Glastonville

«Pasamos la frontera al santuario.» — palabra de los que cruzaron el Río Grande con los niños

Itinerario para el que venga del lado mexicano: buscar el paso de Eagle Pass, cruzar el «río grande del norte», y de ahí «un día, dos días de caminata, digamos que van como tranca», rumbo adentro de Texas. También se ha dicho: «Con tren podríamos llegar a la especial locación». Al final del camino está Glastonville —o Bracketsville, que es el otro nombre con que se la conoce—, y hay gente que lo declara como quien declara una patria: «por supuesto somos de Glastonville».

El pueblo y el agua

La traza se deja leer de un vistazo: «Hay un parque, hay un puente. Hay una torre de guardia, un astillero», más barrios, un templo y la casa del gobernador. El astillero trabaja madera para el río: «Hacen unos lindos barcos, unas barcazas de recreo que van hasta el Mississippi». Alrededor, el periurbano es agrícola y abierto: «Hay campos, haciendas. Hay una especie de bosquecillo incluso».

Puente, astillero y barcazas hacen de Glastonville un puerto fluvial menor; torre de guardia y casa del gobernador le dan aire de plaza vigilada en zona de frontera; parque, barrios y templo la vuelven habitable; campos y haciendas la abastecen. La misma posición que la hace vigilada la hace destino de quienes vienen del otro lado.

El santuario y su patriarca

El culto local es cristiano «pero con algunas inversiones medio locas»: un cristianismo «medio raro» que además acepta a los dioses hindúes. Lo preside un patriarca, «un hombre muy sabio», sacerdote de fe y amigo de la ciencia mágica, y es él quien custodia a los niños rescatados del otro lado de la frontera. La garantía es localizada y excluyente, y conviene copiarla entera: «En Glastonville hay un patriarca que los está cuidando a estos niños, que van a tener ese lugar; ellos van a estar protegidos, sólo ahí».

El refugio se activa con el cruce mismo —«Pasamos la frontera al santuario»— y trae promesa adjunta: «cuando lleguemos serán recompensados».

La fisura

La institución no es infalible, y lo admite su propio clero: «la corrupción a veces llega a estos claustros». Hubo «una traición de parte de uno de los curas». Es la única grieta registrada en la garantía del santuario — y como los niños están protegidos «sólo ahí», si Glastonville falla, no hay alternativa declarada. Toda la ruta —la elección de Eagle Pass, el cruce del Río Grande, el tren— se organiza en función de llegar: es el destino final de la compañía, de la niña y de Sebastián.

Advertencias del cronista

Este cronista anota lo que el camino no le dijo. Nadie ha establecido qué amenaza persigue a los niños ni por qué la protección vale «sólo ahí» y en ningún otro sitio del continente. Hay casa del gobernador y hay patriarca, poder civil y poder religioso bajo el mismo cielo, y no está dicho quién manda sobre quién. De puente, torre, astillero y templo no se conocen materiales, tamaños ni estado; del pueblo, ni su población. Las «inversiones medio locas» del culto quedan sin doctrina escrita, y el modo en que los dioses hindúes entran al altar, sin explicar. La recompensa prometida no tiene monto ni mano que la entregue. Del cura traidor no se sabe el nombre, ni qué traicionó, ni qué le costó. Por qué el pueblo carga dos nombres —Bracketsville, Glastonville— y quién usa cada uno, es pregunta abierta. Y sobre el tren: no consta si la vía llega hasta el pueblo o solo acerca. El que viaje, averigüe antes de comprar pasaje.

Véase además: Mississippi


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