A un lado y otro de cuarenta años, el mismo hombre: el joven que lee lo que no debería, y el ciego que preside la biblioteca donde está el signo y el símbolo. Entre uno y otro, un pacto y una noche.


El que leyó demasiado (1922)

En el Buenos Aires de 1922, Jorge Luis Borges es apenas un joven ultraísta de las revistas Prisma y Crítica, latinista finísimo, todavía sin la fama que le espera. Su amigo Xul Solar —que practica los ritos de Crowley y ansía superar al maestro— le acerca la Historia del Necronomicón y la noticia de que hay una copia en la Universidad. Borges la consigue: es, entre todos, el único capaz de leer aquel latín. Con Xul y seis jóvenes artistas-ocultistas —entre ellos Beatriz Guerrero y Victoria Ocampo— instala monolitos en la quinta de los Ocampo y oficia el rito para contactar a Hastur.

El rito abre la puerta de lectura a Carcosa: todos comparten la visión del palacio de máscaras donde el Rey Amarillo, invitado a descubrirse, muestra que bajo la máscara pálida no hay rostro. La ceremonia sale mal —Beatriz queda marcada, y luego encinta—, y el grupo se dispersa. Borges deja de frecuentar el círculo; Xul se lleva el libro y desaparece. Borges quedó aliviado de que el Necronomicón se fuera de su entorno. Pero no todo lo que se lee se devuelve: el que abrió esa puerta ya la cruzó.


El pacto y la noche

El precio de haber leído lo que no debía leerse no se cobra de golpe. Se cobra despacio, como una marea que baja: con los ojos. A lo largo de las décadas siguientes Borges va quedando ciego —la ceguera hereditaria, dirá la biografía; el pacto, dirá la crónica—, y esa ceguera lo va inscribiendo, sin estruendo, en la cofradía de los que ven sin ver: los ciegos. Perder la vista, en este mundo, no es un accidente médico sino una iniciación: se deja de mirar el mundo para empezar a percibirlo de otro modo. El que en 1922 leyó a Carcosa, en la vejez la habita.


El bibliotecario ciego (1966–67)

Cuarenta y cinco años después, en el cierre de la gesta austral de 1966 —cuando los argentinos vuelven del Atlántico Sur sabiendo de más—, los investigadores llegan a consultar a un Borges ya ciego, director de la Biblioteca Nacional de la calle México. Es él quien enmarca el texto invocatorio del final: un pastiche argentinizado de El horror de Dunwich —«Yog-Sothoth es la puerta y la llave», «el gran Tulú es su primo»— cruzado con Tlön, Uqbar, Orbis Tertius y con «la biblioteca donde está el signo y el símbolo». El joven que temió el libro es ahora el anciano que lo custodia y lo recita; el que quiso alejar el Necronomicón preside el laberinto de todos los libros. Cierra así el arco que la gesta porteña de 1922 había abierto: Borges es la bisagra entre las dos campañas, la prueba de que el hilo nunca se cortó.


Notas

Borges es el nudo más fino del entretejido local-universal del archivo: desde estas orillas del Plata se piensa el universo, y la literatura no es más que un sueño dirigido. Su ceguera real —y su dirección de la Biblioteca Nacional, y su Poema de los dones sobre los libros y la noche— se conservan tal cual, releídas como el precio y el premio de un mismo pacto. El registro de su reaparición austral se guarda en el cuaderno 99.


Vínculos

  • Cthulhu_Buenos_Aires — la gesta de 1922 donde el joven Borges lee el Necronomicón y oficia el rito
  • Xul_Solar — el amigo ocultista que le acerca el libro y se lo lleva después
  • Los_Ciegos — la cofradía en la que el pacto lo inscribe al perder la vista
  • el Necronomicón — el libro en latín que solo él podía leer
  • Carcosa — la ciudad que su rito abrió por la puerta de la lectura
  • Beatriz_Guerrero — la joven del círculo, marcada en el mismo rito
  • David_Cherney — el maestro de la logia que manda investigar la visión colectiva
  • Operativo_Condor — la gesta de 1966 en cuyo cierre Borges reaparece, ya ciego