
Tovag Baragu
Este nombre vive en 2 mundos del archivo. Las versiones no se funden: sus diferencias son canon, y leerlas enfrentadas es la mitad de lo que el nombre significa.
En ANTITERRA
Quien quiera llegar a Tovag Baragu no pregunte por el camino: pregunte por los portales. El que declara haber estado —la figura llamada Pico— no cuenta las millas sino los umbrales cruzados: «más de uno. Tres, para ser exactos». A Tovag Baragu no se viaja; se atraviesa hacia él. Y antes de la última piedra hay que pagar: «para entrar hay que hacer el sacrificio del caballo».
La aproximación
Se llega, si se llega, a «esa hora de la tarde indistinta donde estaba el calor» —hacia las cinco—, con el aire cargado de polvo suspendido, en medio de las estepas rusas, «medio quedando por el lado del territorio de Gran Cana». A tres o cuatro millas queda Kanak; a dos millas corre un río, del otro lado de la región, que «no está al lado de esto». Alrededor, una llanura de sal y un suelo muy erosionado: un paraje ya muerto para el uso ordinario, entregado entero a otra cosa.
La señal de que se está cerca no es visual sino de silencio: a una milla del círculo el viento deja de soplar por completo, y el viajero siente «como si estuvieran incorporados a algún tipo de red extraña». Esa milla sin viento es la verdadera puerta.
Los anillos y los obeliscos
Es un «gran centro de menhires» dispuesto en seis anillos concéntricos. «Algunos están rotos. No están perfectos. Pero algunas piedras tienen el bloque arriba y otros son solamente un bloque»: trilitos con dintel junto a lajas sueltas, piedras «celta, druídico, de muchos tipos» — el conjunto entero, dice el registro, «un exocósmico».
En el círculo central, levantado sobre tablones blancos, se alzan treinta y seis obeliscos de piedra blanca de más de diez o doce metros, «que parecen muy suaves», tan blancos que «al principio cuesta distinguirlos», sin forma clara, «como medio aplastado», con arcos. Los obeliscos son puertas: «una red de menhires en los portales». Pero el catálogo advierte: «no todos los portales llevan a buenos lugares». De los treinta y seis, solo ocho arcos guardan magia, y dormida —transmutación—; de esos ocho, solo tres suman además curación. Cómo se despierta lo dormido, el archivo no lo dice.
En el centro de todo, un reloj astrológico. Y junto al reloj, las reliquias: porque Tovag Baragu es también depósito. El cronista de la gesta lo señaló sin rodeos: «es importante este lugar»; lo llamó «el corazón de las tinieblas», donde están «los tesoros más grandes de todos».
La aduana
Sobre la maquinaria hay una capa de control. Una torre con puerta principal custodiada, que abre «un enorme troll», verde, feo, con alabarda. El rito del caballo como peaje fijo. Un sitio «muy bien guardado», no de acceso corriente. Quien mire el conjunto con ojo de mercader lo entenderá enseguida: puerta planar, archivo de reliquias y umbral guardado en un solo punto — un cuello de botella. Quien lo controla controla el tránsito.
Lo que espera al que entra
El lugar castiga. Afecta la gravedad; «había un vacío»; hubo presencias que «hubiera succionado la energía vital» del intruso, de no mediar cierta condición que el registro no explica. Hay regiones donde se pasa «de muertos a vivientes» — Tovag Baragu no distingue solamente entre lugares: distingue entre estados.
Del otro lado de los portales, o dentro del complejo mismo —el archivo no lo decide—, hay selva tropical primigenia: jungla con estratos vegetales debajo, insectos enormes, mucha savia, seres brontosáuricos, y agua en cantidad suficiente como para subir las aguas y alterar el terreno. A la salida, «una niebla los envuelve». Entre los que estuvieron con la compañía se cuenta a Lucas.
Advertencias del cronista
Dos Tovag Baragu conviven en las voces del archivo, y este cronista no va a fundirlos en uno. Los itinerarios lo ponen «en medio de las estepas rusas» y también «al lado de la costa»: ambas versiones quedan asentadas, y el que viaje sabrá cuál de las dos lo recibe. Peor aún: un registro lo describe como círculo druídico costero de casamientos, y otro como red de portales con reloj; en los hechos son la misma entidad, pero por qué un lugar de bodas druídicas sería también la aduana entre mundos, nadie lo ha dicho. Queda abierta la frase enigmática de que Tovag Baragu fue antes «el fondo del centro de la cresta» — qué era eso, y cuándo dejó de serlo, no consta. Tampoco consta qué reliquias duermen junto al reloj ni quién las depositó; ni quién oficia el sacrificio del caballo, ni qué le pasa al que entra sin pagarlo; ni cómo se elige destino entre los treinta y seis obeliscos; ni qué marca exactamente el reloj astrológico y qué gobierna; ni quién levantó los seis anillos, ni por qué algunas de sus piedras están rotas. El que crea saberlo, que lo pruebe con algo más que palabras.
En VALA
Nota de ruinas. Tovag Baragu es un laberinto dimensional que funciona según los principios de la Kabbalah y otras fórmulas esotéricas: un plano compuesto de círculos concéntricos que el registro llama meniles. Los cronistas lo sitúan donde se alinean las estrellas, entre ruinas, junto a una fuente del río del tiempo — y ese río vuelve a aparecer en otro asiento del archivo, esta vez bordeando un templo donde se lleva a cabo un ritual terrible.
Lo único que consta con firmeza es lo más oscuro: Tovag Baragu es un templo de Vecna. Si el laberinto, las ruinas, los círculos y el templo son cuatro caras de una misma cosa o cuatro cosas que comparten nombre, el archivo no lo resuelve; este cronista anota que en los lugares donde el tiempo tiene fuente, la geometría rara vez se deja contar una sola vez.
Poco más consta. Quien haya cruzado un menil, o sepa qué se ofrenda junto a ese río, que lo deposite en el archivo: esta nota es un círculo esperando su centro.
Véase además: Lucas · (el archivo aún no le traza vecindades)
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.