Imola

Al viajero que baja hacia Milagro le anuncian Imola antes de que la vea: primero los talleres, después las hileras del viñedo, por fin los muros. Entre tantas ciudades que solo existen porque alguien las cuenta, Imola comete la descortesía de existir: el registro la fija expresamente afuera del catálogo de las Ciudades Invisibles —«Imola no es una de las ciudades Invisibles»— y la planta en el mapa como cosa concreta y habitada, «antes de Milagro», gobernada por gentes que «vienen de Milán». «Es un lugar lindo.»

Dos nombres para una sola

Los itinerarios discrepan hasta en cómo llamarla: unos dicen «la ciudad de Imola», otros «el castillo de Imola», y las dos designaciones conviven en el registro sin que ninguna expulse a la otra. La escuela que este cronista sigue con más confianza se inclina por el castillo fortaleza; pero cuando a la compañía se le pregunta dónde está, la respuesta no duda: «estamos en el castillo de Imola». Quizás Imola sea las dos cosas a la vez —un castillo que sueña que es ciudad, una ciudad que se acuerda de que fue castillo—; el registro no lo resuelve y este cronista tampoco.

Los muros y las llaves

De la fábrica se sabe esto: hay muros, y sobre los muros «unas construcciones que él hizo», gracias a las cuales se levantó algo «adentro del castillo». Adentro, el orden es el de las cerraduras. El ama de llaves «tiene las llaves de una copia… de toda la castilla» —copia de todas— y decide qué dependencia se abre y para quién. Por encima de ese control quedan dos cuartos que no se negocian: una «habitación oscura», reservada por pedido expreso, y una «torre de la tranquilidad», destinada a creaciones alquímicas. La fortaleza es así, a la vez, sede de gobierno y laboratorio: la puerta recibe embajadores —«vinieron a la puerta un embajador»— mientras arriba, en la torre, se trabaja en lo que no se muestra.

Las cuatro palancas

Imola es «el nuevo feudo… que tal vez hasta independiente»: los que gobiernan llegaron de Milán, donde «hicieron lo que tenían que hacer», y ahora gobiernan acá. El feudo se sostiene sobre cuatro palancas que no son decorado sino obra:

  • El castillo, que da la fuerza y el gobierno: muros, puerta diplomática, llaves administradas.
  • Los talleres, que dan producción y empleo: fueron recuperados, «volvieron a conseguir trabajadores», y hay dinero para funcionar y crecer — «si hay dinero, hay dinero».
  • El viñedo, que da el excedente: lo «levantaron», y en tres meses «todo brotó»; hay un vino nuevo que va a salir ahora en la temporada.
  • La Catedral de Imola, cuyo poder no es económico sino de jerarquía: la autoridad que el nuevo poder no controla todavía, y que por eso hay que «limpiar».

Los verbos delatan una caída anterior: talleres que volvieron a conseguir trabajadores, un viñedo que hubo que levantar. Algo pasó en Imola antes de la compañía. El registro presupone ese desastre pero no lo cuenta.

La danza de las sábanas

Hay gente viviendo en Imola, y su ánimo está declarado: «una muy feliz». El signo público de que la reconstrucción funciona no es un edicto ni un desfile: es una danza campesina en la que la gente «agarra sábanas y tira a la gente para arriba». Una ciudad que lanza a sus vecinos al aire sobre tela tendida es una ciudad que confía en que van a caer bien. En eso, más que en las cuentas de los talleres o en el vino de la temporada, se mide qué tan bien va la gesta.

Advertencias del cronista

Que el viajero no pida a esta carta lo que el registro no da. No hay descripción de materiales, altura, color ni estado de la piedra: quien quiera saber de qué está hecho el castillo tendrá que ir a tocarlo. No consta la disposición espacial —qué queda intramuros y qué extramuros, dónde cae la catedral respecto del castillo—. El señor de Imola, el mismo que pidió la habitación oscura y trabaja en la torre de la tranquilidad, gobierna sin nombre en estas páginas: el registro asocia el feudo a uno de los compañeros de la gesta, y ahí se detiene. Las distancias a Milagro y a Milán no están medidas; solo se sabe que la una está después y la otra atrás, en el origen. La jerarquía enquistada en la Catedral no tiene cara ni cabeza registrada. Y sobre el viñedo que brotó entero en tres meses, el cronista se limita a anotar la pregunta que cualquier campesino de Imola se habrá hecho mirando las hileras: ¿eso fue la tierra, o fue otra cosa? El registro lo sugiere y no lo afirma; esta carta hace lo mismo.

Véase además: Milán · Ciudades Invisibles


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.