Rostro solemne. Túnica blanca, monástica. Una capa roja ensangrentada. — Maristo, en el cuarto círculo
La única vez
El Coro del Descenso conserva de Maristo muchas palabras y un solo poema, si poema es. Fue en el cuarto círculo, cuando la compañía de los perdidos dejaba atrás la borrasca y bajaba hacia la ciudad de la avaricia, con la linterna encendida y una figura enorme, encadenada, esperando en la sombra. El Narrador pidió que cada uno se dejara ver otra vez, pero corto: «una descripción de cada uno. Cinco palabras», a la manera de un haiku. Maristo fue el primero.
Dijo rostro solemne. Dijo túnica blanca, monástica. Y se detuvo, porque había cumplido la cuenta. Del otro lado alguien dijo una sola palabra, rojo, y Maristo la tomó y la devolvió entera: una capa roja ensangrentada. Eso fue todo. «Ese es el ejemplo de un haiku», dijo el Narrador, y la ronda siguió con el hacha de Sven y las cadenas de Ärsvan.
Lo que el archivero cuenta
Cinco palabras no son un haiku, y el archivero del Plata, que ha contado sílabas en tres alfabetos, no va a fingir que lo son. Son dos líneas: un dístico. Lo notable no es la forma sino el reparto: todo lo que Maristo dice de sí es superficie —un rostro, una túnica, una capa— y el único color se lo tuvieron que soplar. El paladín «a quien hay que matar» según la Contienda no se nombra, no se explica, no pide nada. Se para y se deja mirar. Es parco, y la parquedad es su estilo entero.
Por eso este dístico abre la antología de los Paladines_Poetas: es el peldaño donde el verso todavía no existe. Benetton lo llenó de páginas; Lirio lo dejó en manos de una espada. Maristo lo dijo en dos líneas y se calló.
El retrato que sí pudo
Dos círculos antes, en una cueva tallada en el acantilado, bajo la borrasca que mezcla el éxtasis con la caída, la misma pregunta había recibido una respuesta larga. Cuando uno gira, dijo entonces, lo que ve es «un rostro calavérico bañado en plata que asusta», con «toda una filigrana dórica griega»; y cuando esa figura fornida levanta la cabeza, con su capa roja ensangrentada y su túnica blanca monástica, lo que aparece debajo de la calavera es «un rostro noble de un hombre de mediana edad entristecido», con «un rastro de sal en las mejillas como si hubiera estado llorando», los ojos inyectados en sangre; y sobre el hombro «una pesada espada en total desproporción a su cuerpo y a sus fuerzas», demasiado grande para su porte, que lo arrastra. Y una mirada sorprendida, «y quizás entristecida».
Del retrato al dístico sobreviven la túnica y la capa. La calavera de plata, la sal y la espada quedaron en la cueva. No es olvido: es lo que hace un hombre que ya dijo todo una vez y no piensa repetirlo.
Reservas
El archivo no conserva que Maristo haya vuelto a componer nada, ni en el Foso ni en el cosmos de arriba. No consta si la túnica blanca monástica es la «clónica» que otras voces le atribuyen o una prenda distinta. No consta si la capa está ensangrentada con sangre propia o ajena; la entrada de Maristo_condenado registra, en cambio, una capa larga semihundida y ennegrecida, y el archivero no sutura las dos. El que quiera saber de qué color es la capa de Maristo, que le pregunte; va a obtener una palabra.
Véase además: Paladines_Poetas · Maristo · Maristo_condenado · Anti_Inferno · Contienda_la · Swedenborg
▣ CITADO — el dístico y el retrato van con las palabras que el Coro conserva. Lo demás es glosa del archivero.