
Del salto mismo no hay materia, color ni ruido registrados. Lo único descripto es lo que atraviesa por dentro al viajero: un agotamiento con forma de sabiduría, «el resbalar de la serpiente», que el cronista de aquellas jornadas identificó como símbolo del paso del tiempo «sobre todo de la circularidad». Afecta de modo gradual y no igual a todos: cada viajero lo padece según su disposición. El desgaste no es sólo del ánimo; el cuerpo, como quedó dicho, lleva la cuenta.
De los saltos registrados
Los años que el fenómeno ha tocado son 1389 —fecha de peso cosmológico—, 1717, 1784, 1901 y 1914, este último en Sarajevo; hay ruta hacia Nueva Ámsterdam —adonde «el viaje ha llevado algún tiempo»— y hacia Europa, y el Bósforo y Constantinopla figuran como zona de rutas, algunas «por encima» del nivel del suelo.
Las magnitudes conocidas: un salto de sesenta y siete años, que atraviesa de 1717 a 1784 y reordena la ubicación misma de los compañeros en el mundo. Un salto entre 1901 y 1914 que el propio parlante declaró de diez y también de trece años, sin reconciliar sus cifras. Un retroceso de cuatro años — «nos mandó cuatro años al pasado». Un retroceso de mil — «ahora estoy mil años en el pasado». Y el retroceso corto, de un par de horas, que probó la ausencia de paradoja. En el registro menor de los trayectos: dos semanas transcurridas desde el inicio de un viaje; una semana hasta el circo, parte en tren, parte en carreta; y el viaje al este por ferrocarril, del que dos voces dan «un par de días» y «cinco días» — disputa de itinerarios que dejo abierta, como corresponde.
Advertencias de Paulus
Mucho es lo que este tratado no puede enseñar, y prefiero declararlo a disimularlo. No sé qué se ve ni qué se oye durante el salto: sólo la serpiente interior. No sé cuánto cuesta el pasaje en moneda contante: sólo que es caro, y que hacia atrás es más caro aún. No sé cómo es la Bengala, ni quién la hizo, ni cuántas existen; no sé cuáles son las «otras formas» de viajar, aunque el mundo jura que las hay. No sé qué son en verdad las «zonas de niñas temporales» ni «el visete de los dioses», y hasta dudo de haber copiado bien las palabras. No sé qué le ocurre al que yerra la precisión técnica — y ese hueco, entre todos, es el que menos deseo que un lector llene por experiencia propia. Sepa el que pueda pagar el viaje que el cuerpo pagará igual; y sepa el que no pueda, que ya viaja: hacia adelante, a razón de un año por año, como todos nosotros.
Véase además: Gusano lunar · Nueva Ámsterdam
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.