Orden de los Caballeros de la Cicatriz del Sol

Doce caballeros. Veinticuatro barlets. Una cicatriz en la cara por toda credencial, y un refrán que no todos sus propios miembros conocen: «la esperanza es muerte». Con ese puñado de gente, la Orden es una de las facciones más poderosas del imperio — y este estatuto, reconstruido de las voces del archivo, intenta decir cómo es posible semejante desproporción.

De la marca, el símbolo y el hábito

Al que ingresa «le van a hacer una cicatriz en la cara»: se pertenece primero en la carne. Después en el objeto: un símbolo portátil de la Orden, «una v corta». Y por último en el equipo: las armaduras sagradas de la Orden del Sol, que «algunos todavía llevan», armaduras «serias», y la Orden «jamás quisiera que alguien que no fue iniciado como un caballero las portara». Entre su armamento se cuentan «una especie de ballestas que no son ballestas», probadas en tiro al blanco a distancia, que a las armaduras las desintegraba. Ese arsenal no salió de ninguna forja del mundo conocido: «eso se los dio el EDI».

Cuerpo marcado, símbolo portable, armadura consagrada: un solo sistema de identificación en tres soportes. Por eso, cuando la Orden perdió sus armaduras y todos sus objetos, perdió algo más que equipo. Perdió una de las tres maneras de ser ella misma.

De la casa

La sede actual es el castillo de Primas — que no fue el primero que la Orden habitó, ni estuvo vacío antes: «¿Ustedes piensan que esa es la primera orden que estuvo el castillo de Primas? Acá pasaron otras cosas».

Puertas adentro, la casa desciende. Unas grandes escaleras de seis metros bajan varios rellanos hasta un salón amplio de casi diez metros de ancho, soportado por dos hileras de pilares de un metro cincuenta de diámetro. Antes de ese salón, dos series de cámaras donde se recibe al visitante con pruebas de dignidad y donde «te marinan» — lo hacen esperar de manera indebida, que es la primera prueba de todas. Esas cámaras son el filtro entre la sociedad y una comunidad que ya se retiró de ella.

Puertas afuera, la vida de la Orden es la de un claustro «en un puto pedazo de montaña»: «algunos dicen que es un gran oratorio», pero lo que se sabe es que «te vas a sepultar de por vida». Hay además un lugar sagrado de ceremonia donde a los barlets «se los iniciaba cicatrices y la sangre del maestro… los bañaba y tiraba como un vapor».

Su territorio de operación sigue hacia abajo: en el nivel décimo de lo de abajo estaba una de las facciones más poderosas de todas, y sus caballeros andaban «más allá de las puertas de obsidiana por el circuito de medianoche».

Del ingreso y la regla

Se entra por dos puertas. Una es el reclutamiento entre hijos de familias importantes, «pero también muchas veces segundones». La otra es el castigo: mandar a alguien a la Cicatriz del Sol equivale a mandarlo al Muro — destino de segundos hijos y disidentes. En ambos casos el ingreso es retiro del mundo: «muchos saben que meterse acá es meterse en un claustro».

La iniciación exige sangre — la ceremonia por la que «están dispuestos a sangrar por la cicatriz del sol» — y una prueba ética: tomar decisiones que tienen que ver con la ley y la justicia «incluso a veces en contra de lo que sería el bien comunal». La ley antes que el bien: esa es la vara. Del entrenamiento de los que quedan, «solamente morían tres o cuatro» — el solamente es de la Orden, no de este cronista.

La estructura de doce caballeros y veinticuatro barlets encadena las generaciones de a dos por cada plaza, selladas por el baño de sangre del maestro. Es una estructura cerrada que lleva así doscientos o trescientos años, «y quién sabe si más», y los antiguos privilegios se mantienen aun cuando cambia la estructura.

Y sin embargo, para el que sobrevive al claustro, la paradoja rinde: la Orden ofrece ascenso rápido «en poder, destreza e incluso a veces en influencia política», porque su casa está montada sobre una boca del subsuelo, y el que vive sobre el laberinto vive sobre lo que el laberinto guarda. Se sabe que la Orden tiene una fascinación con los elfos y quisiera reclutar más; en algún momento tuvo semielfos.

De los nombres que la rodean

Conocer a un caballero de nombre es raro: a la pregunta «¿Conocen algún caballero?» la respuesta del archivo es «Son pocos». Constan Veidun, Cualamón, Cuara y Cuaramón — grafías que este cronista transcribe con reserva. Consta Sir Sixto, miembro rescatado de cautiverio. Consta Lumine, recordado con las armaduras y el equipo de la Orden del Sol. Consta Circisto, que perteneció alguna vez a la orden de la luz. Consta Rudishva como fundador de la Orden de los Caballeros de la Cruz del Sol — y de si la Cruz y la Cicatriz son la misma cosa se habla más abajo. Y consta El Abad, llamado a liderar la orden de la cicatriz del sol, que recibió la cicatriz en la cara como cualquier iniciado.

De la caída y la revolución

La historia de la Orden condiciona todo lo que se cuenta de ella. Sufrió una crisis estructural tras el evento de las cenizas y una «reverberación fortísima»; en esa ruptura perdió no solo las armaduras sino todos los objetos que tuvo.

Peor: fue infiltrada o cooptada por los antiguos. Vallejo — firmando como parte de los Caballeros de la Cicatriz del Sol — fue de los primeros en escribirlo en un informe: «la orden del sol no era lo que parecía». Bajo el liderazgo de Malaquita hubo corrupción, conexiones extramundanas y tecnología oculta. Y no fue un caso único de la casa de Primas: hubo también una Orden de la Cicatriz del Sol en Ardenbul, que se corrompió.

Hoy la Orden atraviesa una revolución cuyos actores son los Buscadores. Quedó dicho a los compañeros, en palabras que el archivo conserva: «ahora sin embargo está habiendo una revolución y esa revolución está en ustedes juntos».

Advertencias del cronista

Acá conviene pisar el freno. Alrededor de esta Orden orbita una constelación de nombres que el archivo no ordena: Cicatriz del Sol, Cruz del Sol —la fundada por Rudishva—, Orden de la Luz, Orden del Sol, Orden del Ojo del Sol —renovada, regida por un Pontífice—, Orden de la Espada —que tiene los poderes del conocimiento de los portales y de las formas—, Orden de las Lanzas Solares —que recluta para la fe solar— y la Orden del Templo, ejecutada en la Isla del Salón. Cuáles son la misma institución bajo advocaciones distintas, cuáles órdenes hermanas, y cuáles las «otras órdenes» que pasaron por Primas en ciclos anteriores, no está establecido; el que cite, distinga.

Quedan abiertas, además, preguntas que este cronista se niega a cerrar por su cuenta: quién se llevó las armaduras y todos los objetos en la ruptura del día de la Sagrada Orden; qué o quién es el EDI, y por qué arma a una orden claustral; cuándo y por qué fue ejecutada la Orden del Templo en la Isla del Salón; si el claustro de montaña, el castillo de Primas y lo de abajo son un mismo emplazamiento en tres descripciones o lugares distintos; qué rango marca la «v corta» y si hay otros símbolos por grado; y qué relación guarda la fascinación por los elfos con la revolución en curso. De fundación no hay fecha: los doscientos o trescientos años son estimación de la duración de la estructura cerrada, no cifra de origen.

Véase además: Malaquita · El Abad · Sir Sixto · Los Buscadores · Ardenbul


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.