Sisi
«Expulsada y caigo al lado de Benito.» — así resume ella misma su salida de la biblioteca eterna, sin más queja que el verbo
Quien la haya visto en las plazas de Milán recordará primero la multitud, y solo después a la mujer que la causa: una sanadora de piel muy blanca, «de unos matices como minerales», como si fuera piedra, trenzas largas negras, y una cara «medio de confundida» y, aun así, felicísima. Se junta mucha gente donde ella cura. Este cronista, que ha visto a los santos de plaza fabricar su público a fuerza de gritos, deja constancia de que Sisi no grita: cura enfermos y leprosos, y la ciudad se reordena sola a su alrededor.
Retrato de una viajera del frío
Todo en ella está armado contra dos enemigos: el frío y la luz. Va de «colores de tierra, blanca y negra… como los colores del frío invierno de Mongolia»: pieles «del color blanco como la nieve, con colores de tierra», un pañuelo que solamente deja ver una parte de su cara —todo lo demás negro—, un gorro de peluche tipo ruso, «de esos sombreritos», con un pompón blanco y naranja. Lleva armadura. Lleva lentes negros que no se saca: la luz de pleno sol le lastima y le molesta los ojos. En los desiertos helados esos colores son, a la vez, abrigo y camuflaje: el equipo de alguien que se volvió subterránea y polar en un mismo movimiento.
Le falta un dedo. Tiene manito pequeña, y sin embargo son «brazos de rompecuellos». No lleva armas, y conviene no leer eso como desarme sino como especialización: «sus armas son ellas mismas, son sus manos». Las manos que curan en la plaza y las manos que rompen cuellos son las mismas manos; por eso el arco sobraba, y se perdió sin ceremonia: «Se me cayó, lo perdí en camino, no me di cuenta». El único instrumento que carga es el que no puede perder. Se peina el pelo para atrás y se monta bien sus pieles.
La biblioteca de la que fue arrojada
Antes de las plazas y de los caminos estuvo dentro de los registros akáshicos, en una celda-biblioteca signada U571 y llamada 157 Números — «una biblioteca eterna». De ahí fue expulsada, y cayó al lado de Benito. De Benito el archivo no dice nada más: solo que estaba ahí donde ella cayó, lo cual, para un expulsado del cielo de los registros, quizás sea la única forma de compañía que cuenta.
Cada mañana repite un rito que parece traído de aquella celda: «se levanta todavía como dormida, ni siquiera abre los ojos, se sienta, se abren dos cuadernos y empieza a hacer escritura automática» — dos cuadernos a la vez, simultáneos. Qué escribe, y si lo que escribe todavía mana de los registros de los que fue arrojada, es cosa que nadie ha establecido. El cuerpo escribe; el propósito calla.
Trescientos años de conversación
Su método de conocer no es el libro sino la boca ajena: «hablar y hablar y hablar y hablar y hablar con teólogos, físicos, esotéricos, gnósticos, terrapistas… con muchos druidas». Así, del año 1700 al año 1900, consumió «300 años de investigar la fucking franja disolución» — la Franja de Disolución, objeto de esa obstinación de tres siglos. Qué obtuvo de tanto preguntar, el archivo no lo entrega; lo que sí registra es el precio, escrito en su propio cuerpo: la piel mineral, los ojos que ya no toleran el sol, el dedo que falta. Trescientos años de investigación la transformaron en «un ser de estas profundidades».
Dispone de diez plataformas de magia dual — «No tenés las doce plataformas. Tenés diez». Dos le faltan, como le falta el dedo, y ninguna de las dos ausencias tiene explicación escrita.
El programa: conocerlo todo para cuidarlo
Su designio declarado es de una ambición serena: conocer Antiterra entera. No por dominio — «solo la quiere cuidar y para poder cuidarla y que siga existiendo como es y en tal caso liberar a Ángel tiene que conocerla toda». La liberación de Ángel queda así condicionada al conocimiento completo del mundo: una geografía entera convertida en llave de una sola celda. Este cronista, que ha catalogado ambiciones de conquistadores y de teólogos, no recuerda otra donde el mapa total sea un acto de cuidado.
El rinoceronte de la balsa
En travesía con su compañía —balsa, camino, desiertos helados— ocurrió el episodio que los registros cuentan dos veces y de dos maneras. Un mismo hecho afirma que Sisi «lo terminó de tirar de la balsa para que los demás no corran riesgo», y afirma también que «lo abrazó mucho», «con sus brazos de rompecuellos», con una lágrima por la mejilla. ¿Lo salvó o lo arrojó? Las versiones no se dejan conciliar, y quizás no deban: en una mujer cuyas manos hacen a la vez la cura y el quiebre, el abrazo y el arrojo pueden ser el mismo gesto visto desde dos orillas.
Advertencias del cronista
Queda mucho en sombra, y este cronista prefiere la sombra declarada a la luz inventada. No consta quién es Benito, más allá de su lugar en la caída. No consta el propósito de la escritura automática, ni si sus dos cuadernos siguen dictado de los registros akáshicos. No consta cómo perdió el dedo, ni si esa pérdida guarda relación con la piel que se le volvió mineral. No consta qué es la magia dual ni qué obra cada plataforma, ni por qué son diez y no doce. No consta quién o qué es Ángel, ni de qué está preso. No hay orden establecido entre sus tres edades —la celda akáshica, las plazas de Milán, la travesía presente—, y falta toda precisión geográfica: dónde queda la balsa, dónde el camino, y si el invierno de Mongolia es referencia de sastre o lugar de la tierra. El que quiera saber más, que hable con ella: es, después de todo, su propio método.
Véase además: Registros akáshicos · Ángel · Antiterra · Franja de Disolución · Milán
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.