El Abad

No tiene nombre propio, y eso ya dice bastante: el cargo se comió a la persona. Es el Abad —uno solo—, sacerdote del dios Sol, autoridad religiosa y política suprema de la región, y el hombre que quince años estuvo perdido en las brumas y volvió caminando. Este registro asienta su figura, su linaje de oficio y las disputas que el archivo no permite cerrar.

El barro en el ruedo blanco

Un hombre religioso de porte medio aristocrático, con tonsura —«tiene pelada»— y palio sacerdotal. Viste ropas blancas «con la parte de abajo un poco sucia, se ve que estuvo caminando»: ese barro es la prueba de que llegó por tierra, a pie, atravesando los paisajes brumosos. En el pecho lleva «un tremendo símbolo sagrado», el símbolo del dios Sol. Porta anillos poderosos y otros objetos mágicos cuyos nombres las voces del archivo no conservan legibles. Cuando se acerca, «sentís un perfume, unos aceites»: aceites de lavanda. Tiene unos ciento treinta y cinco años.

Sobre su protección corporal las versiones se dan de frente: los que lo vieron aparecer en el pueblo juran «No tiene armadura, no»; otra escuela le atribuye una armadura de dieciocho y «magia de flexión». Las dos versiones quedan asentadas; ninguna se impone.

El que se perdió en el tiempo

Su comitiva se perdió en las brumas hace quince años, y él mismo lo declara: «yo vengo de otras misiones y también me perdí en el tiempo», buscando llegar al norte. Reaparece en el pueblo en persona, pero su gobierno habitual es indirecto y a distancia: manda por cuervo mensajero y por delegados. Su aparición física es, por eso mismo, un acontecimiento — porque en Vala la autoridad no se transporta: se presenta en persona o no vale.

Su regreso estaba esperado en clave mesiánica: «cuando venga el Abad, habrá de redimir y restituir a nuestro pueblo». Y ha de ser Gran Maestre cuando restaure su orden, la de los cienticidores de Pelor de Ámona — nombre que este cronista transcribe con desconfianza, porque así lo deja el archivo y no mejor.

Los tres instrumentos

El plazo. Manda un cuervo con un escrito —«esto lo mandé yo en el escrito donde dice, en el cuervo dice que hay un plazo»— y ese plazo obliga, aun a quienes están lejos de él. Se registra un plazo de un mes, treinta días, para hallar las tabletas del caos, contado desde el envío del cuervo hace dos semanas, con conteos parciales sobre la marcha («siete, ahora pasaron tres días»); en otro punto el plazo restante es de tres días, mientras un prisionero cumple dieciocho días de observación. Cómo se anudan esas cifras entre sí, el archivo no lo fija.

Los guardias. Designa autoridades locales enviando inquisidores jóvenes —«los dos de los jóvenes guardias más importantes»—, mandados «como punta de lanza» a las provincias, a proteger sus intereses y purificar pueblos. No son incorruptibles: un mensajero «tentó y hasta corrompió a mis guardias enviados», los mismos que custodiaban a Silas.

El aprovisionamiento. Abre sus preparaciones —«veo rocas de distintos colores acá están todas mis preparaciones»— y entrega pociones, anillos, pergaminos y capas. Es la fuente conocida de las masas de disrupción que porta la compañía. Su favor no es neutro: «se ve que tiene una debilidad por las jovencitas».

También profetiza, y a veces sin saberlo: mandó un mensaje —«elix Tragedia engelix / Los espero»— que resultó profecía autocumplida.

El eje de todas las cuentas

Mientras corre su plazo, no hay acción sin cuenta regresiva: los días se miden contra su cuervo. Es también el eje de la legitimidad —«¿Tenemos que esperar a [al Abad] para hacer un juicio?»— y el eje material, porque el equipo mágico de la compañía procede de sus preparaciones. Nada en los registros lo sustituye ni lo apela.

Lo que junta en un solo cuerpo

La figura reúne tres registros que en otro mundo andarían separados: lo sacerdotal —tonsura, palio, símbolo del dios Sol—, lo aristocrático —el porte, los anillos, los aceites de lavanda— y lo inquisitorial —los guardianes que purifican pueblos—. El nudo de los tres es la suciedad del ruedo blanco: un hombre de ciento treinta y cinco años, perfumado y enjoyado, que igual llegó caminando por las brumas. De ahí que su gobierno normal sea el cuervo y el delegado, y su presencia un prodigio.

Advertencias del cronista

Acá conviene pisar el freno y decir lo que no se sabe. La armadura: ¿dos momentos distintos, dos figuras distintas, o un error de las voces? No está resuelto. Los plazos: ¿los tres días son el saldo de los treinta, o un plazo nuevo? ¿Y qué tienen que ver los dieciocho días del prisionero con el conteo del Abad? Nadie lo fijó. El nombre verdadero de la orden —«cienticidores»— está estropeado en el registro, y ni el título ni el vínculo con Pelor de Ámona quedan firmes. De los objetos que porta, los nombres llegaron irreconocibles: no se sabe qué son ni qué hacen. La forma correcta de la profecía —«elix Tragedia engelix / Los espero»— y su destinatario quedan abiertas. Cómo sobrevivió quince años en las brumas, si envejeció allí o se «perdió en el tiempo» al pie de la letra, y por qué vuelve ahora: el archivo calla. Su sede no consta: el norte aparece como destino, no como residencia. Bajo qué condición entrega las masas de disrupción —y si las proveyó él o solo las administra— no está establecido. Y la pregunta más incómoda de todas: ¿quién manda sobre el Abad, si alguien lo hace? Este cronista no lo va a inventar.

Véase además: Silas


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.