Imperio Bizantino
«Miren todo lo que dominaba.» — el Narrador, recorriendo con el dedo el mapa del año 1055
Empiece el lector por perdonar el título. La voz misma que fundó este mapa lo corrigió en el acto de decirlo: «el Imperio Romano de Oriente, no el Imperio Bizantino». Y sin embargo bajo el nombre proscripto se archivó todo, y bajo él escribo yo, Paulus, que he aprendido que los imperios pierden primero el nombre y después las provincias. Esta entrada no es la carta de un reino: es la ficha catastral de una bisagra — el estrecho, la capital y los Balcanes — sobre la que tres potencias sucesivas se apilaron como capas de pintura sobre la misma pared.
El mapa de 1055
En su apogeo, el Imperio Romano de Oriente domina parte de Italia, todo el Mar Egeo, los Balcanes, «esto es Turquía», todos los reinos anatólicos, Cilicia, Antioquía, Chipre y «la parte de Siria». Así lo recorre el Narrador sobre el mapa, y así lo juzga sin disimulo: el Imperio Romano de Oriente «es espectacular». Pero ya en ese mismo año de gloria sus fronteras crujen: desde el oriente presionan militarmente los Torcos, y el mapa de máxima extensión es, como todos los mapas de máxima extensión, el retrato de un cuerpo un instante antes del golpe.
El asiento otomano
Después —cómo, este archivo no lo dice— el mismo asiento lo ocupa el Imperio Otomano: está «en posición de ese lugar», en Constantinopla y el Bósforo, y Constantinopla es «capital o una de las capitales» suya. Domina Serbia y los Balcanes; es el imperio de la región de Turquía — «la antigua Turquía, el Imperio Otomano». Si el lector quiere medir el peso de ese dominio sobre los pueblos del norte balcánico, «si queremos pensar mil trescientos ochenta y nueve»: Kosovo, 1389, la fecha que los serbios no olvidan.
Anoto además, sin poder explicarlo, que el territorio otomano es punto relevante de la cosmología de los cronocidios: el Imperio no es solo decorado del tiempo sino material del sistema temporal de este mundo. Por qué, el archivo lo afirma y no lo funda.
La Monarquía Dual
La tercera capa gobierna hasta 1920: el Imperio Austro-Húngaro, «la monarquía dual se llama así, búsquenlo», régimen de dos coronas, aliado de los germanos y enemigo de Serbia. Su capital se menciona en los registros —«a la capital del imperio austrohúngaro»— pero nunca se la nombra, como si el archivo también hubiera aprendido a desconfiar de las capitales. Desde abajo, desde los Balcanes, se lo nombra de la única manera que los oprimidos nombran a los imperios: «el imperio austro-húngaro que nos oprime».
El Cristo del Imperio
De la materia del Imperio casi nada sobrevive en las voces: ni murallas, ni palacios, ni puertos, ni moneda. Solo callejones y calles de «un imperio oriental», escenario de un combate del que el registro conserva apenas el ruido. Y una sola imagen fijada, que vale por todas las que faltan: el «Cristo del Imperio», al que «lo llaman el Martillo de Thor». Iconografía cristiana leída con nombre escandinavo o germano, por gente que «siguieron siendo como cristianos». Ahí está la otra cara de la composición imperial: la religión del Imperio se conserva, pero se renombra con el vocabulario del pueblo que la recibe. El Imperio impone su Cristo; el pueblo le devuelve su martillo.
La constante del corredor
Quien tiene Constantinopla y el Bósforo tiene Anatolia por un lado y los Balcanes por el otro; y quien tiene los Balcanes hereda a sus pueblos como súbditos hostiles. Esa es la ley de esta ficha catastral, y se cumple tres veces con tres actores: presión desde el oriente sobre el Romano de Oriente (los Torcos), dominio del norte balcánico desde Constantinopla (el Otomano sobre Serbia), opresión con alianza germana (la Monarquía Dual contra Serbia). El corredor no cambia; cambia el dueño. Y el resentimiento balcánico, que es la única renta perpetua de la región, se acumula siempre sobre el ocupante de turno.
Advertencias del cronista
Escribo con más huecos que tinta, y los declaro. Primero: la forma del nombre está en disputa por la propia voz que lo dictó, y no me corresponde a mí zanjar si «Bizantino» queda como alias tolerado o proscripto. Segundo: si estas son tres entidades distintas o una sola con tres fases, ningún registro lo establece; ninguna voz cuenta cómo pasa una a la otra, y este cronista, que ha visto caer nombres antes que ciudades, no va a coser esa costura por su cuenta. Tercero: no sé cómo se ve el Imperio — de qué están hechas sus ciudades, qué se oye o se huele en esos callejones. Cuarto: la capital de la Monarquía Dual queda mencionada y sin nombre. Quinto: qué sea exactamente el Cristo del Imperio —ídolo, advocación, arma, orden— y quiénes sean esos que «siguieron siendo como cristianos», nadie lo ha dicho. Sexto: el papel preciso del suelo otomano en la cosmología de los cronocidios queda afirmado y sin explicar. Y séptimo: el año 1920 queda registrado tal cual se dijo; el que venga después de mí, que confirme si es fecha fijada de este mundo o desliz de la voz.
Véase además: Constantinopla · Torcos · Serbia
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.