«Siempre quisimos este lugar, Sogol: uno de esos sitios donde los nuestros pueden caminar tranquilos.» — el alcalde de Ungarn, dictando un contrato

Presentación

Cuando la ventisca del país del Hielo se abrió sobre un cielo con estrellas, una línea de coníferas y un río congelado, la compañía de Sogol ya no estaba en el país del Hielo: estaba del otro lado de las Nieblas, en un dominio armado con fragmentos de mundos primarios dentro del Etéreo, donde los visitantes son arrancados de otros sitios y las brumas deciden cuándo devolverlos. En el centro de ese dominio hay un pueblo amurallado de tránsito, Ungarn, con hospitalidad de invierno, una posada de imaginería vampírica y una enfermedad endémica que llaman la enfermedad blanca: una anemia que vacía a la gente despacio, y por la que antaño se quemaban las casas de los infectados. Una granja carbonizada en el camino de entrada era la explicación local, y la compañía eligió no investigarla.

Ungarn lo gobierna Félix Hoyer, alcalde, y su esposa Antonieta, que dirige el hospital. Los alojó Silvania, artista y posadera, maquillada como una muerta, con sirvientes de sombra y una cruz invertida bajo el cuello. Los tres están vivos de la manera en que lo están las cosas que no caminan a la luz: Lucio despertó una noche con dos marcas sutiles en el cuello, la ventana mal cerrada y menos vida en el cuerpo, y a la noche siguiente Félix llegó en trineo a ofrecerle el hospital. Allí lo dominaron, le sacaron todo lo que sabía del ángel y de las herramientas, y lo devolvieron como emisario con una extorsión: váyanse y dejen el martillo y el cincel de garantía. Lucio los entregó sin querer entregarlos. Sus compañeros le vieron la dominación en la cara y no obedecieron.

Elisa, Huilda y los lobos

Antes del pueblo hubo una niña. Elisa, de unos doce años, descalza y en camisón en la nieve, con más de una docena de lobos alrededor, pidió a los viajeros que le dijeran a su madre, Huilda, que estaba bien. La compañía no la atacó, y un lobo, Tepe, los acompañó un tramo y se negó a entrar en Ungarn. En el pueblo, Antonieta juró que Elisa había muerto en la primera oleada de la enfermedad, doce años atrás. Huilda —la gitana que vino a vivir a la puerta del pueblo, dicen los Hoyer, para arruinarnos la fiesta— sufrió una apoplejía cuando la encontraron, y sólo con la mano de Lirio sobre ella consiguió decir lo que tenía que decir: que Félix mató o se llevó a su hija, que ella lo maldijo, y que la clave está tras una gárgola: la rosa blanca.

La compañía la encontró: una gárgola a la que le falta un ala, una puerta secreta, una cripta cubierta de esporas mortales que sólo un paladín pudo cruzar, un guardián muerto de otra guerra que exigía armas encantadas y cobraba en vida, y al fondo una capilla con siete rosas blancas del descanso eterno. Arrancarlas todas apagó la capilla para siempre. Lem murió en esa cripta. Silvania les ofreció escolta para irse con su cuerpo, bajo amenaza de destruirlos si seguían; y en el bosque, ante la elección entre hacer justicia en Ungarn o salvar al compañero, la compañía eligió al compañero y abandonó una lucha que no consideró suya. Los poderes de Ungarn, al verlos irse, devolvieron el martillo y el cincel.

Lirio no se fue. Se quedó solo frente a la residencia del alcalde, mató a los dos lobos invernales encadenados de la entrada, cayó por una trampa a un subsuelo de ciempiés, y cuando Félix y Antonieta se le manifestaron, negoció otra cosa que venganza: que Elisa descansara. Lo llevaron en trineo hasta ella. La siguió por el bosque hasta el amanecer, la fijó con una rosa blanca, la atravesó con una estaca y la decapitó; la imagen de la madre se desvaneció, y la niña obtuvo lo que había pedido. Lirio salió de las Nieblas cargando una cabeza y una deuda de un año y un día.

El contrato para el Salón de los Registros

Lo que Félix y Antonieta querían de Lirio no era su vida: era un papel. Un contrato para ser ingresado en el Salón de los Registros de Sogol, la ciudad que siempre quisieron, uno de esos lugares donde los suyos pueden caminar tranquilos. Lirio lo aceptó, sabiendo que un contrato de Ungarn en el Salón de Sogol es una puerta abierta a algo que no camina a la luz; y sabiendo también que, en Sogol, el que asienta títulos en ese Salón es un modrón de su misma compañía. El archivo anota el contrato como lo anotaría Lem: hay asientos que alguien tocó.

Vínculos

Apariciones

  • Gesta viva de Sogol, jornada tercera — la deriva, Elisa y los lobos, el despertar de Lirio, Ungarn, la cripta, la muerte de Lem, la retirada.
  • Jornada cuarta — Lirio solo: los lobos invernales, la trampa, el contrato, el descanso de Elisa.

Casas del ciclo · ♓ 🐺 Un pueblo que quema las casas de sus enfermos y una niña que pide que le avisen a su madre que está bien: Ungarn es de esas cárceles que se presentan como hospitalidad. La compañía entró por un desvío, salió por un compañero muerto, y dejó adentro a un paladín que eligió el descanso de una desconocida por sobre la venganza de todos; y se trajo, sin quererlo del todo, un contrato para la ciudad que ama. — glosa del Decadiano.