«Alguien tiene que ser el contador. Ellos piensan que cuento piedras.»
Presentación
El gigante que contaba piedras se quitó la cobertura: Sidqa de Ascalón, mercane vinculado a Union, había vivido once años entre los gigantes de escarcha con el nombre de Hrolf Cuentapieles. La diadema le permitía vestir otra piel. Habló de una mujer gigante, Gunnhild, de largos viajes en trineo y de un trabajo de infiltración que él comparaba con una pasantía.
La compañía lo venció en la atalaya después de combatir a una patrulla de dos gigantes y seis humanos. Uno de los gigantes murió; Sidqa sobrevivió y se rindió. Sus manos, el azul que asomaba y un aliento que no humeaba habían hecho sospechar que su aspecto ocultaba otra procedencia. Las detecciones no lo señalaron como malvado ni encantado, pero no podían garantizar las consecuencias de un pacto.
Lo que ofrece y lo que quiere
Sidqa compró información de Azidem, abrió el paso a los Salones y se hizo con el mando efectivo después de la muerte de la chamana. Había reservado para sí la semilla de hielo antes del asalto; la recibió con su magia apagada. La semilla no fue una prenda que él entregara primero a la compañía.
Su sello procede de las bóvedas de Union. Puede retirarse por un acceso tras un pilar de la atalaya, abastecerse y volver; mantiene comunicaciones con otros planos. La compañía colaboró, pero no firmó el contrato mágico. Lem distinguió el poder del sello de su validez en Sogol.
Sidqa quiere restaurar las forjas, traer trabajadores, comerciar con materias primas y fundar una sucursal. Se proclama dueño de la plaza sin exhibir escritura. Necesita autorización de Burkestein, protección del camino y suministros; calcula alrededor de un año para completar el establecimiento. Ofrece crédito por los acuerdos que los compañeros consigan. No les ha concedido el monopolio que pidieron.
Vender a todos es parte de su proyecto. El rey pregunta si eso incluye armar a sus enemigos. La disputa queda por negociar; tampoco puede darse por asegurado que Sidqa mantendrá la posición si el hostigamiento la vuelve insostenible.
El augurio
Antes de sellar nada, la compañía consultó lo que consulta siempre. La pregunta fue exacta: ¿una alianza con este gigante va a resultar positiva para la región, para la paz de la región? La respuesta fue no. No dijo que fuera malvado; las detecciones tampoco lo señalaron como tal; no dijo que mintiera. Dijo que su alianza no trae la paz. La compañía lo entendió como se entienden los oráculos que no explican: una tregua con el Cuentapiedras sirve para entrar en los Salones; una alianza con el Cuentapiedras instala en la frontera algo que todavía no tiene nombre. Entraron con él. No firmaron.
Una plaza ocupada y una licencia pendiente
Mientras los compañeros fueron a Karlstorf y después al umbral de Aries, Sidqa quedó organizando la ocupación de los Salones. Burkestein quiere conocerlo y resolver el peligro de la ruta antes de aprobar la concesión. No hay título de propiedad demostrado, monopolio concedido ni paz regional obtenida. La casa comercial gana una oportunidad; la advertencia del oráculo sigue en pie.

La plaza ganada y el precio de los acuerdos. La lámina reúne momentos sucesivos.
Vínculos
- Los Salones de la Escarcha — la fortaleza que quiere regentear
- El camino de Mertylmane — la ruta cuyo peaje quiere cobrar
- La semilla de hielo — reservada antes del asalto y recibida después, apagada
- La chamana de los Salones — «muy belicosa»: la que él no quiere de socia
- Union · Neutralidad bancaria — la casa de cuyas bóvedas sale su sello
- Los gigantes de Ur — los otros gigantes que cuentan raro; el archivo anota la rima sin soldarla
- Azidem — su informante remunerada y luego exploradora de los Salones
Apariciones
- Gesta viva de Sogol, jornada quinta — la patrulla, la avalancha, la rendición; el trato, el sello, el augurio; la entrada a los Salones escondidos en su trineo.
Casas del ciclo · ♑ 🪨 Un gigante que cuenta piedras y le salen de más; un contador entre saqueadores, con un sello de otra ciudad y las manos de otro color. La compañía le ganó, le perdonó la vida y le preguntó al oráculo si convenía; el oráculo dijo que no, y ellos lo usaron igual, que es lo que se hace con un banquero: no se le cree, se le cobra. — glosa del Decadiano.