
Auro
Hijo de un cardenal de «una familia española importante», nieto de un Papa —«el primero de los papás terribles, un tal Sixto»—, padre de un matador de dragón: así se asienta la casa de Auro, también dicho Suga, Suga Auro, y con el epíteto completo con que se lo trata en los registros solemnes, «Soter Auro Salvador Auro» — Salvador dicho dos veces, una en griego, como si una sola lengua no alcanzara para el título. Este cronista, que ha visto genealogías donde la santidad y lo terrible se trenzan en la misma rama, no conoce otra tan apretada: un linaje eclesiástico que produce, en tres generaciones, un guardián de la gracia divina que fue también teniente de lo infernal.
La casa
El padre, cardenal español, apadrinado por quien antes fue Papa. El abuelo, Sixto, Papa él mismo y primero de los terribles. El hijo —cuyo nombre el archivo calla— mató al dragón con la lanza de dragón, rematando «con una punta, con la gema de la creación». De la casa desciende también el rasgo que define a Auro: que su prisión sea justamente lo que un guardián custodia. Porque Auro es «el guardián de la divinidad, de la gracia divina», y su dominio es Prison Keep — cosa que los compañeros que lo enfrentaron todavía ignoran: «Hay algo que no saben ellos, que es el Realm de Auro». La crónica lo consigna; el mundo aún no lo ha dicho en voz alta.
Las dos figuras
Los testimonios entregan dos Auros y ningún puente entre ellos.
El primero lleva capa dorada, que no se quita ni volando: «no me saqué la capa, sino la tengo, la capa dorada… que a veces algunos lo ven como algo más elevado». Visible desde el aire, la prenda le ganó el apodo de faisán dorado — aunque hay quien oyó paisano, y las dos lecturas conviven sin árbitro.
El segundo es «una criatura con unas alas negras infinitas. Como que se pierde en todos los costados y al final es su ser»: alas que no terminan y que son, ellas mismas, la sustancia de la figura. Porta la espada de Sury; tiene «unos dientes jodidos», deformes. Una de sus manos, agitada en el aire, «se le prendió como una especie de fuego». Y puede sustraerse a la vista: «No lo veo, Auro. Desapareció».
Las escuelas discrepan sobre cuál de las dos imágenes es la verdad y cuál el accidente. Este cronista se limita a anotar que el oro —capa, faisán, Soter— y las alas negras infinitas son las dos caras de una misma figura, y que entre una y otra media una bisagra que se dirá más abajo.
Los títulos y el duelo
Auro no heredó sus nombres: los ganó peleando. El apodo Coyote se obtiene «luchando contra las criaturas». Y hace veinte años venció en duelo a Lord Soth, sin matarlo. El protocolo del duelo quedó registrado como lección: el vencido «te saludó, te entregó la teva y se subió a su propio caballo de pesadilla y se fue». Vencer da derecho a la prenda del vencido, no a su vida — regla que Auro observó, y que hace más amarga su historia posterior.
Porque el mismo hombre acumuló otro cargo, dicho a su propia cara: «en algún momento te hiciste vos mismo un lugar teniente de las fuerzas infernales». Guardián de la gracia divina y teniente de lo infernal: el archivo sostiene ambas cosas a la vez, y no las reconcilia.
La caída
La ruina de Auro no vino de fuera sino de una norma moral que el registro enuncia sin adorno: «una mala elección que tomaste al final… te dejaste llevar por un deseo de poder que terminó destruyéndote». Después de eso, Auro queda dominado por una fuerza externa. Un viejo camarada lo dijo con la piedad justa: «Auro es un viejo compañero mío y está dominado».
Su manifestación coincide con el suceso en que cae la Piedra y aparecen Anubis y Sobek, y hubo lucha contra él —«¿Vos estuviste en la lucha contra Auro?»—. Se sospecha, además, que Los Jinetes respondan a su mano, aunque la crónica no lo confirma.
Dónde anda Auro
Su caída no lo retiró del mundo; al contrario, lo multiplicó. Se lo ubica en Madrid («¿Dónde anda Auro? Madrid»); ya partió de Milán («el Faisán Dorado partió… partió otra vez»). Un registro lo deja «todavía ahí en el bar» pese a haber sido destruido — de modo que hay un Auro dominado, un Auro destruido, un Auro reconstruido y un Auro de viaje, y el mundo no cierra el asunto con su muerte. Corre además un rumor de calle, en boca de terceros y sin confirmación alguna: «Dicen que se puso una hamburguesería de pejotas ese Auro. Dicen que los cocina». Este cronista lo transcribe porque el rumor también es historia; no porque le dé fe.
Advertencias del cronista
Quede dicho lo que el archivo no dice. No se ha establecido si la criatura de alas negras infinitas y dientes deformes es la forma verdadera de Auro o el aspecto que toma estando dominado: las dos imágenes están puestas sin puente. No se sabe quién o qué lo domina, ni desde cuándo. No se sabe si sigue siendo teniente de las fuerzas infernales, ni cómo convive ese cargo con la guarda de la gracia divina. No se conoce el nombre de su hijo, el matador del dragón, ni por qué Auro salió una vez ante el público con una lanza de dragón. No se sabe qué es la teva que Lord Soth le entregó, ni dónde está ahora. No se sabe qué son las pejotas de la hamburguesería, ni si el rumor merece más tinta de la que ya gastó. Y las noticias de su destrucción, su reconstrucción y su presencia en Madrid pueden ser estados sucesivos o versiones en pugna: los itinerarios no lo resuelven, y este cronista, que ha visto morir demasiadas certezas por apurarlas, tampoco.
Véase además: Los Jinetes
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.