«Se están metiendo directo en las tierras de Mertylmane: la ruta olvidada.»

Presentación

Entre Nothenvell y la capitanía de la costa de Caloria no hay más que una ruta, y hacía tiempo que nadie la usaba: el camino de Mertylmane. Sale hacia el norte entre atalayas y puestos de guardia —uno con un globo aerostático amarrado—, cruza granjas abandonadas que alguien importó de un mundo con estaciones, sube por valles y hondonadas entre las montañas que llaman las Escaleras de los Dioses, y desemboca en las planicies blancas: diez días de horizonte monótono, frío más duro y ninguna cobertura, donde las tierras exteriores rozan un mundo primario y el viento no descansa. Después, con suerte, la costa.

Por ese camino se decidió reabrir el abastecimiento de un reino en guerra: una caravana de treinta trineos, siete perros cada uno, un musher por trineo y un guardia cada tres, al mando de dos pelirrojos afables y patriotas, Alfred Lenox y Duncan Ross, cargados de armas, provisiones y la remesa de obsidiana antigua que Nothenvell había logrado identificar. La doctrina del convoy era una sola: nunca dejen de disparar, mantengan la integridad de los trineos y sigan adelante; si se pierde gente, no se frenen. Una serpiente de doscientos metros que no puede detenerse.

Lo que el camino tenía preparado

La ruta olvidada no estaba vacía: estaba defendida. Ocho bugbears que bajaron de una loma creyendo que un trineo volcado era presa fácil; una emboscada bajo un puente de piedra, con lanceros escondidos para dejar pasar la vanguardia y partir la columna —orcos hambrientos, mal equipados y con conocimiento militar de la ruta, la peor combinación—; los restos de Frederick Mentieth, con el cráneo aplastado por algo enorme y plano, que la nieve había guardado como aviso; cuatro yetis invisibles en la noche blanca, y al amanecer una cosa de dos metros y medio cubierta de placas de hielo negro que pretendía barrer el convoy con un corredor de frío y llevarse a los congelados para comer. Dos ataques en menos de ocho horas: eso no es azar, es un cuello de botella con dueño.

La compañía de Sogol pasó todo eso sin perder un perro, y no por fuerza: por control, por reconocimiento y por una previsión de Lucio que vio los tres asaltos siguientes de la criatura de hielo negro antes de que ocurrieran. Y cuando una enana de la nieve, Azidem, trajo la noticia de que la vieja morada de su gente estaba ocupada, la compañía entendió que el camino no se defiende escoltando trineos: se defiende cortando la cabeza que los ataca. Se separaron del convoy con un documento firmado por Lenox y Ross —que nadie pudiera decir que abandonaron el contrato— y se fueron al norte, a los Salones de la Escarcha.

Vínculos

Apariciones

  • Gesta viva de Sogol, jornada cuarta — los once días de ruta, del volcán a la planicie; la separación del convoy.

Casas del ciclo · ♐ 🛷 Una ruta que se olvidó porque no hacía falta y se recordó porque hubo guerra. Treinta trineos que no pueden detenerse y cuatro emboscadas que pretendían detenerlos; la compañía las pasó todas sin perder un perro, y la victoria no fue eso: fue entender que el camino tiene dueño y que el dueño está al norte. — glosa del Decadiano.