Ciudad Juárez

Quien viaja hacia el norte lo dice siempre en el mismo orden, como si fuera una sola frase aprendida: «fuiste al norte, pasaste por Ciudad Juárez». No dice que se detuvo, no dice que la miró: dice que pasó. Hay ciudades que existen para ser habitadas y ciudades que existen para ser atravesadas; Juárez es de las segundas, y en eso reside toda su ciencia.

La ciudad colgada

Vista desde el camino —«la ciudad está a 2 o 3 millas», aunque nadie ha fijado desde qué piedra se mide—, Juárez no se ofrece como damero sino como cosa superpuesta: «hay escaleras, caparates, farolas, telas que están de un lado al otro». Escaleras que suben entre estructuras, caparazones que arman la trama construida, farolas, y telas tendidas por encima del paso como un cielo de segunda mano. Es la forma que toma una ciudad hecha para que mucha gente pase por arriba y por abajo de sí misma: cosas que se suben, cosas que techan, cosas que alumbran. De qué material están hechas esas telas, de qué color, en qué estado las tiene el viento — eso el viajero no lo dejó dicho, y este cronista no va a pintar lo que no vio.

El oficio de pasar

Juárez está en la frontera entre Estados Unidos y México, «de un lado, el paso del otro». Su oficio es ese: se llega, se cruza, se sigue. Por eso sirve de coordenada más que de destino — de los que andan por el corredor se dice que «en este momento están al lado de Ciudad Juárez», y con eso alcanza para saber dónde está todo lo demás.

Pero el cruce es solo la mitad del dispositivo. En el mismo corredor fronterizo, con función equivalente, está Ciudad Acuña del Río, donde se puede «pasar la frontera ahí y seguir para hacer combinaciones». Y aparte, con oficio propio, están Ciudad Zaragoza, «una ciudad minera» «desde donde salen los trenes», y Ciudad del Río, de donde sale un tren hacia Glastonville. Cruzar y tomar tren son dos operaciones distintas hechas en lugares distintos: dos bocas de cruce, dos cabeceras de ferrocarril, un solo mecanismo de frontera — pasar y después combinar. A qué distancia están entre sí, y si responden a una misma autoridad, es cosa que los itinerarios callan.

Nadie ha registrado precio de cruce, ni autoridad que lo cobre, ni papel que haya que mostrar. Una frontera sin aduana declarada es o bien un descuido del archivo, o bien la noticia más interesante de esta entrada.

Advertencias del cronista

Hay una disputa de versiones que conviene no barrer bajo las telas: las voces del archivo agrupan bajo un mismo rótulo a Juárez, Ciudad del Río, Ciudad Zaragoza y Ciudad Acuña del Río, y nada establece si son cuatro lugares distintos del corredor o una misma ciudad que cambia de nombre según quién la nombre — como esas ciudades que son varias sin moverse del sitio. Hasta que una voz con autoridad lo fije, aquí se las trata como cuatro.

Circula además un mito de origen —una ciudad que «comenzó con un árbol, un cifrero rojo bañado en sangre que marcaba los límites de los lugares de casa, de tribus»— que una escuela de lectores quiso atribuir a otra ciudad del sur, leyendo cifrero como forma corrupta de ciprés. No está establecido que ese árbol haya crecido en Juárez, ni cuál es su nombre verdadero; el mito queda en cuarentena, esperando dueño y grafía.

Del resto, los silencios habituales de las ciudades de paso: no se sabe cuánta gente vive bajo esas telas, de qué vive, ni qué mercadería cruza con los que cruzan. Quizás sea justo: una ciudad que existe para ser atravesada guarda para sí lo único que los viajeros no le pueden sacar, que es todo lo demás.

Véase además: Glastonville — destino del tren que sale de Ciudad del Río.


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.