Zenobia

«Vengo a liberar Egipto.» — palabra de la soberana, tal como corre por las calles de Alejandría

Yo, que me he declarado «un aliado de Zenobia», debo escribir sobre ella con la cautela del que sabe que las reinas se leen mejor de lejos y se sirven mejor de cerca. Reina de Palmira, soberana de hecho de la parte oriental del mundo romano, gobierna en el presente Alejandría, «la ciudad ancestral de mi soberana Zenobia», y se declara descendiente de Cleopatra. No es una provincia con corona: es «otro imperio importante», potencia par de Roma y de Persia, y ante ella —no ante un senado lejano— se declara hoy la lealtad en el oriente.

El linaje y las armas

Su figura se sostiene sobre tres piezas que se necesitan entre sí, y conviene desmontarlas como se desmonta una genealogía.

La primera es la sangre: desciende de Cleopatra, y esa ascendencia la ata a Alejandría como ciudad ancestral y le da derecho sobre Egipto. La segunda son las armas, que no son suyas sino heredadas: su marido fallecido, Odenato, «es el que detuvo a los persas», y ese mérito sostiene todavía la posición palmirena frente a Roma. La tercera es un silencio: el del senado romano, que nunca la nombró emperatriz. Manda de facto, no de derecho — «es más de facto que de… que porque el senado romano le dijo vos también sos emperatriz, no dijeron eso, pero de facto ella tiene el poder suficiente». Sangre sin ley, armas sin corona: un poder así solo puede confirmarse o destruirse por la guerra.

La consigna «vengo a liberar Egipto» es el punto donde las tres piezas se juntan. Le sirve de título, de bandera y de justificación: el derecho de Cleopatra la autoriza, la victoria de Odenato la respalda, y el silencio de Roma la obliga.

El dominio

Su poder cubre «toda esta parte» del oriente romano: Palmira como sede, Alejandría como posesión ancestral y presente. Quien controla Alejandría y Egipto controla a través de ella, y por eso los compañeros que atraviesan estas tierras se ubican respecto de Zenobia por alianza o por sujeción — Pablo entre ellos, aliado declarado, y hay quien habla de ella lisa y llanamente como «mi soberana».

La guerra anunciada

Está dicho, y lo dicho pesa: «va a haber guerra entre Zenobia y Aureliano». De esa guerra depende si Egipto queda liberado o vuelve a Roma; el oriente entero cambia cuando ella cambia. Este cronista no sabe en qué estado se encuentra ese choque —anunciado, en curso, o aún evitable— y no adelantará vísperas que el mundo no ha confirmado.

La disputa de las sedes

Hay que consignar, porque el oficio lo exige, una versión discordante. Frente a los registros que la sitúan en Palmira y Alejandría, una voz tardía afirma que «Zenobia existe en España de hecho, de ahí venía Torreón y todas las huestes». ¿Escuela que desplaza Palmira a la Península Ibérica, o simple confusión de copista? De la respuesta depende nada menos que el origen de Torreón y de sus huestes. Las dos versiones quedan aquí, una junto a la otra, como se dejan dos monedas de cuño distinto sobre la mesa del cambista: que decida quien pueda.

Advertencias del cronista

Confieso lo que no sé, que es mucho. Nadie ha dejado escrito su rostro: ni su edad, ni su vestimenta, ni su corte, ni una insignia; de su ejército y de su sede palmirena no hay descripción alguna. No sé qué extensión exacta tiene «toda esta parte», ni qué ciudades además de Palmira y Alejandría le responden. Y sobre mi propia alianza —qué me une a ella, qué obtiene cada uno— el archivo calla, y yo, por prudencia o por lealtad, callo también.

Véase además: Pablo · Alejandría


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.