Jinete de la Guerra

«Mueran todos en esta batalla.» — palabras del Jinete, aplaudiendo al arquero cuyo flechazo acababa de recibir

He escrito sobre reyes que amaron la guerra como se ama una herencia, y sobre santos que la padecieron como se padece una fiebre. Pero solo una vez me ha tocado consignar a la Guerra misma con rostro, montura y espada: uno de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, potencia que se alimenta de la violencia, cuyo trono —y esto es lo que vuelve urgente esta entrada— hoy está vacío. Renunció «extrañamente» a su cargo, y su plaza se disputa en concurso público convocado por Caronte.

Las dos caras

Los testimonios no coinciden en su figura, y yo, que he aprendido a desconfiar de los que concilian demasiado rápido, dejo las dos versiones tal como llegaron. Una lo quiere alado: «alas negras, ojos de ónice, espada larga así», mirando hacia abajo y sonriendo a los que pelean, de rasgos agradables, vestido «con sedas, tal vez traídas desde lejos, desde el árbol de la morera, que es donde se cría el gusano de seda». La sonrisa, aclara el testigo, «es de tiburón». La otra versión lo baja a tierra: un caballero de aspecto humano, «un tipo ya de mediana edad, de unos 30 y largos años», pelo corto oscuro, armadura completa, montado. Su arma es en ambas escuelas la misma: «una tremenda espada como una hoja de plata», con empuñadura y una gema blanca incorporada.

Lo que ninguna versión discute es el temperamento. Habla, se ríe, aplaude. No hay nada que le guste más que se arme la gresca. En el campo pelea rompiendo: quiebra en pedazos al guerrero que le deflecta los ataques con lanza. Como general, lleva a sus tropas como carne de cañón a propósito.

De paladín a general

El Jinete es a la vez persona, cargo y fuerza, y conviene leerlo por capas, como se leen los palimpsestos.

Como persona, tiene biografía de caída: fue un paladín mortal, expulsado por sus pecados, que se convirtió en general que conquistaba y gobernaba imperios. Los registros lo identifican con Ricardo Corazón de León: prisionero, «vendió su país a su hermano, que era Juan Sin Tierra», pidió seis meses y un tributo tan exagerado que por juntarlo murieron muchos campesinos; después inició la Guerra de los Cien Años y conquistó Francia. Si esta historia es historia nuestra o leyenda prestada de otro mundo, es cuestión que trato más abajo, entre las advertencias.

De su tránsito reciente queda un itinerario escueto: pasó por Tovag Baragu; se lo asocia a Alejandría —«vino el jinete de la guerra, Alejandría», dice la voz, y la lectura es de lugar, después de haber dejado Egipto—; y tras la renuncia vino al Monte Análogo a redimirse. Por qué renunció, y en qué consiste esa redención, nadie lo ha dicho delante de mí.

El Apocalipsis tramitado

Como cargo, el Jinete es una plaza administrada, y aquí el mundo exhibe su ironía más fina: un título permanente que confiere poder absoluto se resuelve como una licitación. Caronte llama a candidatos; los candidatos presentan papeles y formularios; la decisión queda en manos de un tribunal de los tres jinetes restantes. Hay un piso material para presentarse —«tenés que tener como un mínimo, por ejemplo, tener un barco planar»— y tres criterios de evaluación: poder de fuego, movilidad y posibilidad de obtener refugio. El premio es el Castillo Prima, «la joya de la corona»: un poder cósmico con premio inmobiliario.

Los poderes del cargo siguen un ritmo circadiano que consigno sin explicar, porque nadie lo explicó: «a la noche los tenés temporales, y a la mañana los tenés permanentes».

Sobre los Cuatro pesa además una promesa que el candidato prudente hará bien en leer dos veces antes de firmar los formularios: uno de los Jinetes matará a los otros tres.

La guerra con tarifa

Como fuerza, la guerra en este mundo se paga y se dirige. Existe un precio fijado para redirigir una fuerza de guerra hacia otra ciudad: un millón doscientas mil monedas de oro. Quién cobra y a quién se le paga, el registro no lo dice; que exista la tarifa ya dice bastante.

Los efectos se miden a ojo de superviviente: «reventó ciudades, moscas que crecen, pantanos». El frente ya alcanzó Italia. La vacancia del cargo es, hoy, el motor del presente: el concurso abre a ciertos compañeros —guardianes crónicos de una guerra del primer tercio del siglo veinte, conocedores de los acontecimientos que la desencadenaron— la posibilidad de convertirse en una de las cuatro potencias del Apocalipsis.

Las guerras que no le pertenecen (que sepamos)

El mundo nombra guerras propias, y debo dejar sentado que ningún testimonio pone al Jinete al mando de ellas. La guerra de las sombras, con bando de luz y bando oscuro y reclutamiento por coerción —«o luchás para nosotros, o morís, o peor»—, fue la que el Gran Khan enfrentó estrechando alianzas, y fue vencida con una victoria pírrica que dejó menguadas las fuerzas; «ha sido tirado hacia el norte», y no llegó a la ciudad actual. La Guerra de la Sangre, conflicto ancestral de los demonios del abismo contra los diablos con toda su jerarquía, está hoy desequilibrada; hay quien cree que el Oscuro busca encapsular a sus enemigos dentro de un mundo cerrado —creencia de una figura, no dato establecido— y la ausencia de Coyote, que quedó en el abismo, se vincula a ese desequilibrio, aunque la relación es incierta. Del Jinete, en ambas, ni una firma.

Exégesis

Los antiguos de mi ciudad ya lo sabían, y el mundo lo repite: «la guerra, polemos, el padre de todos». En esta cosmovisión la Guerra no es un accidente que le ocurre a la paz, sino un principio anterior a ella. Que ese principio tenga hoy la silla vacía, y que la silla se llene por concurso con formularios, es quizá la enseñanza más melancólica de todo el legajo: hasta el Apocalipsis, en nuestros días, se tramita.

Advertencias de Paulus

Dejo abiertas las heridas del expediente, porque coserlas sería mentir. No sé si el alado de sedas y el caballero de armadura son formas alternas, momentos distintos de una misma vida, o dos informantes que vieron cosas distintas. No sé si el tribunal de tres jinetes son los tres restantes tras la renuncia o un cuerpo distinto. No sé si «Castillo Prima» y «Castillo de Prisma» nombran la misma piedra. Circula para el Jinete un nombre —Suriel—, pero ningún testimonio lo pronuncia de frente, y un nombre que nadie jura es apenas un rumor con buena caligrafía. Tampoco sé si la vida de Ricardo Corazón de León es historia de este mundo o leyenda traída de otro y usada como espejo: la duda está marcada en la fuente y yo no la cierro. Queda sin establecer qué relación guarda el Jinete con la guerra de las sombras, con la Guerra de la Sangre y con la Guerra de Alfa Centauri; qué es la «guerra santa» que se pide como acción mágica, y quién puede pedirla; y, la pregunta que más me desvela, por qué un ser que aplaude a quien lo hiere renunció al único cargo que le daba sentido.

Véase además: Caronte · Castillo Prima · Monte Análogo · Tovag Baragu · Alejandría · Gran Khan · Coyote


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.