
Torcos
«Las huestes torcas están a punto de arrasarlo todo.» — parte de frontera, recogido entre los registros de la avanzada del norte
Escribe Paulus Alexandrinus: de todos los pueblos que este siglo ha visto moverse sobre la faz de Antiterra, ninguno pesa tanto sobre el sueño de los labradores ni sobre el cálculo de los príncipes como los torcos. Son «una mezcla de orcos con cimitarra larga»; vienen con capuchas, avanzan «así, medio lisqueando» —arrastrando el paso—, y vienen con hambre. Esa hambre no es accidente del camino: es, como se verá, la institución misma que los mueve.
La marcha y las tiendas
Los torcos «son más bien nómades, van de acá para allá». Su asentamiento es el campamento de tiendas, con caballos, y con el ganado en pie que arrean consigo. Todo es desmontable; nada está hecho para quedarse. Tienen indumentaria propia y reconocible —se habla de «ropa de torcos», y una docena de ellos llegó a presentarse en una corte vestida así—, y cuerpo propio y distinguible de cualquier otro, como consta más abajo.
El ganado que camina
Aquí el cronista debe escribir lo que preferiría callar. Los torcos son caníbales, y su canibalismo no es exceso de guerra sino economía de tribu: el ganado que viaja con ellos es humano. Lo mantienen colgado y lo van cortando «en fetas» —filetes— para comer. Quien cae prisionero es llevado hacia la tribu, al lugar de tiendas. Por eso campamento y razzia son una sola cosa: la campaña militar alimenta a la tribu, y el hambre con que avanzan es motor del avance, no su consecuencia.
Del Gran Can a las puertas de Viena
Su mundo es «la parte que tiene que ver todavía con los territorios del Gran Can», y desde allí avanzan a veces «hasta tan lejos como Viena» — nótese que Viena marca el punto extremo de su marea, no su morada. Hay torcos acampados al este del Jordán; hay torcos en el Mar Negro; presionan las fronteras bizantinas; han conquistado Constantinopla, «por lo menos en la tierra normal» — fórmula que el cronista transcribe sin atreverse a agotar. Amenazan Tierra Santa y la puerta de entrada de los cruzados; vigilan Kumal «de vez en cuando», y esa plaza se fortifica pensando específicamente en ellos; y en Kosovo un Príncipe ha llegado a considerar abrirles las puertas por razón de fe. Solo hacia el oeste no han prevalecido: son «victoriosos en casi todas las demás fronteras».
El yugo
En la población rural, la sola noticia de invasión torca engendra miedo, y esa amenaza corre pareja con la de los rusos. Militarmente operan por avanzada y arrasamiento —«la avanzada del norte de los torcos»—, y su ocupación se nombra como sometimiento político: «el yugo de los tártaros o de los torcos». Bajo esa fórmula viven los pueblos eslavos y búlgaros que buscan organizarse libres de él. Pueden ser gobernados, aunque con dificultad: «los torcos, es verdad que se soliviantan un poco». Su avance decide dónde se puede vivir y qué muralla hace falta levantar.
La fe
«Los torcos abrazaron el islam, la mayoría, no todos, pero la mayoría»: peregrinan a La Meca, y para decirlo usan una palabra prácticamente igual a la árabe. Los torcos del norte tuvieron alianzas árabes, con los «elebusidas» y otros califatos — nombre que este cronista consigna tal como lo oyó, advirtiendo que la voz llega maltratada. Sobre la base nómade se monta así una capa imperial: territorios del Gran Can, califatos aliados, islam mayoritario. La combinación de tribu caníbal y potencia organizada de fe es lo que los vuelve, a la vez, terror de aldeas y yugo de imperios.
Linaje disputado
En materia genealógica, los registros afirman dos cosas que no terminan de abrazarse: que los torcos son «una mezcla de orcos», y que se los distingue explícitamente de los orcos —«unos orcos, no torcos», dice una voz que sabía diferenciarlos—. Mezcla, entonces, pero no identidad; el eslabón preciso entre ambos linajes no está escrito. Añádase que una tribu de gigantes y torcos fue vista movilizada a lo lejos, lo que sugiere confederación de pueblos no humanos; quién la movilizó y hacia dónde, nadie lo dejó dicho.
El cuerpo torco
La frontera con los torcos no es solo geográfica: atraviesa la carne. Un templario de los Templarios llegó a descubrirse alojado «en un extraño cuerpo de torco», y de esa raza es Alexio, cuya posición desmiente que la palabra torco agote el destino de quien la lleva. Los torcos de las capuchas quedaron además fijados en la memoria de Juan Sears, según recuerdan los registros.
Advertencias del cronista
Confieso, lector, lo que no sé. Los itinerarios de la lengua alternan torcos, turcos y tártaros, y no me corresponde a mí fundir en uno lo que las voces mantienen separado o confundido: la fórmula «el yugo de los tártaros o de los torcos» nombra dos pueblos juntos sin decir si son uno. Ignoro qué son con exactitud los «elebusidas». Ignoro si los torcos se organizan como tribus autónomas, como kanato bajo el Gran Can o como vasallos de califatos: las tres piezas están, la articulación no. Ignoro cómo se concilia el ganado humano con la peregrinación a La Meca — ningún registro lo explica, y sospecho que ningún torco se sintió obligado a explicarlo. Y de su rostro bajo la capucha —estatura, color, facciones, armas más allá de la cimitarra larga— el archivo calla. Quien escriba después de mí, que complete; quien viaje antes de que se complete, que no espere a verles la cara.
Véase además: Alexio · Juan Sears · Constantinopla · Viena · Kosovo · Kumal · Templarios
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.