Constantinopla

Quien llega por mar no ve primero la ciudad: ve «la línea de torres, de torretas y cúpulas», y recién después, al doblar hacia la rada, comprende que esa línea era una promesa. Una sola ciudad como esta existe, y es irrepetible: más de cuatrocientas mil almas reunidas en el Bósforo, en el Estrecho donde se unen Asia y Europa —Bizancio antes, Estambul después—, foco económico, espiritual y cultural de la humanidad, capital del Imperio en su esplendor en torno al año mil.

El perfil desde el agua

Cúpulas y galeras y caballeros del medioevo: eso ofrece la ciudad al que se acerca. Las cúpulas son tantas que los locales aseguran que apartan el cielo mismo —«no se preocupen, acá no caen rayos, hay muchas cúpulas»—. Adentro, las calles llevan pavimento de mármol y la arquitectura residencial es «al estilo griego»: casas con porche, cubiertas de enredaderas y hiedras. Hay un callejón que los viajeros usan como punto de reencuentro, aunque ningún mapa lo fija. El mapa que sí se conserva, de las épocas de Teodosio, muestra la ciudad, Santa Sofía y el Cuerno de Oro. Fuera de las murallas —los Muros de Constantino— se extienden las planicies; las costas cercanas son oscuras de noche, y en esa oscuridad ocurren combates marinos.

Palacio, templo, hipódromo

El gobierno de la ciudad no vive en un solo edificio: se estructura en una tríada conectada. El palacio, con sus jardines privados; el templo, Santa Sofía; y el hipódromo, que no es sólo espectáculo, porque aloja los clubes, «que son las verdaderas facciones políticas de esta ciudad». La multitud, aquí, no es público: es parte del sistema.

Hacia 1150 el poder femenino está dividido en dos mujeres que no forman pareja: una emperatriz, y otra que es esposa de otro hombre importante al que ella eligió como consorte. El Patriarca de esa época es San Miguel o Miguel Primero — la grafía del archivo no decide si son un mismo nombre dicho dos veces. Un siglo antes, en la corte de 1050–1055, reina la Reina Teodora, que ya sabe «que un día caerá esta casa y que los muros de Constantino no resistirán».

Ciudad de todos los credos

Constantinopla «era muy muy libre y abierta a los distintos credos»: musulmán, pagano, cristiano con variantes iconoclastas. Sostiene, sin sonrojarse, discusiones bizantinas sobre si los ángeles tienen sexo. Esa tolerancia no es virtud sino consecuencia del tránsito: un lugar donde se unen dos continentes produce a la vez un puerto, un mercado de textos y una convivencia forzosa de dioses.

El mercado de lo escrito

Por sus bibliotecas circulan manuscritos, códices, tablillas de cera y puede que tablillas de cuneiforme; circulan también libros prohibidos, y fue aquí donde aparecieron las primeras versiones en traducción del Libro Negro. La Biblioteca Imperial será destruida en 1200 y otra vez en 1400 — y sin embargo el archivo afirma también la caída de la ciudad en 1453, y no establece cómo se ordenan entre sí esos tres golpes; las escuelas discuten y este cronista no arbitra.

Para los cronomantes la ciudad fue plaza operativa: durante un siglo —cuál, no quedó fijado— «muchos de los nuestros pudieron establecer y llevar el conocimiento» aquí. Es además el único lugar donde puede operarse la magia de la bengala, y es punto de cambio temporal: hubo quienes llegaron con el barco y ahí cambiaron de tiempo.

Rutas

«El barco los lleva hasta Constantinopla»: la ciudad es destino de las rutas navales y cabecera de la vía terrestre de peregrinos hacia el sur. Ese camino pasa por Ankara, Cesáreas, Tiana y Tarso, y remata en Éfeso y las cuevas secretas de los Durmientes, en algún lugar de la zona de Tarso: 792 millas terrestres —unos 1200 kilómetros—, dos semanas de viaje «haciendo las paradas adecuadas», y eso yendo rápido.

Patrimonio y responsabilidad

Hay una compañía que conoce esta ciudad «como nadie porque fuimos sus gobernantes»: conocen el palacio, conocen los jardines privados. Bajo qué nombres gobernaron y cuándo, el archivo lo calla. Lo que no calla es la medida del riesgo: si la ciudad concentra a la humanidad entera en un punto, todo lo que pasa aquí escala — y la infección de la criatura dentro de Constantinopla sería el desastre. Se habla, por fin, de unos mellizos extraños ligados a eventos cosmológicos de la ciudad; el propio registro advierte que ese tramo es muy poco claro, y así queda dicho.

Advertencias del cronista

Quede constancia de lo que este itinerario no puede dar. No sabe si San Miguel y Miguel Primero son una persona o dos. No sabe quiénes son la emperatriz de 1150 y la otra mujer del poder, ni cómo esa estructura dual se acomoda a la tríada de palacio, templo e hipódromo. No sabe qué siglo eligieron los cronomantes para asentarse. No sabe si el «consorte» de la profecía de Teodora es el emperador o una figura concreta que ha de volver a ayudar. No fija monedas, ni precios, ni qué se come o se compra en una ciudad declarada foco económico de la humanidad — escándalo de todo tratado, que se registra como deuda. Y no ubica en la traza urbana ni el callejón del reencuentro ni el puerto del desembarco: el que llegue, que pregunte, como se ha preguntado siempre en las ciudades del Estrecho.

Véase además: Reina Teodora · Santa Sofía · Cuerno de Oro · los Muros de Constantino · el Libro Negro · las cuevas de los Durmientes de Éfeso.


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.