Quiso arrancarle un muerto a la muerte, y a cambio le entregó a la Luna un gusano que devora el tiempo. Nadie le dijo que la piedad, cuando toca la ambrosía, se vuelve la más lenta de las catástrofes.
El inmortal que siempre despierta hoy
Hay un compañero para el cual no existe el ayer. Olimpo —el semidiós de rostro de mármol que arrastra cuatro o cinco mil años y ha olvidado por qué no muere— vive en un presente perpetuo: para él todo pasó siempre, y todo acaba de pasar. La crónica lo encuentra en su departamento sellado de New York, entre las antigüedades de la India que amasó cuando tenía nombre y fortuna en el mundo de los hombres. Porque hubo un tiempo dorado en que Olimpo fue dueño de un imperio de espectáculo —salas de cine, patinadoras hermosas, una cadena de radiodifusión— y convirtió esa riqueza en oro y en reliquias antes de replegarse a este cuarto que nadie osa tocar, porque en él ocurrió, hace medio siglo, un crimen jamás resuelto por los guardianes del tiempo.
De aquella niebla emergen estampas: una discoteca de 1974 donde un botellazo rebota contra su piel dorada; conversaciones con un joven Einstein sobre el tiempo anterior al tiempo, sobre un primer Nirvana; negocios con hombres de nombres griegos. Su nombre mismo es una identidad depositada por las divinidades olímpicas —el rayo, la sabiduría, la velocidad reunidos en un solo cuerpo—, y nadie sabe si esa reunión de gracias es un don que dejaron para cuidar del mundo o un despojo que le arrojaron a una humanidad que dejó de adorarlos. Olimpo no lo sabe: ha bebido demasiado del río del olvido.
La hermana que venía por su muerto
A ese cuarto detenido entra el presente en forma de una muchacha. Es Rey —la bailarina de veintipico, pelo corto ahora, la que los compañeros salvaron de la mona en las noches anteriores—, y no viene por una dosis. Viene por su hermano.
Porque Grant, su hermano, había muerto de una patada de aquel Armagedón durante un asalto a un banco de Buenos Aires; y Rey, con su poder de ilusión, lo trajo de vuelta, lo hizo consistente, casi consciente, sostenido apenas por la droga que corre en su sangre. Cuando los compañeros le arrancaron la ambrosía de las manos, le arrancaron también el hilo que mantenía viva la sombra de su hermano. Ahora la esencia de Grant yace guardada en un contenedor que Dédalo se dispone a trasladar al lado oscuro de la Luna, y Rey ha jurado ir hasta allí —cueste lo que cueste, la lleve quien la lleve— a despedirse. Otros ya se ofrecieron a llevarla; ella preferiría que fueran ellos.
El Mono Blanco, con su ciencia, y Olimpo, con su calma, la sosiegan: le dan un derivado antipsicótico —la metadona de aquella droga— y la muchacha, por un instante, encuentra paz y le da la mano a un fantasma que ya no está. Metrópolis, el guardián del tempo que ronda a los compañeros, se asoma a su mente para apaciguarla, con esa cortesía suya de no herir. Deciden llevarla. Y deciden, con ella, subir.
El asalto en la órbita de Icarus
Salir de la atmósfera no es cosa fácil para quien no vuela con cohetes. El Mono Blanco despliega su mesa de seis patas —esa tramoya bidimensional al modo de Tim Burton que en otra dimensión guarda quinientos kilos de carga y en esta se pliega a un maletín— y la vuelve cápsula de dos asientos; Olimpo carga lo que su fuerza aguanta; el resto vuela por su cuenta. Cruzan el cielo hacia la Icarus, la estación que Dédalo mantiene allá arriba, en el vals silencioso de una odisea del espacio.
No llegan solos. Trazando su trayectoria entre los satélites vienen hacia ellos tres figuras rojas: soldados de armadura metálica, sin capa, con picas de punta de rubí láser, criaturas hechas para el vacío y para los viajes dimensionales. Metrópolis, que no combate con los puños sino con la mente, se interna en el cerebro de esos autómatas: posee a uno, controla a otro, los vuelve contra sus hermanos. Paragon —el titán volador— los agarra, los hace girar en llaves inglesas imposibles y revienta a uno de un golpe: por el metal roto no sale sangre, sino órganos que quedan flotando en el espacio como un vals galáctico. Son, se entiende al fin, criaturas vivas procesadas: humanoides a los que se les injertó una armadura biológica que casi no puede quitárseles, soldados menores de Terminus —los que en aquel otro mundo hacen las veces de los emisarios de su general, los que llegan antes de la invasión—.
Metrópolis, que dice ser el guardián de los registros akáshicos, lee en la Biblioteca el linaje de estas cosas y algo más antiguo aún: la estirpe de un autómata de bronce, hijo del dios de la forja, con un solo talón por punto débil. Cuando terminan, tienen dos soldados poseídos por ejército propio, y la Luna delante.
El lado oscuro de la Luna
Llegan al lado que no ve el sol, donde ya no se distingue el planeta azul a lo lejos. Hay una base: búnkers achaparrados, casamatas, una veta de minería en un cráter, una vieja bandera americana todavía izada junto a un módulo lunar aterrizado —el que partió de Icarus con la carga de Grant—. Cerca del borde del cráter se frenan dos vehículos lunares, y de uno de ellos baja una figura que, en la noche, enciende dos ojos rojos y avanza volando por el vacío.
No es Talos. Es su mano derecha: Keres, autómata de bronce y armadura azul, criatura de la primera creación, que se interpone en nombre de Marte Sociedad Anónima y sus aliados. Restrinjan su proximidad, ordena; estamos en misión de recuperar los elementos de nuestra franquicia. Detrás de él, cuatro figuras de trajes blancos —las Cuatro Razones, otros tantos soldados procesados— bajan a Rey con un casco puesto hacia el módulo, para arrancarle lo que fue de ellos.
Se rompe el molde. Dédalo, desde adentro del módulo, es de la Liga de la Libertad y no piensa entregar nada; advierte que los recién llegados cargan bombas y pueden volar el lugar. Y en el feed aparece lo imposible: junto a Rey, sin traje, caminando sobre la faz de la Luna, la figura menor de un muchacho de pelo parado. Grant ha vuelto a manifestarse. Hermano y hermana se juntan, cada uno aferra una pata del módulo y las patas empiezan a desintegrarse.
La batalla por el módulo
Lo que sigue es un combate en cámara lenta, con el peso trocado por la masa y la gravedad de la Luna volviendo lento hasta el desastre. Keres cae sobre Olimpo y le drena las fuerzas: una luz roja como de kriptonita que le arranca cinco puntos a cada una de sus virtudes, que le vuela dientes, que lo deja mermado. Olimpo, aun disminuido, responde con la gravedad —usa un propulsor del módulo como arma antigravitatoria para arrojar soldados al fondo del cráter—. Dédalo, desde adentro, hace lo mismo con su dominio del peso, y manda a un enemigo doscientos metros dentro del cráter lunar. Paragon golpea y encaja, resiste el drenaje, queda aturdido, magullado, al borde de caer.
Y el Mono Blanco resuelve la escena con su ciencia terrible. Sobre un pad ha dejado marcadas, una hora atrás, unas coordenadas cerca de la estación Icarus; triangula una de esas marcas con la cabeza de sus enemigos y dispara su rifle de anclaje dimensional —esa arma de servicio que arrebató a los científicos, que lanza una bala de titanio a través de un agujero de gusano y la devuelve con toda la inercia de una vuelta al mundo—. La primera bala, a trescientos metros y sin ángulo posible, le vuela la cabeza a una de las Cuatro Razones. La segunda, más tarde, atraviesa la frente de Keres: de la herida no mana sangre sino circuitos, y los ojos rojos del autómata parpadean como un Terminator y se apagan. Cae la mano derecha de Talos.
La confluencia: el gusano que susurra Blanqui
Pero el precio ya estaba pagado antes de la victoria. Rey y su hermano, aferrados a las patas del módulo, lo precipitan hacia el cráter, y en su interior confluyen —hermana, hermano y ambrosía— tal como habían confluido una vez cuando los atraparon los científicos. La carga se comprime y estalla en cámara lenta contra el suelo; quedan los pedazos del muro, y algo se entierra: un gusano negro, un agujero de gusano, donde Grant y Rey se ven acumulados hasta tener una sola cabeza. La Luna empieza a beberse, por ese agujero, una cosa que no sucede en un solo tiempo.
Y lo último que oyen es un susurro: Blanqui. Blanqui. Dédalo pone nombre al espanto. Es la conciencia de un condenado que hace mucho fue encerrado en una torre del todo, en un fuerte del norte de Francia —un revolucionario de la Comuna que escribió, antes que nadie, sobre la reversibilidad de las estrellas y la Luna, sobre cómo estamos todos presos en la misma historia que vuelve—. Ahora ese susurro se ha metido en el satélite como una locura dentro de una manzana, y amenaza con devorarlo entero. Y si la Luna cae, con sus mareas y su masa, la Tierra cae con ella: la guerra estaría perdida.
El consejo de guerra en Icarus
Recogen los cuerpos flotantes, se repliegan a la estación —salas de paneles vintage al modo de Star Trek, acero blanco— y Dédalo abre su memoria. Confiesa que este es su viejo pecado: que él construyó El Laberinto, y que su antiguo enemigo, el maestro Taurus —un autómata que forjó el dios de la forja y que Dédalo aprendió a desactivar, pero que siempre vuelve—, y otros once con él, están detrás de estas figuras. La criatura del cráter tiene ahora más poder muerta que viva; sacarla sería una operación quirúrgica, y las gravitaciones no pueden aplicarse a la ligera tan cerca de la masa que gobierna las mareas del mundo.
Entonces Olimpo se lamenta —la única forma de haber evitado esto habría sido matar a Rey a tiempo, y eso es horrible—, y el hijo de un político, ese guardián del tiempo que los acompaña, deja caer que él podría volver el tiempo atrás… aunque no lo recomienda: si fracasan, la confesión no saldrá de ninguna parte. Pero encuentran, en cambio, una carnada. La droga genera adicción; la droga es la fuente del poder del gusano. Si le tiran droga como quien ceba un anzuelo en el fondo del mar, quizá lo saquen a la superficie donde puedan enfrentarlo. El Mono Blanco confiesa cuánto guarda: de los quinientos kilos, unos cuarenta destilados a mano y el resto a buen recaudo —parte en su oficina, parte en la vieja Conexión Shawarma, donde durante años dejó la sustancia a resguardo de los que la codiciaban—.
Trazan el plan: sellan la boca del túnel que baja al centro de la Luna, la dejan bajo guardia. El Mono Blanco se queda con Dédalo a estudiar cómo cebar al gusano; Olimpo toma un taxi espacial de vuelta a la Tierra a reunir a cuantos aliados de la Liga de la Libertad pueda traer. Fue una victoria pírrica: sobrevivieron, acabaron con los soldados de Marte, pero le abrieron a la Luna una herida que susurra.
Escenas de color
En su taller, el Mono Blanco vuelve sobre su mesa Mark I a desmontar la tecnología manchada de los soldados de Terminus —cables por todas partes, otra manera de pensar la ingeniería, cuerpos que estaban enchufados como adaptadores—. En un pad registra su voz y establece un pacto de colaboración con ONNI, aquella inteligencia artificial de los Errantes que en su momento desconectó y que ahora, con desconfianza y todo, acuerda trabajar con él. Se sabe, además, cabeza de una organización propia y subterránea, resistente: una riqueza hecha de fachadas —una agencia de turismo en las islas griegas, conglomerados y subsidiarias— levantada en apenas tres años bajo el signo de Aries.
En la penumbra, Dédalo medita en voz alta sobre su vieja obra: defender el Laberinto es imposible; el Laberinto solo existe como una organización construida en la mente del hombre. Taurus, el toro, la realidad del laberinto: una imaginación, una fantasía. Y los compañeros, entre el humo y la fatiga de los que acaban de arrancarle otro muerto a la muerte, se quedan siendo lo que son: amigos.
Vínculos
- Olimpo — el inmortal amnésico que voló a Rey a la Luna y recordó su imperio dorado
- Rey — la hermana que vino por la esencia de su hermano Grant y confluyó con él en el gusano
- Mono Blanco — el inventor simio; su rifle de anclaje dimensional mató a Keres
- Paragon — el titán que peleó cuerpo a cuerpo contra los soldados de Terminus
- Metrópolis — el guardián del tempo; poseyó y controló a los autómatas, leyó la Biblioteca Akáshica
- Dédalo — el artífice de la Liga; custodio de la carga, confesó su pecado del Laberinto
- Keres — la mano derecha de Talos, autómata de bronce que drenó a Olimpo
- las Cuatro Razones — los cuatro soldados blancos procesados de Marte/Terminus
- Terminus — el enemigo cósmico cuyos soldados-omegadrón interceptaron a los héroes
- Marte Sociedad Anónima — la corporación que envió a Keres y las Razones a recuperar la ambrosía
- la ambrosía — la esencia-droga; carnada del gusano y munición del rifle dimensional
- Icarus — la estación orbital de Dédalo, de donde partió el módulo y donde se planea la contraofensiva
- la Luna — el satélite ya partido, ahora herido por el gusano en su lado oscuro
- Biblioteca Akáshica — donde Metrópolis leyó el linaje de Keres y de Talos
- el maestro Taurus — el autómata enemigo de Dédalo, forjado por el dios de la forja, tras las figuras
- Conexión Shawarma — el escondite donde el Mono Blanco guardó parte de la droga
- ONNI — la IA de los Errantes, ahora aliada del Mono Blanco en su taller
- Liga de la Libertad — la orden de guardianes a cuyos aliados Olimpo vuelve a buscar
- New York — la ciudad platónica; el departamento sellado de Olimpo abre la sesión
Capa lúdica [R]: Sesión 5 de Never 9-11 / Earth-212 (Mutants & Masterminds 2e), campaña MYM. Presentes: Olimpo (inmortal), Mono Blanco / Gatnik (inventor), Paragon (strongman) y Metrópolis (mind controller, PJ del “hijo del político” / guardián del tiempo). Ifrit ausente. Arco: intro-flashback de Olimpo (imperio mediático dorado, memoria del olvido) → Rey pide ser llevada a la esencia de su hermano Grant → ascenso a la órbita y combate contra tres soldados-omegadrón de Terminus → batalla en el lado oscuro de la Luna contra Keres (mano derecha de Talos) y las Cuatro Razones de Marte → la confluencia de Rey + Grant + ambrosía en un gusano/agujero de gusano que susurra “Blanqui” y amenaza con devorar la Luna → consejo de guerra en Icarus, plan de cebar al gusano con la droga como carnada. Escenas de color: el Mono Blanco pacta con ONNI y perfila su organización-fachada (signo de Aries); Dédalo medita sobre El Laberinto y Taurus. Nota de continuidad: el “Doctor Taurus / Bull Taurus / maestro Taurus” del audio es el ya canónico Dominotauro; el nombre del hermano de Rey se fija aquí como Grant.