
Teodora
«Nadie puede desobedecer a Teodora, la que tiene el alcance de la juventud y de la génesis, apoyada por su compañera.» — fórmula de obediencia, recogida en la corte de Constantinopla
Hay nombres que un mundo pronuncia tantas veces que dejan de señalar una sola cosa. Teodora es de esos: emperatriz en Constantinopla en el año 1055, y también una de las ciudades invisibles —una «ciudad fantasía» aislada, nacida de un olvido, buscadora de Dios—. Este cronista las registra juntas porque el mundo las nombra igual, y las mantiene separadas porque el mundo no las ha unido.
La emperatriz y su mitad
De la mujer, los registros fijan poco cuerpo y mucho poder. Es «la otra señora que siempre jugaba con la bola de cristal»; habla «en un idioma que es el greco antiguo»; en su entorno aparece «esa figura delgada de la chica» con «un tono en el iris que puede indicarles una superficie amarilla» —signo de poder o de naturaleza sobrenatural, aunque las voces no aclaran si ese iris es de Teodora o de Zoe.
Porque Teodora no gobierna sola: forma par con Zoe, «dos mujeres gobernando», y ninguna de las dos es completa sin la otra. La obediencia que se le debe es absoluta y excede la que se debe a su compañera, pero no descansa en la fuerza: descansa en el dominio sobre el comienzo de las cosas y sobre la edad de los cuerpos —«es bueno prolongar con cuidados extra la vida de los individuos»—. Gobierna con corte, guardias y arqueros, ejerce sabiduría y consulta con ángeles; Zoe, de igual poder, sostiene la mitad restante del mando y tiene influencia sobre arqueros y guardias especiales. Los colores de la corte son el verde, el azul y el rojo, heredados de la fundación de las guardias de Constantino, y en el hipódromo esos colores se vuelven bandos: hay «facciones de Teodoras», el nombre multiplicado en parcialidades que se disputan a su portadora.
La reina partida
Zoe muere temprano —«en honor a la joven Zoe que nos abandonó muy temprano»— y esa muerte es el hecho que define a Teodora más que ninguna corona. Queda la reina partida, la que «se fue sola en su último viaje», la sobreviviente que juega con la bola de cristal como quien consulta un espejo al que le falta la otra cara.
Y sin embargo el duelo produce. Fue «la única que la reina, con su tristeza de haber perdido a su compañera», dejó leyendas heredadas: hay quien se mantiene esperanzado sólo porque «le gustaba escuchar las historias de Teodora». La tristeza de Teodora es una fuente de canon dentro del propio mundo — su pérdida se cuenta, y al contarse, funda.
La ciudad por sustracción
La otra Teodora está asentada sobre un mar oscuro —«mar negro»— y no tiene conexión con el plan austral: «la conexión es con el mundo esférico». Es la ciudad «que sobrevivió a las plagas pero no a todas»: su desgaste está en lo que le falta, no en lo que se describe. Nació de un acto de olvido mágico y busca a Dios — aislada, sin vecinos, sin rutas australes, buscando como quien busca a la mitad que le falta. La forma es la misma que la de la emperatriz: un par roto, un hueco que organiza todo lo demás.
Hacia el mundo de Teodora se peregrina: la Señora de la Hiedra hizo una peregrinación «para pasar a decir algo al mundo de Teodora». Y el nombre circula todavía en otra clave: una ópera —«una performance de una persona ejecutada»— habla sobre la antigua mártir cristiana Teodora, ejecutada en Antioquía; en la región de Anatolia hay emperadores y maestros asociados a la «Santa Teodora».
El alcance
Todo lo que empieza o envejece en Antiterra cae bajo su alcance. Ese es el peso del nombre: eje de obediencia, destino de peregrinación, materia de leyenda heredada, punto del mapa de las ciudades invisibles. Una genealogía de Teodora no es una lista de ancestros sino una lista de pérdidas: Constantino le lega los colores, Zoe le lega el hueco, la mártir le lega el nombre, y el olvido fundador le lega la ciudad.
Escrúpulos del cronista
Este cronista, que ha aprendido a desconfiar de la comodidad de los homónimos, deja constancia de lo que no puede afirmar. Si la ciudad Teodora y la emperatriz Teodora son la misma entidad desdoblada o dos cosas que comparten nombre, las voces no lo resuelven; y los itinerarios listan además un «Teodoro» como ciudad distinta de Llovirra y Diomirra, sin aclarar si coincide. De quién es el iris amarillo —de Teodora o de Zoe— sigue sin decidirse. Qué es exactamente ese «mar negro», y qué significa que no haya conexión con el plan austral, nadie lo ha explicado. El acto de olvido que fundó la ciudad no tiene autor conocido; las plagas que sobrevivió y las que no, no tienen nombre. Cuántas son las «facciones de Teodoras», y si la Santa de Anatolia y la mártir de Antioquía son una sola figura y qué relación guardan con la emperatriz, queda abierto. Y de la ciudad no existe descripción física alguna: ni tamaño, ni materiales, ni qué hay adentro — como corresponde, quizás, a una ciudad hecha de sustracción.
Véase además: Constantinopla
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