
Un lugar devoto de existencia, cuidado y amor — al que se llega cien años tarde.
Los tres cuerpos en la ventisca — la iglesia mayor, la casa de los sanadores y los establos —, tallados como si el edificio no se hubiera construido sino sacado de una sola piedra hacia el cielo. La mano marcó la zanja delante de la puerta, y no quiso apagar la luz de las grietas, que en buena lógica debería estar apagada hace cien años.
Presentación
En un plano de hielo donde la ventisca no descansa — un país que colisionó, en un cataclismo cósmico, contra primarios antiguos y los congeló enteros, con sus torres y sus cosechas, dejándolos abajo del blanco calculando muertes — se alza un templo de Ashtar que lleva un siglo muerto.
Y hay que decir qué clase de hielo es éste, porque no es el hielo limpio de un plano elemental: es un Gehena mezclado. La nieve de este país baja con ceniza; el hielo negro muerde a través de la ropa como muerde lo ácido; bajo el blanco arde una brasa volcánica que no se apaga — la gesta la vio en el horizonte, como una brasa en un ataúd blanco — y la guerra sin tregua del frío y el fuego que se pelea acá no es clima: es la naturaleza doble del país. Los que saben de planos lo llaman hielo ardiente, y recuerdan que hay un monte del que ésa es la firma — y una señora pálida de la que ese monte es la casa (Loviatar). El país hiere de manera continua y sin clímax: dolor sostenido, no catástrofe.
Fue fundado apenas un año después de la refundación de Sogol, cuando la ciudad nueva repartía fes como reparte portales, y murió pronto: ataques, desgajes, y los sacerdotes olvidados adentro, sin buen reparo. Su arquitectura sobrevive al abandono con una dignidad que hiela más que el viento: líneas que los libros piadosos atribuyen a las catedrales de África — naves talladas como si el edificio no se hubiera construido sino excavado de una sola piedra hacia el cielo. Son tres cuerpos: la iglesia mayor, la casa de los sanadores y los establos, con luz saliendo, imposible, por las grietas.
El archivo asienta lo que la gesta viva encontró en su primera jornada: la zanja defensiva delante de la puerta, cavada por los planorcos que ocupaban la nave al calor de escarabajos de fuego; el jardín helado con su estanque de lotos de ámbar intactos bajo el hielo y la cosa tentaculada que anidaba debajo; la tumba removida de un sacerdote viejo con margaritas creciendo en fila, sobre la cual se manifestó la Doliente Azul con su cadena corriendo hacia lo hondo; el cuarto de cirugía — limpio contra toda razón, con una esfera de cristal derramando una luz continua que no se apagó en cien años sobre anaqueles rotulados con letra prolija (poción de curación, sabor a cereza) todos vacíos —; y la escalera caracol que desciende en la piedra, de la que sube, cuando el viento afloja, el aullido.
Dos cosas más, que importan. El templo está en disputa: es posición de frontera en la guerra sin tregua del frío y el fuego que se pelea en ese país, con mephits de ambos bandos vigilando la escarcha. Y el templo tiene heredero: debe ser redimido por alguien que pueda ser su sacerdote, y la primera sangre de esa redención ya está pagada — dos flechas en un escudo, en el umbral, el primer día. La casa, se vio, tiene memoria: en mitad del hierro respondió una plegaria que nadie había dejado preparada.
Vínculos
- Ashtar — el dios de la casa
- Lucio — el heredero que la defiende desde el primer día
- La Doliente Azul — la del jardín, la de la cadena
- Planorcos — los ocupantes que se fueron con su palabra
- Uken — el que nombró la herencia sin poder pisarla
- El Arco del Todavía No — el umbral de Sogol que da a este país
- SOGOL — la ciudad cuya refundación este templo siguió, un año tarde
Apariciones
- Gesta viva de Sogol, primera jornada — la toma, la noche, el jardín, los anexos; la escalera queda para la crónica siguiente.
Casas del ciclo · ♑ 🕯 Lo fundaron un año después que a la ciudad y lo mataron cien años antes de esta crónica; en el medio, alguien rotuló pociones con sabor a cereza para pacientes que no llegaron. Un templo excavado hacia el cielo en un país que entierra mundos, con una luz de cirugía que no se rinde y una escalera que baja hacia lo que aúlla. Las herencias, en Sogol, vienen así: con la puerta ganada y el sótano debido. — glosa del Decadiano.