Leonardo da Vinci
«Vos, siempre que usted firma, ¿no, Leonardo?» — fórmula recogida en un castillo milanés, donde una firma vale una obra
De todos los nombres que circulan por Milán, ninguno pesa tanto como éste, y ninguno es tan difícil de sujetar a un solo cuerpo. «El gran genio de genios», dicen los registros: ingeniero y artista al servicio de la ciudad, hacedor de máquinas de guerra, y hoy —según corre la voz— supervisor de los nuevos engranajes de Mecanos. Pero quien busque en el archivo su cara, su edad, su voz o su taller, no encontrará nada. De Leonardo no se conserva el hombre: se conservan las obras, la firma y el nombre. Y en Antiterra, como se verá, el nombre puede viajar solo.
El artífice de corte
Milán es militarmente superior a sus rivales, y el archivo no lo atribuye a sus ejércitos sino a un contrato: «La Vinci terminó trabajando para ellos… Terminó haciendo esas máquinas de guerra». Sirvió a la corte de Ludovico Sforza y «estuvo mucho tiempo» en el Castello Forcesco —que este cronista sospecha ser el Castello Sforza, aunque la grafía no está fijada—, el mismo recinto que pisó uno de los compañeros de la crónica. La alianza, sin embargo, no está garantizada: se registra que se ha ido «a trabajar a otras cortes», o que «se le había vuelto en contra» al propio Sforza. Cuando el artífice es la superioridad militar de una ciudad, su fuga no es una anécdota de corte: es un cambio de balance entre potencias.
La firma
Hay una segunda función, menos visible que las máquinas y quizá más poderosa: Leonardo firma. Dentro del castillo, su firma autoriza trabajos y valida documentos. Esto lo vuelve algo más que un talento: un cargo. Las obras que se hacen y los hombres que las hacen pasan por su mano —o por su tinta.
Los engranajes de Mecanos
La obra presente es otra: los nuevos engranajes de Mecanos, donde supervisa a trabajadores axiomitas. El acceso al obrador es restringido; «todavía estaba corriendo la voz», y la información que llega de él es incompleta. Lo que sí consta es el valor del lugar como escalera: trabajar bajo la supervisión de Leonardo es «una catapulta a la fama». Su nombre opera como moneda de reputación para quienes lo rodean —lo cual explica, quizá, lo que sigue.
Las máquinas imposibles
Entre sus diseños se cuentan un submarino y un helicóptero «de gran complejidad», adelantados a su tiempo «¡De 400 años!». De estas máquinas no se conserva material, tamaño ni funcionamiento: solo se afirma que los diseños existen y que pueden mostrarse. Quien los haya visto no dejó descripción. Un cronista honesto anota la maravilla y anota también su vacío: sabemos que el futuro está dibujado en algún pliego milanés; no sabemos cómo suena, ni de qué está hecho.
El nombre vacante
Y aquí el archivo guarda su pieza más inquietante. Una voz declara haber matado al hombre que llevaba el nombre —«es un tipo que maté y asesiné hace un tiempo en un poblado»— y habérselo cedido a un artista, con intención explícita: «me parece que eres un gran artista, harás que ese nombre sea famoso». Queda así establecido que en Antiterra «Leonardo da Vinci» puede ser una identidad adoptada, no necesariamente una persona. Hay entonces, como en esas ciudades que son varias ciudades con un solo nombre, al menos tres Leonardos superpuestos: el artífice de Sforza, el supervisor de Mecanos, y el heredero de un nombre arrancado a un muerto de poblado. El archivo no alcanza para afirmar que sean el mismo individuo, y este cronista se niega a coserlos con hilo propio.
Advertencias del cronista
Que el lector desconfíe, como desconfío yo. Los registros discrepan hasta en la existencia: uno lo sitúa activo en Milán y en Mecanos; otro sentencia «No, Da Vinci todavía no… 200 años después», ubicándolo en la franja de Galileo, unos doscientos años después de 1300. Las dos versiones quedan asentadas sin resolver: ¿en qué momento del mundo está vivo y operando? Tampoco se sabe si los diseños del submarino y el helicóptero pertenecen al original o al que heredó el nombre; ni si los engranajes de Mecanos continúan la técnica de las máquinas de guerra o son encargo distinto. Hay además una homonimia sin criterio de desambiguación: ciertas menciones sueltas de «Leonardo» y del firmante no permiten distinguir entre Leonardo da Vinci y el artífice Ananta, el «señor Leonardo». Nadie explica quiénes son los axiomitas ni por qué son ellos, y no otros, los que trabajan bajo su mirada. Y si dejó Milán, no se dice a qué corte fue, ni qué suerte corrieron las máquinas de guerra ya entregadas. Un hombre sin cara cuyo nombre se mata, se hereda y se firma: quizá eso sea, exactamente, lo que el archivo quiso conservar.
Véase además: Milán · Ludovico Sforza
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.