
Tierra Santa
Quien parte de Génova con rumbo al oriente hace una sola escala, en Sicilia, y después no hay más tierra amiga hasta que el vigía anuncia Chipre y, detrás, la costa siria. Que no se engañe el viajero con lo que sigue: no lo espera un puerto. No lo espera ninguno. La costa de Tierra Santa carece de escollera y de buenos puertos; no hay desembarcaderos, y los que sueñan con pie firme frente a la costa siria terminan pensando en «un islote de ahí cerca», frente a Chipre. Así entra uno en la región que el mundo entero trata como su centro de gravedad: mojándose.
De la ciudad que se llega sin llegar
Corre julio del año 1300. Las poblaciones están reconstruyendo sus vidas después de tal vez doscientos años de guerra, y el territorio cruzado —Jerusalén y su tierra— fue fundado hace apenas unos veinte. Tierra Santa es región sagrada para las grandes religiones del libro, destino último de la ruta Génova–Sicilia–Tierra Santa, y sin embargo no es un bloque: es un mosaico de feudos, de tanta gente la ira, la desconfianza, donde nadie manda solo. Los que la recorren lo hacen por el borde del lado de los cruzados, y cuando los señores de Tierra Santa necesitan hablarse sin degollarse, se convocan en Decápolis, que funciona como punto de reunión; hasta allí mandan embajadores los Templarios, que tienen además al menos una iglesia propia en la región — «nuestra iglesia en Tierra Santa», dicen los suyos, sin señalar en qué feudo queda.
Del camino interior
Entre la costa y los santuarios media un «difícil terreno» que obliga a correr y a ir escoltado. El viaje no se hace en línea recta sino por etapas: costa, interior, Cuernos de Hattin, y un bosque oscuro «que al principio no parecía un bosque», en las afueras. La atraviesan wadis, cauces de río seco donde el caminante se siente acechado. Y hay zonas donde la arena «se ha vuelto un tanto espejadas» por efecto de la luz — el cambio se ve antes de pisarlo, y ahí la arena se va quebrando bajo el peso y «de golpe hay un hueco». Nadie ha dicho si esas arenas son obra de la naturaleza, de una trampa, o de algo peor que se dirá más abajo.
De los hitos del mapa
El que despliega la carta ve, al norte, las Fuentes del Jordán, el Monte Hermón y Cades; Nazaret, ciudad del Mar de Galilea; los Cuernos de Hattin; Judea con Jerusalén, el Río Jordán, Jericó, Gezer, el Herodeón; y al sureste, la zona de los nabateos. En Jerusalén se alza el Templo de Salomón, que está rehérido — dañado — y «todo silencioso en este momento». Los que saben leer templos leen en ese silencio el estado espiritual de toda la región.
De lo que guarda
Tierra Santa es tres cosas sobre un mismo suelo. Es frontera militar: doscientos años de guerra continua, y ahora presión de fuerzas extrañas del este —turcos mongoles, turcos chinos— en conflicto con los mamelucos. Es nudo comercial: se busca instalar una factoría frente a la costa siria, aunque sea en un islote, para comerciar en la Ruta de la Seda. Y es reserva sagrada: aloja el Sudario —la Sábana Santa, que buscan los Caballeros— y las uñas de Santa Cecilia, que junto a otras cosas protegen el Cronomicón. Los santuarios quedan así repartidos entre feudos que no se confían entre sí y que dependen, todos, de un solo corredor hacia Europa: el condado de Edesa. Si Edesa cae, «quedamos aislados en Tierra Santa».
De su peso en el mundo
«La Tierra Santa es lo sagrado, es aquello que le dio importancia a miles, a millones de personas», a lo largo de generaciones. Por eso lo que pasa acá no queda acá: las invocaciones que Dante realizó sin querer contaminan la política de Federica, y hay quien afirma que Tierra Santa «en este momento fue conquistada por el infierno». Es el destino que justifica el viaje entero de la expedición; y terminado el conflicto, sigue ahí, abierta: «tienen toda la ciudad y toda la Tierra Santa».
De las tres Tierras Santas
Aquí el cronista debe confesar que su mapa dice tres cosas a la vez, como esas cartas donde cada mano que las corrigió dejó su propia frontera. Una escuela sostiene que la región es un mosaico de feudos controlados por cruzados, con los viajeros moviéndose por el borde de ese lado. Otra, que «está tomado más que nada por los moros». Una tercera, la más sombría, que «Tierra Santa en este momento fue conquistada por el infierno». Quizá sean estados sucesivos de una misma ciudad; quizá capas simultáneas de un mismo suelo, como la arena espejada que es arena hasta que deja de serlo; quizá versiones de bocas distintas. Este cronista las asienta las tres tal cual, y no elige.
Advertencias del cronista
Quede dicho lo que la carta no sabe. No sabe cuántos feudos componen el mosaico, ni quiénes son nominalmente los señores de Tierra Santa, ni qué autoridad tiene sobre ellos la reunión de Decápolis. No sabe dónde queda exactamente esa «nuestra iglesia en Tierra Santa» ni de quién es el nuestra. No sabe qué hirió al Templo de Salomón ni qué significa su silencio. No trae cifras: ni habitantes, ni distancias entre los hitos. No consta si la factoría llegó a instalarse, en qué islote, con qué costo ni bajo qué permiso. Y no sabe si las arenas que se quiebran son fenómeno natural, efecto de la conquista infernal o trampa deliberada — ni qué es, en el fondo, ese bosque que al principio no parecía un bosque, ni por qué está donde está. El viajero prudente pregunte en Decápolis; el imprudente ya sabe dónde termina la arena.
Véase además: Templarios · Templo de Salomón · Dante · Ruta de la Seda
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.