Thomas
«Porque no necesito apellido, Tomás, y esta no es la primera vez que me pasa.» — respuesta del hombre variable a quien quiso inscribirlo completo
De los linajes suele escribirse hacia atrás: padres, abuelos, solar de origen. De Thomas no puede escribirse así, porque Thomas es un linaje de un solo hombre repartido en varias épocas. Los registros lo llaman el hombre variable: reparador de oficio, agente doble por confesión propia, kinético del lanzador de bengalas, que aparece intercalado en las edades del mundo cargando su caja de herramientas y la mitad de una bengala crónica. Este cronista, que ha visto genealogías torcerse por matrimonio, por guerra y por olvido, no había visto todavía una torcida por el calendario mismo.
El hombre que arregla cosas
Antes que la cara —de la que nada consta— están las manos, y antes que las manos, lo que llevan: martillo, piedra de afilar, destornillador, «un par de artilugios que podrían ser de un carro de estos que arreglan cosas». No es equipaje casual. Son «herramientas simples que no se cristalizan»: materia que sobrevive al tránsito por el tiempo sin degradarse, como sí se degrada otra materia. El que sepa leer un inventario entenderá que ese carrito es la biografía entera del hombre: un oficio armado para durar donde nada dura.
En Constantinopla, en el año 1055, se lo vio «a grandes expectantes», pidiendo refugio con urgencia de perseguido: «señores, es mejor que no me queda acá». Y sin embargo, puesto ante el artilugio, «parecía saber algo respecto a las cuestiones»: le dio cuerda «para irse más atrás posible», y aunque estaba «muy afectado por la situación… se preocupó muchísimo, pero operaron sus manos, hicieron las cosas en automático». La técnica le corre por debajo de la emoción, como el agua bajo el hielo. En algún tramo de su vida dijo también: «me volví a artista, incluso pinté» — capa que se le superpone al oficio como se superponen las coberturas de una misión, sin que pueda afirmarse cuál de las dos es el hombre y cuál el disfraz.
El oficio de ir más atrás
Thomas precede a los compañeros en el arte de viajar: fue «uno de los que también había viajado en el tiempo antes de ustedes». Es, por lo tanto, la prueba viviente de que el sistema tiene operadores anteriores — de que la compañía no inauguró el camino sino que lo heredó.
Tres funciones lo definen. Opera el lanzador de bengalas y le da cuerda, eligiendo cuán atrás se va. Enseña: «Thomas nos enseñó a usar la bengala, eso sí, dos veces, tres veces» — el saber de la bengala crónica no se transmite por escrito sino por instrucción directa de su boca, y esto el cronista lo subraya, porque significa que si Thomas falta, el saber falta con él. Y reúne componentes: «me parece que tengo ya casi todo lo que hace falta». Posee además la otra mitad de la bengala, lo que convierte todo reencuentro con él en necesidad y no en cortesía: «cuando veamos a Thomas y tenemos la bengala». Sin él la bengala ni se sabe usar ni se completa. Pocos hombres cargan tanto en tan poco bulto.
El doble y la palanca
«Yo también soy doble, sí, soy una espía.» Lo dijo él, y el archivo lo conserva. Tenía un refugio crónico en 1830, y de allí no salió: lo sacaron. «Alguien hizo palanca y me sacaron.» Quién hizo palanca, qué casa o qué corona lo emplea, de qué bando es doble — nada de eso consta. Lo enviaron a una misión de rescate y la misión fracasó, y el fracaso quedó dicho con una sequedad que hiela más que cualquier lamento: «me dijeron que podía rescatar a este; obviamente fracasé, ahora está muerto bajo el mar». Que estas misiones pueden fallar de manera irreversible es, quizá, la única enseñanza de Thomas que no requirió instrucción directa.
Y su frase sobre el apellido — «esta no es la primera vez que me pasa» — deja entender que la extracción y el envío no fueron accidente sino costumbre: que hay quien hace palanca sobre este hombre una y otra vez, en época tras época.
Las cuatro patrias
Aquí las versiones disputan como disputan las escuelas sobre la fecha de una fundación. Los registros le dan origen a finales del siglo XIX, en Nebraska. Le dan un refugio en 1830. Y él mismo enuncia procedencias como quien baraja: «de dónde yo vengo, de 1913, bueno, 1901 es lo mismo». ¿Viajes sucesivos de un mismo hombre? ¿Un refugio anterior a un origen — cosa que solo en este oficio puede escribirse sin escándalo? ¿O es que el hombre variable debe leerse a la letra, y su origen es inestable como lo es su época? Las escuelas no se han puesto de acuerdo, y este cronista deja las cuatro patrias en pie, una junto a otra, como cuatro lápidas del mismo nombre. Se anuncia, por lo demás, que aparecerá en la ciudad — sin que el archivo diga cuál.
Advertencias del cronista
Que el lector no pida lo que el archivo no tiene. Nada consta del cuerpo de Thomas: ni cara, ni edad, ni voz, ni ropa — un hombre hecho enteramente de actos y de herramientas. Circulan dos formas de su nombre: Thomas a secas, por declaración propia, y Thomas Code como forma fijada; si Code es apellido, alias o designación de agente, nadie lo ha establecido — y sería ironía amarga que el hombre que rechazó el apellido cargara uno de oficio. No se sabe quién lo emplea ni de qué bando dobla. No consta la identidad del que quedó «muerto bajo el mar», ni dónde ni cuándo murió. No se dice qué componentes le faltan a la bengala, ni si la mitad que posee obra algo por sí sola o solo reunida con su gemela. Y del misterio de la cristalización — qué materia se cristaliza en el viaje y por qué sus herramientas simples se salvan — el archivo calla, y el cronista, que ha aprendido de Thomas al menos esto, no rellena huecos: los repara señalándolos.
Véase además: Bengala crónica · Lanzador de bengalas · Reloj crónico — vinculado por los registros a la duda sobre su cronología · Constantinopla
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.