Notre-Dame
«Este es el templo de París, pero es donde termina la orden.» — palabra de los Templarios, recogida ante la fachada
Quien llega a París desde las afueras la ve antes de ver la ciudad: «ves el brillo de lo que sean las catedrales, entre ellas Notre Dame», un fulgor de cristal facetado alzado sobre la Île de la Cité. Yo, que la conocí en pie y la lloré en ruina, dejo aquí lo que el archivo permite afirmar: que fue repositorio, teatro de justicia, meta de peregrinos, boca de un mundo inferior — y que en 1889 dejó de ser todo eso de una sola vez.
La piedra y sus soles
El edificio es una cruz de piedra: entrada principal, una serie de columnas, nave, altar, y «el tesoro que se va para abajo». Torres a los costados, y «están todos los santos alrededor, en las piedras». Al mediodía, por los rosetones «entran los soles»; y aquí conviene detenerse, porque estos rosetones no son ventanas como las de otras iglesias: están «cortos o abiertos», de modo que se puede circular a través de ellos. El rosetón de París «tiene 24 signos», dispuestos en pares opuestos y correspondidos con las plataformas de la plaza.
Por esos rosetones entran y salen tres gárgolas «de buen tamaño» que anidan sobre la fachada. No son ornamento: se desplazan. Alexio las observó anidando, y este cronista no sabrá decir si vigilan, sirven a alguien, o simplemente habitan. El edificio no está sellado; tiene tráfico aéreo propio, y quien mira desde el cielo mira hacia adentro.
Adentro: los vitrales —«los vidrios que son vitros»—, «los fríos», las ofrendas de los orfebres, y unas piedras rojas cubiertas con telas, que el propio narrador de estos hechos hermanó con «el lugar sagrado de los musulmanes que es la piedra cubierta con una especie de telas negras, solo que en Notre-Dame se cubren unas rojas, unas piedras». Afuera, flores dejadas por los que vienen a pedir.
La plaza: tres oficios de un mismo suelo
Frente a la catedral hay plaza propia, y sobre ella dos plataformas separadas por un poste central: «hay dos plataformas ahí y en el medio hay un palo». Ese suelo cumple tres oficios y ninguno estorba al otro:
- Peregrinación. «La gente llegaba a ver el lugar del bien y el amor y la curación»; se dejan flores. En 1717 el registro da peregrinos, flores y plataformas.
- Justicia. La plaza es sitio designado de ejecución: «va a ser público frente a Notre-Dame, es como retractación pública donde el mismo es verdugo».
- Invocación. Sobre las plataformas zodiacales se ejecuta la invocación revolucionaria, y los 24 signos del rosetón se corresponden con ellas.
El lugar de la curación y el lugar del verdugo son el mismo lugar; así administra su sagrado esta ciudad.
Las entradas, según los mapas
Los accesos están numerados en mapas que se estudian antes de entrar. La entrada seis se abre por el costado y es la menos evidente: se la elige «como la más factible para poder entrar sin ser detectados». El sector 7 son las balconadas; el 8 es un edificio aledaño, estructura separada que no pertenece a la catedral. Hay además una puerta lateral «que extrañamente está abierta», y una vía que solo conocen algunos: «por un túnel, que da al subterráneo para emerger en la misma iglesia, en el tesoro, en el Sagrario» — «conocemos un camino alternativo para entrar en Notre-Dame». Que la vía secreta desemboque justo en el tesoro no es casualidad: todo lo valioso del edificio está en la dirección del descenso.
En cuanto a portales, en la fecha registrada «está todo cerrado», pero desde Sigil se anunció apertura: «va a haber en unos días, se los dije con Sigil».
Lo que baja
La iglesia visible es la tapa de una iglesia mayor. Escalinatas descienden bajo el edificio hacia un laberinto de osario donde «los huesos, como están comprimidos y conformados de tal manera que en los nichos, en vez de necesitar tumbas específicas, sarcófagos, etcétera, ellos mismos son las paredes de muerte». Y más hondo todavía, «la catedral gigante con seres dracónicos» en el interior — sin medidas, sin constructor conocido, sin fecha.
La creencia popular de que «en Notre-Dame había sido un templo de Isis» pertenece a esta misma lógica de estratos: cada piso es una capa de culto sobre la anterior. Y no todo culto en esas honduras es de luz: allí abajo se celebran ritos donde «los reguladores, los diablos están todos en una misa demonía», con sacrificio de guardianes. En Notre-Dame aparece también Grast, y se habla de «los emisarios de Gras».
Donde termina la Orden
Para la Orden Templaria, Notre-Dame es «el templo de París» y a la vez el sitio de su final. Los Templarios la han visitado en múltiples líneas del mundo —«no es la primera vez que vemos esta catedral»—, lo que la vuelve un nodo recurrente entre versiones, no un edificio de una sola época. Su órgano fue inaugurado un 2 de enero y no sonaba desde 1600; el archivo calla el porqué de tres siglos de silencio.
El atentado y sus versiones
En 1889 estalla. El evento no fue un daño edilicio sino cosa mayor: «el atentado de Notre-Dame: iba a haber una especie de deliberación y renacer del mundo, incluso todos los dioses estaban de acuerdo en eso». Lo que se hizo estallar, con Reguladores, fue «el corazón de Notre-Dame»; la mano fue el padre de Merle Bartok, que terminó siendo «medio un suicida» y quedó debajo de Notre-Dame. Ese mismo año, al final de su vida, Pablo acude in extremis a pedirle perdón a la Dama.
Después, las versiones se bifurcan y este cronista las deja bifurcadas. Una da la catedral en 1890 vacía, fría y gris; otra dice que tras el atentado «apenas queda una carcasa negra»; la línea de París Ucrónica la da directamente ausente: «la Île de la Cité, de Notre Dame desaparecida, por cierto». Y hay un testimonio que enturbia el acta misma del estallido: «bajan la palanca… estalla Notre-Dame y eso no sucede, sucede otra cosa». Qué parte del evento se canceló y qué parte ocurrió, el archivo no lo fija. Cuando estalla, en cualquiera de las versiones, París pierde su centro, y la isla queda con una ausencia visible en el paisaje. Frente a la catedral se registró además una alteración temporal «del tamaño de una ciudad» — de la que no consta duración, causa ni fin.
Advertencias del cronista
Escribo viejo y escribo de un edificio que quizá ya no existe, y por eso anoto con cuidado lo que no sé. No sé si el atentado de 1889 es la causa de la desaparición que registra París Ucrónica, o si son eventos distintos que la memoria confundió. No sé qué son las piedras rojas bajo sus telas, cuántas son, ni si son ellas el corazón que se hizo estallar. No sé si la Dama a quien Pablo pidió perdón es la advocación de la casa, la potencia del sitio, o alguien más. No sé si las gárgolas viven, vigilan o solo anidan. De la catedral dracónica de abajo no tengo medida ni constructor; del órgano, no tengo año de inauguración ni razón de su mudez; de las plataformas y su poste, ni material ni tamaño, solo su correspondencia con los 24 signos. Los mapas numeran hasta el 8, pero de las entradas 1 a 5 nada llegó a mis manos. Y de los rosetones abiertos no sabré decir si lo están por diseño, por ruina, o si se abren y se cierran como se abre y se cierra todo lo demás en esta iglesia. El que sepa, que corrija; el que no, que no invente.
Véase además: Sigil · Pablo · Orden Templaria · Merle Bartok · Reguladores · Grast · Alexio
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.