Rey del Desierto

«Lo único que tiene de raro es que se mete en el desierto y a veces aparece en otro lado.» — testimonio de ruta, recogido entre los que cruzan el sur

De los soberanos que he consignado en estas genealogías, éste es el único del que no puedo decir ni el rostro, ni la edad, ni la voz. Los registros abundan en su desierto y callan sobre su cuerpo. Reina sobre el desierto del sur sin servir a nadie; intercepta y roba caravanas; tiene a los romanos en jaque; y se mueve por la arena de un modo que ningún camino explica. Se lo halla en Zagra. No hay reyes del desierto en plural: hay el Rey del Desierto, y con ese artículo alcanza.

Los dos nombres

El linaje de este rey es una disputa de escribas antes que de sangre. Dos nombres llegan fijados por los copistas: Merón Rialar y Ahmed. Ambos figuran como rey del desierto, sin señor sobre su cabeza, con alfombra mágica, con los romanos en jaque — todo coincide salvo el nombre, y ambos nombres llegan maltratados por la transmisión. Que sean una misma persona es lo más económico de suponer; pero suponer no es mi oficio, y dejo la cuestión abierta: o un rey con dos nombres, o dos crónicas que se pisan.

Se le asocia además un tercer título, nunca confirmado: «el señor de las tiendas que se mueven». Si es él, su casa es su método; si es otro, entonces hay dos poderes en el desierto interior, y el viajero hará bien en no confundirlos.

Su tierra: la aduana de arena

El desierto del sur es dunas mezcladas con roca —«hay mucha roca también, como una mezcla de piedra y roca»—, árido, seco, sin granjas, tierra a la que «no le llegó el limo con todos sus nutrientes». En tierra sin limo no hay riqueza fija: toda riqueza pasa de largo, en caravanas. De esa sola necesidad se ordena todo lo demás.

Porque este rey roba caravanas y, a la vez, «ha sido uno de los que más ha comprado», y caro. Las dos caras operan sobre la misma ruta. El desierto, bajo su mano, no es un obstáculo: es una aduana. Quien lo cruza paga con la carga o paga con el precio; y a cambio existe «el buen refugio del señor de las tiendas que se mueven» para quien elige internarse por las rutas del desierto en lugar de bordearlo. Así, el mismo hombre desabastece el mercado que sostiene comprando. Los romanos, que mueven mercancía, están condicionados por él y no al revés: eso, en mi época y en cualquiera, se llama soberanía.

Llegar toma tres días de camino. Adentro, diez horas de marcha separan un acampamento del siguiente. El suelo está «cubierto con una capa de polvo, arena celisca» que puede ceder bajo los pasos; abajo «las arenas están arremolinadas». Los jinetes saben que correr a caballo sobre dunas llenas de piedra es empresa de las más arduas. La tierra misma pelea del lado del rey.

La tienda y la guardia

Vive en tienda: una tienda con adentro y afuera, con guardias apostados en ambos lados. Su escolta es «media docena» — y aquí los registros disputan. Una lectura cuenta cuatro adentro y dos afuera; la letra dice «media docena. Adentro. Dos afuera», que otros leen como seis adentro más dos afuera. No resuelvo la aritmética: consigno que la defensa de este rey no es el número. Ocho hombres no guardan un reino. Lo guarda la ubicuidad: el refugio no puede ser un edificio, porque el poder no puede ser un blanco quieto. Entrar en la arena y salir en otra parte — ésa es su muralla. Nadie sitia lo que no se queda.

Lo que vuela y lo que se desintegra

Posee alfombra mágica. Se le atribuye un «vuelo matutino» sobre el desierto, «tan repentino». Si ese vuelo y el meterse en la arena para aparecer en otro lado son una misma facultad o dos distintas, y si alguna depende de la alfombra, los registros no lo dicen.

Y hay un pasaje que me inquieta más que todos: en él se lo ve siendo destruido, desintegrado. Un jeque que compra caro no se desintegra; una cosa elemental, quizá sí. ¿Es carne lo que reina en Zagra, o es otra sustancia que tomó forma de rey? El que lo enfrente sabrá antes que yo.

Los mástiles y el rostro

Su desierto tiene hitos fijos, y son de los que no se olvidan: los hermanos Rey, descarnados —«vivos, pero sin carne»—, atados a mástiles; y entre los mástiles, un rostro gigante. Ese campo funciona como el borde señalizado del dominio: quien lo ve, sabe dónde está parado. Pero advierto con firmeza: el material no alcanza para afirmar que sea obra del rey, y no debe darse por sentado. La cita que describe el rostro es ilegible, y sobre lo ilegible no se levanta acusación.

La gente de las arenas

La población de su dominio es la gente del desierto: «gente del mundo de la danza, el canto, el baile y las arenas», cultura nómada. El desierto consta también en la región de mi Alejandría, y visible detrás de la escena de Jericó, en Tierra Santa; linda con un bosque por el que vuela su polvo. Si es un solo desierto que se extiende o varios que comparten rey, no lo sé decir.

Si este rey cae, cambian a la vez tres cosas: la seguridad de las caravanas, el precio de las mercancías, y el refugio disponible en el desierto interior. Pocos tronos, de los que he catalogado, cargan tanto sobre tan poca guardia.

Escrúpulos de Paulus

Queda sin mapa la posición de Zagra respecto del desierto del sur, del bosque, de Alejandría y de Jericó: no sé si describo un desierto o varios. Queda sin dueño el campo de mástiles, y sin naturaleza el rostro gigante — ¿escultura o fenómeno? Queda una referencia única y oblicua a «la última prueba del desierto», que anoto sin glosar porque glosarla sería inventarla. Y queda la pregunta del mercader: qué compra este rey, con qué paga, y a quién revende lo robado. Los registros callan, y yo, que soy viejo y he visto callar a muchos archivos, sé que ese silencio también es una forma de tributo.

Véase además: Zagra · Merón Rialar · Hermanos Rey · Alejandría · Jericó


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Lo que el archivo no fija, no se inventa.