Mundo

«Este universo, este mundo en particular es un mundo creado por un demonio; este mundo es demonio, este mundo es negativo.» — sentencia recogida entre las voces del archivo, y primera piedra de toda lectura

Quien escriba sobre el Mundo debe empezar por confesar que escribe desde adentro de aquello que describe, como el pez que quisiera hacer tratado del agua. Este cronista, que ha visto pasar imperios y ha visto pasar también la paciencia de los imperios, ofrece aquí no una descripción —el archivo no la concede— sino una gramática: las tres reglas que rigen esta casa, y la advertencia de que la casa misma es sospechosa.

De la naturaleza negativa

La primera regla es ontológica y no admite consuelo: el Mundo fue creado por un demonio, y no como quien fabrica una vasija —el alfarero queda fuera de la vasija—, sino de modo tal que «este mundo es demonio, este mundo es negativo». La negatividad no es vicio de sus habitantes ni juicio sobre sus costumbres: es condición de fábrica. El que busque bondad aquí no está prohibido de encontrarla, pero la encuentra a contrapelo del material. Qué demonio fue el artífice, y si tiene nombre, el archivo lo calla; este cronista, que ha aprendido a desconfiar de los nombres que llegan demasiado fácil, prefiere el silencio a la invención.

La segunda regla es la autonomía: «este mundo también se defiende y no tiene que venir con el plano mental». El Mundo no espera órdenes de esferas superiores; tiene fuerza de defensa propia, como un organismo que no consulta a su alma para cerrar la herida.

La tercera es teológica: es «un mundo multipanteónico». Ningún dios reina solo; los panteones coexisten sin hegemonía y trenzan sus deidades en sincretismo —«surdimbre en un mundo multipanteónico»—, de modo que ninguna religión puede erigirse en verdad única. Cuáles son esos panteones, el archivo no los enumera. Que son muchos, basta para la regla.

De las máscaras

El Mundo es «un lugar de máscaras, tanto con máscaras»: lo que se muestra no es lo que hay. Esta no es una observación sobre la hipocresía de los hombres —eso sería trivial, y este cronista ha gastado ya demasiada tinta en la hipocresía de los hombres— sino sobre la textura misma del lugar. Toda apariencia debe tratarse como testigo interesado. Súmese esto a la regla primera: un mundo negativo que además se enmascara obliga al estudioso a leer dos veces cada cosa, y a desconfiar de la segunda lectura.

De la escala, o el mundo en una hoja de hierba

He aquí la maravilla y el vértigo. El Mundo no es uno sino uno entre incontables: «hay mundos en las hojas de hierba, son los mundos posibles y visitables», y cada hoja del árbol de Kumal contiene uno. En el eje del norte, el árbol es Yggdrasil —que alguna mano descuidada asentó como «brasil mundo nórdico», grafía que consigno sin bendecir—, árbol de la vida donde «los distintos mundos que tocan» se articulan por ramas. Y sin embargo la escala se invierte dentro de sí misma: «el mundo cabe en una hoja de hierba o en un pequeño diamante, en un rubí». Contenedor y contenido intercambian lugar; el Mundo es a la vez enorme y un objeto que se sostiene en la mano. A quien se le concede verlo, «se ve esa visión de la complejidad» —por un momento, no más.

Cerca del Mundo, pero excediéndolo, está el Laberinto de Marfil, «más grande que un mundo material»: humillación aritmética que conviene no olvidar. Y hay mundos nombrados aparte —el mundo de las uñas, el mundo de Helena— a los que se llega «choreando, tipo ladrones»: la entrada a otros mundos es posible pero irregular, visita de un momento o incursión furtiva, nunca camino real.

De la superficie habitable

Sobre esa arquitectura cósmica se monta una capa histórica que es la que pisan los viajeros. El Mundo se ve y se viste como «un 1600-1700», aunque el calendario diga otra cosa; en Bahréin y el mundo árabe circula moneda fuerte —«te muestran un dinar de oro así fuerte»—. Cómo se articulan la superficie de época y el árbol de los mundos, el archivo no lo explica; este cronista sospecha que preguntarlo es ya un error de escala.

Del fin anunciado

Sobre el Mundo pesa una fecha terminal: 1901. La profecía se enuncia desde 1120; en 1889 se dijo «en doce años se termina todo»; y la creencia prevalece en la época —«esas son las épocas del fin del mundo»—. En la cronología de Pablo figura asimismo «el final del mundo en 1901». Y sin embargo hay registro fechado el 21 de junio de 1901: el mundo camina sobre el año de su propia muerte anunciada. Dos escuelas se disputan la lectura: la que sostiene que el fin es sentencia del Mundo, y la que sostiene que es creencia de sus habitantes. El archivo alberga ambas y no las casa. Este cronista, que ha sobrevivido a más de un fin del mundo, se limita a notar que la profecía y el calendario se miran de frente, y ninguno baja la vista.

Escolios y confesiones del cronista

Confieso lo que no sé, que es casi todo lo que un viajero querría saber. Del Mundo como cuerpo no tengo paisaje, ni clima, ni arquitectura, ni un olor que ofrecer: solo la estética de su siglo. No sé si el mundo de las uñas y el de Helena son hojas de Kumal, ramas de Yggdrasil, o una tercera especie sin árbol. No sé qué significa, en el oficio, entrar a un mundo «choreando, tipo ladrones»: los que lo hicieron no dejaron manual. No sé el valor del dinar, ni si es la moneda de los hombres o su sombra. No sé si el desfasaje entre el año 1901 y el vestido de 1600-1700 es anacronismo deliberado del Mundo o achaque de una región. Y no sé —lo repito para que conste dos veces— el nombre del demonio que hizo esta casa. El que lea, lea con las máscaras puestas: es la única cortesía que el Mundo entiende.

Véase además: Laberinto de Marfil · Pablo · Demonios


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Lo que el archivo no fija, no se inventa.