Damasco

«No es un lugar que tiene acceso a todo.» — advertencia recogida a las puertas interiores de la ciudad

Quien haya cruzado el desierto desde Jericó —tres o cuatro días de viaje, «Damasco está mucho más allá», aunque una compañía especialmente rápida lo cubrió en dos— llega a una ciudad que desmiente toda ruina esperada: Damasco «está en muy buenas condiciones». Murallas dobles y triples, cúpulas, «mezquitas por doquier». Es única en el mundo, y se cuenta entre las ciudades poderosas de Tierra Santa en este año de 1300.

Itinerario del que entra

Que el viajero no confunda estar dentro de las murallas con haber entrado. Damasco es un adentro escalonado: rastrillos de metal cortan el paso interior y se cierran, de modo que la ciudad se recorre por capas, cada una detrás de su propia barrera. Quién abre esos rastrillos, y qué separan exactamente, es cosa que este cronista no ha podido establecer.

La población es de musulmanes, y el signo de la cruz no se ve por la calle —«para nada, eh»—. El cristiano que entra, entra siendo otra cosa: «yo me voy a infiltrar», dijo uno que sabía lo que hacía. En Damasco no se es cristiano por presencia; se es por infiltración.

La excepción del palacio

Y sin embargo la marca cristiana no ha sido borrada del todo. En la zona del palacio se alza una iglesia que no han destruido, y cerca de ella una capilla con un estandarte de la Cruz Roja. Es la excepción tolerada, y su vecindad con el poder dice algo: la cruz sobrevive en Damasco bajo amparo palaciego, no en la calle. Por qué esa iglesia sigue en pie, y quién sostiene aquel estandarte, la ciudad no lo declara.

El patio de armas y el reducto

Damasco es plaza militar. Allí se acantonan tropas, y allí está Jacques de Molay, «acantonado reuniendo tropas», con un patio de armas donde prepararlas. Detrás de sus propias barreras queda un reducto donde estuvo una embajada —«tal vez los cruzados»— y que conserva todavía el escudo de armas de Molay: la ciudad guarda memoria diplomática de la presencia cruzada, aun cuando la calle la haya olvidado.

Lo que se junta en Damasco es lo que después puede moverse: de esta concentración dependen los movimientos de Molay. Y esa misma condición —ciudad de musulmanes, poderosa, bien amurallada— la vuelve objetivo y peligro a la vez.

La casa de café

Hay una taberna que en realidad es una casa de café, la capa civil de este cuerpo escalonado: allí se para y se bebe una bebida caliente de hierba. Si es café, el propio Narrador confesó no saberlo —«es una hierba saludable»—. Que el viajero la pruebe y juzgue.

Reparos del cronista

Los registros no concuerdan del todo, y este cronista prefiere anotar la disputa antes que zanjarla: la misma Damasco que se describe poderosa y en muy buenas condiciones aparece en otro momento como «casi vacía en esta época». Si son horas distintas de una misma ciudad o versiones enfrentadas, las voces del archivo no lo dicen. Tampoco dicen quién gobierna Damasco, ni bajo qué autoridad Molay acantona tropas en una ciudad de musulmanes, ni cuántas son esas tropas ni por cuánto tiempo se reúnen. Del olor, del ruido, del tamaño, del desgaste de sus piedras, nada quedó escrito: el que quiera saberlo, que haga el viaje.

Véase además: Jacques de Molay · Jericó


▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Lo que el archivo no fija, no se inventa.